domingo, 7 de enero de 2024

94. Hermanas

 

    Al día de haber conocido a mi con mi hermana en la mansión, Daniel desayunó en la cocina del bajo. Había tenido turno de noche y nos sorprendió a las ocho de la mañana a su madre y a mí, con unos bollitos de leche comprados en una panadería, que aún estaban calientes. Cándida se los comió untados de mantequilla y mermelada de frambuesa que aún conservaba del puesto de el Cuyp; Daniel prefirió rellenarlos de jamón cocido y yo los tomé mojados en la leche caliente. El frío de Madrid era menos intenso que en Ámsterdam. 

    En invierno alcanzábamos los bajo cero grados al amanecer. Me abrigué con un jersey de lana con cuello de cisne y el abrigo una talla más grande que compré para proteger a mi pequeña de las bajas temperaturas.
    En la recepción Trini me dio un sobre cerrado a mi nombre que un mensajero había dejado minutos antes.  Descarté que la misiva proviniera de Patricia Ruíz de Azua,  citándome otra vez. Desconocía mi identidad. Lo abrí allí misma con curiosidad. 

    "El viernes a las 10.00 h., te recogerá un taxi.
       Prepara equipaje para dos días.

             Federico Osorio."

Faltaban dos días para el viernes. Me guardé la nota en el bolsillo y aguardé a que Claudio Isasi bajara de su habitación para ir juntos un tramo del camino. Los días que nuestro horario coincidían, dos a la semana, lunes y miércoles, nos acompañábamos hasta la esquina del final de la calle, donde él cruzaba el paso de peatones para ir al instituyo y yo giraba hacia la biblioteca. Las conversaciones que manteníamos y  que la mayoría de las veces versaban los autores clásicos, me mantenían despierta y agilizaba mi mente incluso cuando dormía poco. La noche anterior sólo pensaba en Cintia y en el recuerdo de su niñez que nos relató pausadamente, ordenando la sucesión de los hechos en su cabeza.
-En casa hay una habitación cerrada con llave. Está al lado de mi dormitorio. Es la única puerta que tiene cerradura. No le daba importancia ni me parecía raro no haber entrado nunca allí... Lo consideraba un trastero donde almacenar las cosas que no se usan. Al verte -me miró lanzando un suspiro que denotaba que estaba asimilando la situación- me ha venido a la cabeza una mañana. Era temprano, fin de semana... me despertó el llanto de una mujer dentro de esa habitación pegada a la mía y la voz de un hombre. Eran mamá y papá consolándola. Tenía ocho años. Me levanté de la cama y pegué la oreja a la pared. Apenas entendí algunas palabras, frases sueltas... mamá se refería a mi niña, lamentaba su pérdida. Papá mencionó mi nombre, creo que le dijo que yo la necesitaba fuerte, que no podía fustigase por lo que ya no tenía remedio. Pensé que se referían a una hermana mayor que yo porque no recordaba haber visto a mamá embarazada - esbozó un sonrisa agridulce-. Pero esto no podía imaginarlo. Una hermana gemela. Un día como hoy nacimos y nos separaron... Todo cobra sentido... Creía que me consentían y me daban caprichos para compensar que fuera hija única, sin embargo trataban de superar tu ausencia. Transformaron el dolor que les oprimía en amor hacia su hija viva para sobreponerse a una pérdida que siempre ha sido una segunda piel para ellos.
   Cuando terminó de hablar a ambas nos resbalaban las lágrimas por las mejillas. Federico las contuvo en el borde inferior de los párpados inferiores. Nos teníamos que conocer. Las relaciones personales, indistintamente de su naturaleza, se construyen con tempo y voluntad.
    El encuentro terminó con un abrazo y una promesa: volver a vernos. 
  


lunes, 1 de enero de 2024

93. Ser

 


     La situación fue peculiar y ligeramente abrupta para Cintia, que de pronto encontró un copia exacta, se simple vista de ella misma, charlando con su ex marido.
    Tardó nos minutos en reaccionar, lo que necesité, sincronizadas por el azar, para asumir que lo que tanto anhelaba se estaba produciendo en ese instante de forma distinta a las que había imaginado.
    A escasos dos metros me vi reflejada en un espejo humanos. Su pelo era más corto que el mío y su piel un tono más oscura. Las mismas facciones, sin ninguna marca distintiva, la misma complexión. Nos observamos con curiosidad. Nuestras miradas se hallaron expectantes, la suya favorecida con un ligero maquillaje que resaltaba el verde de sus ojos.

    Escéptica e insegura se aproximó a Federico, testigo mudo con Andrés, que le ayudó a ponerse en pie para no perderse detalle en un campo visual más cómodo. El fiel mayordomo se disculpó apesadumbrado por no haber anunciado la llegada de la segunda señora de Osorio, convencido del azote emocional que a las afectadas nos estaba produciendo aquel primer encuentro.
    Cintia pasó de la curiosidad al escepticismo y luego a la moderación. Le debí parecer una criatura venida de otro mundo. De hecho era así, durante años, no conocía más mundo que la jaula de oro que los Van Heley me diseñaron.
    -¿Es posible? -murmuró para sus adentros pensativa y ceñuda.
    Estaba obnubilada por la visión de una mujer físicamente igual a ella. Recorrió lo pocos metros que nos separaba al tiempo que cercanía me iba acelerando el corazón. Se paró a menos de medio metro de mí. Nuestro ojos volvieron a unirse en una sola mirada. Cogió un de los mechones de pelo que me caía por el pecho para cerciorarse de que yo era real y lo abandonó a su suerte. Temblé. Un ligero malestar empezó a sacudirme. Estaba nerviosa. Abracé mi vientre para sentir a mi hija. Me estremecí cuando sus manos buscaron las mías y me las cogió.
    -Es verdad.  Existes... 
    Sus palabras denotaron que tenía más información de la que los presentes en la estancia sospechábamos.
    -Querida -Federico intervino-. Ella es Sancha, tu...
    -Sancha... -pronunció mi nombre débilmente, interrumpiendo al mágnante-. Es mi hermana... Tengo una gemela.
    -¿Sabías de ella? -inquirió Osorio desconcertado como yo con la reacción de Cintia.
    -Más o menos.
    Afuera comenzó a llover y el cielo tomó prestada la tonalidad de un anochecer precoz. Andrés avivó el fuego de la chimenea ocultando una brizna de satisfacción por haber cumplido con el propósito de aligerar la carga que pesaba sobre la conciencia del señor.
    La sala donde nos hallábamos sería testigo, una vez más, de una historia que ninguno de sus ocupantes olvidaría. Cintia se sirvió un dedo de ginebra del minibar y se lo bebió de un trago.  Luego se acomodó en el asiento del medio del tresillo que separaba las dos butacas que habíamos ocupado Federico y yo.
    -Lo necesita.
    -Querida, cuéntanos.
 

domingo, 31 de diciembre de 2023

92. Noviembre

   
    Federico había ganado peso desde nuestro último encuentro en el mes de julio. Esa tare, bajo el sauce llorón nos despedimos sin saber si algún día nos volveríamos a ver; él por haber tomado el último tres y yo por un futuro imprevisible que me tendría apartada una buena temporada. Físicamente le noté cambiado, la piel se le pegaba menos a los huesos y tenía un aspecto sonrosado. Me recibió con el afecto que denotaba por las nietas de su gran amor, Dado. El abuelo, durante su estancia en Marruecos, se transformaba en la bella Lola por las noches para cantar boleros en un club nocturno regentado por una amiga con quien había compartido tablas años atrás. Los hombres bebían los vientos por esa mujer de ojos enigmáticos. Federico y Dado fueron valientes en una época dónde la libertad era una utopía.
    -Mi querida Sancha. Temía ceder al tiempo sin verte una vez más.
    -Lamento no haberle informado de mi visita con antelación -le ayudé a sentarse en la butaca.
    -Llegas justo a tiempo de tomarte un chocolate conmigo. No es de agrado de mi médico que me tome algunas licencias alimentarias poco apropiadas a mi edad, pero precisamente por los años que calzo me permito algunos caprichos.

    A mi llegada a la mansión, caminando al lado de Andrés por el vestíbulo hasta la salita del té, donde la chimenea encendida calentaba la estancia, al preguntarle por el señor me refirió que conocerme había supuesto que se marcarse el objetivo de unir a mi familia. Comía más y mejor para fortalecerse y había recuperado la ilusión.
    -¿Cuántos años ha pasado desde entonces -me preguntó de pronto, como si acabara de caer en ello. No necesité de mayor detalle para saber a que se refería.
    -Treinta y ocho.
    Tal día como aquel, mis padres lloraban la pérdida de una hija.
    Ajenos a lo que ocurría en el vestíbulo seguimos conversando, con el sabor amargo del chocolate en el paladar.

    Cintia llamó al timbre. Ándrés le abrió la puerta.
    -Buenas tardes, André, ¿el señor está en la sala? -se desabrochó el abrigo color rosa palo dirigiéndose al encuentro de su ex marido. Andrés la siguió bregando pro interceder su paso. Lamentó que la agilidad de sus piernas no fuera la de antaño y que los reflejos empezaran a fallarle.
    Las visitas de mi hermana no era frecuentes. A los hijos de Federico no les hubiera gustado saber que su padre y su ex madrastra mantenían el contacto después del divorcio. Pensaban que se habían librado de ella por completo.
    -El señor está ocupado y temo que no pueda atenderla. Permita que se lo consulte.
    -Mi estimado André, ¡cuánto formalismo! Aunque ya no viva en la mansión, considérame de la casa.
    Andrés no pudo frenar las intenciones de la antigua señora.
    Cintia abrió la puerta de la salita con ímpetu y se adentró en ella muriendo el nombre de Federico entre sus labios al ver una réplica exacta de ella misma sentada al lado de su ex marido. Petrificada se detuvo en seco. Perturbada por la inesperada visión dejé la taza sobre la mesita auxiliar y me levanté sin pensar lo que estaba haciendo.
    Era siete de noviembre.
    El día que nacimos.

sábado, 30 de diciembre de 2023

91. Volver a empezar

 

    Pasé del frío otoño de Ámsterdam, con días con temperaturas por debajo de los diez grados, al cálido otoño de España en apenas ocho horas.
    Las calles cubiertas de hojas en tonalidades ocre y rojizo anaranjado desprendidas de los árboles sonaron bajo mis pies como papel arrugándose entre las manos, al bajar del coche.

    Cándida se había llevado una taza de café al iniciar el turno de las tres. No le había dado tiempo de tomárselo después de la comida, como acostumbraba, en casa. Sobre las cinco menos veinte de la tarde levantó la cabeza al oír pasos en el vestíbulo. Los rizos cortos que adornaban su cabeza se movían acompañando el gesto. Había desterrado el pelo recogido en la nuca liberando la tirantez del cabello. Tan favorable cambio de peinado repercutía sobre un rostro relajado y amable. Formó una "o" perfecta con la boca del tamaño de una pelota de ping pong al tiempo que abandonaba su puesto detrás del mostrador para correr hacia mí y abrazarme con desproporcionado ímpetu.
    -Pero niña, ¿cómo no me avisas?
    Sus ojos me recorrieron de arriba abajo deteniéndose en mi hija. Volvió a estrecharme estrechamente.
    -Espero que haya alguna habitación disponible.
    -Tonterías, te quedas en casa... y no repliques. Eres mi invitada.
    Cuando Cándida ordena más vale hacerle caso.
    
    Leonardo entró con mi equipaje, nos sorteó y fue directamente al bajo. Se detuvo para sacar un juego de llaves del bolsillo de la cazadora y abrió la puerta desapareciendo en el interior de la vivienda con normalidad. Durante mi ausencia se habían producido cambios de los que me ocuparía de conocer los detalles.
    
    Me instalé en el dormitorio con ventana a la calle de María, la hija de Cándida, que vive en Bruselas. Guardé algunas prendas en el armario empotrado blanco de dos puertas. No iba a quedarme demasiado tiempo. Mi estancia allí era provisional. Alquilaría un apartamento para que mi hija tuviera un hogar. Eventualmente tendría que viajar a Ámsterdam por motivos laborales. El señor Visser se habían mostrado compresivo cuando le comuniqué que me mudaba a Madrid. Me garantizó que mi contrato con la editorial no se alteraría.
   
    Establecí un horario de trabajo para las mañanas. Las tardes las dedicaba a caminar una hora después de la comida. A veces visitaba "El hidalgo" y charlaba en la trastienda con Alonso o Sofía, que había iniciado el segundo año de carrera.

    Coincidí con Patricia Ruíz de Azua en unos grandes almacenes. Fui a comprarle ropita a mi hija, que llegaría a principios de enero. En el primer embarazo no había tenido ocasión de disfrutar de una jornada de compras como aquella, eligiendo prendas tan pequeñitas que se me hacía imposible que se ajustara a un recién nacido. Me emoción seleccionando bodys, calcetines, camisetas y pijamas con multitud de estampados y coloridos. Aunque mi niña no caminaría hasta que se acercara el años, no pude resistirme a comprar unos zapatitos que se ajustaban al pie con velcro.
    Salí de la tienda infantil entusiasmada. Tan ensimismada estaba imaginando cómo le quedaría la ropa a mi pequeña que no me percaté de que Patricia me llamaba... es decir, llamaba a mi hermana. Vio pasar mi reflejo por el escaparate que miraba de una zapatería y me llamó la atención sin que yo respondiera al nombre de Cintia.
    Nos saludamos cordialmente, ella cargada con sus bolsa y yo con las mías. El bolso que llevaba a modo de bandolera disimulaba mi vientre. Patricia Ruíz de Azua me caía bien, pero representaba una amenaza desde que vivía en Madrid.
    -Hace un par de semanas comimos en el mismo restaurante. Te marchaste con Regina antes de que pudiera saludarte.
    La fuerza con la que sostenía las bolsas disminuyó de los dedos y una de ellas cayó al suelo. Me agaché a recogerla preocupada porque Patricia hubiera estado bajo el mismo techo que Cintia. Si se producía otro encuentro entre ambas y entablaban conversación, mi hermana podía pensar que o bien, Patricia deliraba, que le estaba tomando el pelo o que otra mujer se hacía pasar por ella. Había demorado el momento de tomar contacto con mi familia porque temía enfrentarme a la situación. Mis padres creían que estaba muerta y mi hermana es probable que desconociera que tenía una gemela. La gran mentira de los Van Heley no pasaría por sus vidas de puntillas, les causaría impotencia y dolor.
    -Una pena -sonreí por dentro.
    -Nos llamamos y quedamos -me dijo mirando la hora en el móvil.
     Me intranquilizó sobre manera.
    Tenía que actuar ya. 

domingo, 12 de noviembre de 2023

90. Paternidad

 

    En esos días en los que Daniel permaneció en Holanda agendé una cita con mi ginecóloga para una revisión rutinaria. No había visitado a ningún facultativo desde que en Madrid me dieran la inesperada noticia del embarazo y no había tenido un seguimiento médico que indicara que todo estaba en orden. Tranquila por el giro de los acontecimientos, podía permitirme hacer planes a corto plazo.

    Visitamos el Cuyp por la mañana. Daniel adquirió varios frascos de mermelada casera y arenques envasados para Cándida, que al enterarse de cuál había sido el destino elegido por su hijo y quien la compañía, dio un pequeño grito que mostraba su alegría y una vez más le encomendó que me cuidara. 

Sobre las dos de la tarde nos comimos unos bocadillos de salmón en el Sarphatipark frente al lago. Allí permanecimos un rato al amparo de un castaño contemplando a los patos en su hábitat natural. Algunos turistas les hacían fotos que olvidaría al regresar a sus hogares. 
    -Los animales viven expuestos en un escaparate permanente -cogí una hoja del suelo a la que le di vueltas por el tallo-. No pueden elegir pasar desapercibidos. Son el centro de atención por pertenecer a otra especie.
    -Se acostumbran a que los observen y huyen cuando desconfían de los osados que intentan tocarles. El peligro agudiza los sentidos en animales y humanos -se puso en pie y extendió la mano en mi dirección para ayudar que me levantara-. ¿Vamos?

    Caminamos hasta la consulta a unos veinte minutos de donde nos encontrábamos. Era agradable volver a tener compañía aunque supusiera admitir lo sola que había estado los últimos años. Mi vida se había limitado a reunirme con Jenkin en apartamento y en un par de ocasiones me premió con una escapada a Leeuwarden. No quedaba con compañeros del trabajo fuera del horario laboral, ni iba a comidas o cenas de empresa porque mi presencia en cualquier parte era una amenaza para el doctor Brouwer. Asumí sus absurdos temores.
    Cuando la enfermera mención mi nombre le pedí a Daniel que entrara conmigo. Sorprendido por la petición accedió de inmediato.  Juntos oímos el vigoroso latido de la pequeña. Nos miramos embargados por un extraño vínculo que nos unió unos minutos, entusiasmados por la imagen que nos devolvía el monitor. Mi hija crecía sana dentro de mí. Respiré aliviada. Sin embargo, Daniel se sumergió en un silencio atípico que duró lo que tardamos en llegar a la parada de autobús. Sin querer, había comenzado a conocerle y la opacidad que mostraba era producto de la gestión de sentimientos encontrados.
    Levantó la cabeza, miró al frente y empezó a hablar.
   -Silvia no me contó que estaba encinta -su voz monótona ahondó en una herida abierta-. Me enteré después de que abortara. Encontré la factura de la clínica dónde interrumpió el embarazo arrugada dentro del bolsillo de un abrigo suyo que llevé a la tintorería. No me lo hubiera contado que había abortado sino le hubiera enseñado la factura. Para ella no era el momento de tener hijos. Priorizó su carrera profesional a la maternidad -sus ojos, en un rostro desencajado buscaron los míos-. Me hubiera gustado saber que iba a ser padre.  Que compartiera conmigo lo que planeaba hacer. Se deshizo de lo mejor de los dos.
    Entendí su actitud protectora y su insistencia en no excluir a Jenkin de mi vida sin que supiera el nexo que nos uniría siempre, pese a que lo que menos me apeteciera era tenerle que tratar.
    -Se lo contaré.
    Mi intención le satisfizo.

    Cité al doctor Brouwer una mañana de finales de agosto en la cafetería de enfrente de la editorial. Tenía una reunión de trabajo, así que aproveché mi estancia en Ámsterdam para quedar con él. Durante este tiempo me había llamado y escrito mensajes que ignoré. Sus mentiras me cansaban.
    Me esperaba sentado a la misma mesa que aquella vez en que me encontró y como entonces, nuestras vistas se cruzaron cuando entré en el local. Se levantó para saludarme, sin embargo mi respuesta fue un gélido hola. Evité cualquier contacto físicos. Un beso en la mejilla o el roce de nuestra piel ya no me despertaba un sentimiento febril incontrolado, al contrario, me incomodaba sondando la repugnancia. Tess me sirvió un zumo de naranja recién exprimido. Jenkin pidió un segundo café.
    -¿Cómo estás? -trazó una sonrisa embaucadora que en otros tiempos me deshacía hasta perder la voluntad.
    -Embarazada.
    La blusa de gasa celeste que llevaba puesta era holgada, pero aún así evidenciaban un vientre abultado. Tal vez lo atribuyó a un distensión abdominal producida por gases. La sonrisa desapareció a cámara lenta de su cara, tomando el relevo una expresión agridulce.
    -¿Estás segura?
    Me hirió profundamente, una vez más. Ni los años en que había nutrido la esperanza con sus mentiras, ni las concesiones, ni mi entrega habían sido suficientes para que creyera en mí.
    -Si tan deshonesta me crees, no veo motivo alguno para continuar con la conversación. Esta historia terminó hace tiempo. Ni te imaginas el peso que mi quito de encima.
    Se pasó ambas manos por el pelo nervioso consciente de que había quemado el último cartucho. 
    -Has desaparecido dos meses, podrías haber conocido a otro hombre... Ese tipo que estaba en tu casa...
    Me terminé el zumo de un sólo sorbo recobrando la seguridad anulada en nuestra relación.
    -Adiós, doctor Brouwer.
    Estaba preparada para volver al lugar al que pertenecía.



DATOS DE INTERÉS

Sarphatipark: pequeño parque ubicado en el barrio De Pijp. Debe su nombre al doctor y urbanista Samuel Sarphati, responsable de la expansión de Ámsterdam hacía el sur en e siglo XIX.

sábado, 11 de noviembre de 2023

89. Amistad

 

    La primera quincena de agosto mis amigos se alojaron en la casa que los Bakker conservan en Almere, disponibles esos días porque ni los padres de Diantha ni sus hermanos iban a utilizarla. En conversaciones telefónicas les había adelantado algunos detalles de la razón por la que estuve un mes en silencio. Previsiblemente me reprocharon que no acudiera a ellos cuando pensaba que Jenkin estaba muerto en vez de huir a Madrid donde no conocía a nadie.  El embarazo les causó sorpresa y un moderado sentimiento de alegría. Tener un hijo del doctor Brouwer suponía permanecer ligada a él de por vida y aunque habían respetado nuestra relación, en el fondo sospechaban como yo que no nos conducía a ninguna parte. Calificaron de atroz que los Van Heley me ocultaran que mis padres vivían y que les hubiera hecho creer a ellos que una de las gemelas estaba muerta. Tuvimos tiempo de hablar largo y tendido de todo lo que les había escondido durante años. Me vacié por completo verbalizando lo que había  escrito en el diario iniciado en Madrid y asumiendo que sólo contándoles la verdad acerca de lo que había motivado algunas de mis decisiones del pasado, incomprensibles para ellos, recuperaríamos la amistad sincera cimentada años atrás.
    -Alguna vez he pensado que la cordura te daba de lado -Diantha lamió la cuchara de helado de menta con pistachos. Estábamos en mi casa bordeando la madrugada, con el tímido flujo de aire que entraba por la ventana abierta haciendo que la llama de la vela aromática tiritara sobre la mesa -Tu impronta monjil me impactó.
    -La estancia en la abadía fue una de las etapas más serenas de mi vida.
    -¿Por qué no te vienes una temporada a Londres? Podrías trabaja con el portátil y pasar tiempo con Berend... -el ofrecimiento de Siem era tentador, no obstante, sabía exactamente donde quería estar.
    -No lo descarto para más adelante -acaricié a mi hija a través de la piel de mi vientre-. Tengo que reorganizarme y cambiar algunas cosas.
    -No queremos que estés sola durante el embarazo... Ven con nosotros... Los tres juntos como antes -en la voz de Diantha había un deje de súplica ilusoria.
    -Es imposible que esté sola. Ella está conmigo.
    Mi existencia recobraba el sentido perdido.


sábado, 4 de noviembre de 2023

88. Infancia

    Daniel permaneció cinco días más en Badhoeverdrop, al sexto por la mañana temprano le despedí en el aeropuerto, donde tomó el vuelo de regreso a Madrid. Lejos de sentir alivio, me invadió una extraña sensación de desamparo. Su misión en Paises Bajos había terminado y yo volvía a estar sola. El tiempo que había estado en casa me había cuidado y protegido incluso de mis propios pensamientos.

    Tracé un itinerario que a él le valió para conocer un poco para la tierra donde siempre pensé que había nacido y a mí para mirar de frente el pasado y darle carpetazo. No es posible avanzar en el presente si los recuerdos te anclan a tiempos pretéritos.
    Le mostré la antigua residencia de los Van Heley en Willemspark, uno de los barrios más exclusivos y lujosos de Ámsterdam. La casa conservaba la majestuosidad de antaño, sin embargo estar delante de ella me produjo ninguna sensación de rechazo. Las bungavillas que lo nuevos propietarios habían plantado a lo largo del muro de piedra que separa la propiedad de la calle y las ventanas abiertas de par en par, impensable en otra época, desplazaban el aire sombrío de a finca y la dotaban de una vida inusitada.
    -Aquí empieza mi historia.
    Daniel repasó la fachada de este a oeste y de norte a sur despacio.
    -Tus abuelos estaban forrados.
    -Eran las personas más pobres que he conocido nunca, incapaces de mostrar afecto o cariño hacia otra persona. 
    Callejeamos por Museumkwatier mezclándonos con los turistas que en verano visitaban la ciudad y terminamos en la periferia, frente al St. Liselot Kathoelieke College.
    -Mi hogar sin duda. Aquí aprendí a hablar el español gracias a la profesora Alicia, que dedicaba parte de su tiempo libre en enseñarme el idioma.
    -Y luego te hiciste monja.
    -Eso pasó mucho después. Antes viví.

    El día en Almere fue espléndido. Comimos unos sándwiches en el Bos der onverzettelijken sentados a los pies de un árbol centenario con el tronco lo bastante ancho para acoger nuestras espaldas. Al caer la tarde, cuando la mayoría de bañistas se marchaban, nosotros buscamos las caricias tibias de las olas y contemplamos como anochecía a sus orillas, con la piel desprendiendo el aroma del salitre.
    -En esta playa me deshice de miedos e inseguridades y me atreví a ser quien quería -una sonrisa amarga, que no le pasó inadvertida a Daniel, se acomodó en mis labios.
    -Sólo que...
    -Sólo que al regresar a Ámsterdam me oculté tras quienes los Van Heley esperaba que fuera. Al menos supe que vivir de otra manera era posible y que algún día lo haría. 
    
    En Lisse me di cuenta de lo poco que conocía la ciudad y me prometí que volvería para visitarla en profundidad. Los años en Santa Coba, que siempre consideraré mi refugio y remanso de paz, salí en contadas ocasiones al exterior. Fueron años de recogimiento en los que no eché de menos ver la calle o tener contacto con otras personas que no fueran las hermanas de la congregación. 
    Sor Gabriëlle nos mostró complacida y orgullosa la nueva variedad de tulipanes que cultivaban en la abadía, con pétalos azules ribeteados por un tono celeste.
    Me despidió con un largo abrazo y un susurro al oído.
    -Me alegra que hayas encontrado tu lugar.
    La miré desconcertada. Mi vida había cambiado en muchos aspectos, pero no había alcanzado la estabilidad que necesitaba.
    -Aún sigo perdida en el camino.
    -Si abres los ojos verás lo que tienes delante.
    Negué con la cabeza al percatarme de que se refería a mi acompañante.
    -Créeme, lo es.
    Gabriëlle fue contundente. Ella veía intuía y se manifestaba, sin tener en cuenta las circunstancias. En el fondo deseé haber encontrado ya mi lugar, aunque no fuera Daniel.