domingo, 11 de junio de 2023

71. Persecución

 
    Niek no me perdió de vista llegar a mi apartamento. Entró en el edificio y constató por mi nombre escrito en buzón que vivía allí.
    Me reincorporé al trabajo a los dos días de salir del hospital. Tenía algunas molestias al caminar, pero prefería ir a la editorial a trabajar que hacerlo desde casa, donde las paredes se me caían encima. Un día al abrir el buzón encontré un sobre blanco sin remitente con mi nombre mecanografiado. Extraje una hoja doblada por la mitad y las fotos que Heleentje le mostró a Antje. La hoja estaba escrita con un editor de texto. Nadie firmaba la misiva. No hizo falta rubrica, la impronta era clara.

    "Antje sabe que eres la amante de su marido y que parirás un bastardo suyo."

     Demasiada coincidencia que desde la mañana en que se me antojaron unas manzanas todo empezara a ir mal. Me convencí que Niek era el autor de las fotos y del mensaje en consenso con su hermana, el cerebro del plan urdido para hundirme. El día que nos hicieron las fotos era el mismo en que coincidimos en el mercado. Me siguió. Un hormigueo me recorrió la columna vertebral al pensar que había estado en el edificio donde vivía y que la vida aplacible que tenía corría el riesgo de dejar de serlo. El apartamento ya no era un lugar seguro.
Cuando esa semana oír decir a un compañero de trabajo que vendía su casas, tuve que claro que podría ser mi hogar... Y así fue.

    Nada me ha producido mayor dolor que ver la desilusión reflejada en los ojos de Siem al visitarme en el hospital. Me habían practicado un legrad a causa del abortó espontáneo que sufrí.
    Antje, en el rol de alma caritativa, una vez más estuvo a mi lado, pero esa vez para asegurarse de que había destruido el vínculo que creía que me unía a su marido, despechada por una inexistente deslealtad que nos atribuyó.
    Mi mejor amigo entró en la habitación fingiendo que nada andaba mal y se sentó sobre la cama muy cerca de mí para ampararme entre sus brazos. Rompí a llorar mientras él me consolaba engulléndose su propio dolor.
    -No he cuidado lo sufiente de él...
    La última ecografia de hacía dos semanas desvelaba que esperábamos un niño, no alegramos tanto como si hubiera sido una niña. Ninguno de los tres tenía preferencia por el sexo del bebé.
    -No es culpa tuya. Ni lo pienses.
    Posó sus labios sobre mi frente unos segundos. Diantha no tardó en llegar sosteniendo un café en la mano y Jenkin lo hizo al cabo de un rato. Le hizo un comentario en voz baja a Antje, que nos contemplaba complacida y se aproximó a nosotros.
    -Podéis intentarlo más adelante.
    Siem y yo no miramos compungidos.  La desazón que sentíamos tenía altura de rascacielos y no veíamos más allá del dolor que se adhería como una tela de araña. Quien empezó a tragar saliva y a tener un exceso de pigmentación roja en la cara fue Antje. Los celos habían obrado en lugar del sentido común. Se tambaleó ligeramente al darse cuenta de cariz que había tomado la situación.
    -Antje... -Diantha, de pie junto a ella la sujetó por la cintura.
    -Es cansancio. Estoy bien -se recompuso - No tenía idea de que Sancha y Siem fueran pareja.
    Diantha no aludió al tipo de relación que teníamos. Se pronunció sobre los hechos objetivos.
    -Estaban ilusionados con el bebé. Esto es un duro golpe para todos.
    -Salgo un momento afuera para refrescarme un poco. Aquí hace mucho calor.
    Ninguno de los que presenciamos la salida de Antje de la habitación imaginamos que el súbito malestar de la señora Brouwer se debía a la culpa y al arrepentimiento. El hijo de Siem y Yani había dejado de habitarme y cuando me enteré de la razón, supe que nunca le perdonaría. Antje mostró su naturaleza.
    
   

sábado, 10 de junio de 2023

70. Correspondencia


     Configuré mi correo personal en el móvil que compré en Madrid al dejar de usar el mío para evitar que la politie rastreara la señal.
    Me alarmé al ver los numerosos mails que Diantha me había enviado y en menor medida, más comedido en el dramatismo, Siem.
    Consideré en un par de ocasiones si contarles que estaría fuera una temporada, pero finalmente desestimé la idea para no comprometerlos si la politie les interrogaba sobre mí. No quería implicarles ni crearles problemas.
    El primer mail de Diantha databa de dos días después de marcharme precipitadamente de Amsterdam. Los leí todos en orden cronológico tomando conciencia de la intranquilidad creciente que les había ocasionado mi silencio.

Diantha, 7 mayo.

"¿Algún problema con el móvil? Lo tienes apagado. Tampoco lees los whatsapps. Respóndeme cuando puedas."

Diantha,  9 mayo.

"Estarás liada con alguna traducción. En Londres llueve todos los días.
Necesito un rayito de sol, ¿me das tu calor? Espero respuesta."

Diantha, 14 mayo.

"¿Sigues sin móvil? ¿Todo bien? Manifiéstate por deferencia."

Diantha, 17 mayo.

"Dos semanas sin dar señales de vida. Acordamos que compartiríamos los días grises cuando nos mudáramos a Londres. No te encierres en ti misma y escríbenos."

Siem, 18 mayo.

"Te echamos de menos. Berend quiere oír tu voz. Este silencio no es propio de ti. Llámanos.

Diantha, 20 mayo.

 "En la editorial me han dicho que trabajas en casa y que hace tres semanas que no te ven el pelo,  ¿qué pasa? Cuéntame." 

Diantha, 23 mayo.

"Me exaspera / desespera que no respondas los mails. Si necesitas un tiempo para ti porque las cosas con Jenkin están estancas (ya te dije que no te involucraras emocionalmente), el periodo de reflexión se está alargando demasiado, ¿no te parece? ¡Escríbeme ya!   

Siem, 25 mayo.

"Le he pedido a un amigo que se pasara por tu casa. No estabas y me ha comentado que parece qeu allí no vive nadie. Estamos preocupados,  ¿dónde estás?"

Diantha, 26 mayo.
   
"Jenkin no me coge el teléfono, ¿os habéis fugado juntos? Ese hombre no te conviene pero lo prefiero así. Lo otro que se me pasa por la cabeza es inquietante y terrorífico. Te suplico que me llames."

Siem, 2 junio.

"Vamos a denunciar tu desaparición a la politie. Deberíamos haberlo hecho mucho antes. Estamos espantados pensando en lo que te puede haber pasado. Demasiados días de silencio."

    Les escribí  a ambos el mismo mensaje para tranquilizarlos. En su lugar además de asustada estaría muy enfadada.

Sancha, 4 junio.

"Siento mucho vuestra preocupación. No estoy en Holanda. He leído vuestros mails hoy. Estoy bien. Desenado contaros que está pasando. Perdonadme, por favor."

Diantha, 4 junio.

"Tengo tantas ganas de matarte como de abrazarte. Haré lo segundo antes y después lo primero. Cuídate mucho porque voy a por ti."

Siem, 4 junio.

"¡Qué alivio. Te queremos."


69. Pozoña

Heleentje sembró la duda en Antje, que días después de verse en la cafetería, analizó mentalmente la imágenes retenidas en la memoria. Creyó detectar en la expresión del marido, un destello ilusorio propio del enamoramiento que le preocupó. Los pensamientos se manifestaron en su cabeza en espiral. Se preguntó por qué Jenkin no le había mencionado nuestro encuentro si es que era casual. Elucubró dos respuestas satisfactorias: o bien se le había olvidado o simplemente no le había dado importancia. Ella misma no le contaba siempre los conocidos con los que coincidía en cualquier parte. Sin embargo, tratándose de mí, por el cariño que ambos me dispensaban desde los tiempos del St. Liselot, motivados por el desabrido e los van Heley, consideraba que debía haberlo sabido. Tener noticias mías era agradable. La mente se le llenó de nubes negras repitiéndose una y otra vez que no se cuenta lo que se quiere ocultar. La imagen de la mano sobre mi vientre apareció de pronto como en una pantalla panorámica. En el gesto había ternura. En sus tres embarazos, al padre de sus hijos le gustaba acariciar su barriguita y preguntarles a los nonatos cómo les había ido el día para después contarles cómo había sido el suyo.

    Un domingo en la cocina de los Brouwer, ella pelaba y cortaba verduras para preparar la comida mientras él se tomaba un aperitivo con un ojo puesto en el salón,
donde los niños jugaban a construir y derribar castillos con sus libros infantiles.
    Antje le tanteó.
    -He estado pensando en Sancha. Me gustaría invitarla a comer a casa, pero no sé como localizarla. 
    Observó la reacción de Jenkin. No se inmutó. Le dio un mordisco al pan tostado untado de foie gras de salmón distraído. Mi nombre no le provocaba ninguna tensión. Sus músculos permanecieron relajados. Antje interpretó la actitud como positiva, concluyendo que si entre nosotros existiera una relación amorosa, la respuesta hubiera tenido un componente nervioso.    
    -El otro día tomando café con un amigo en una cafetería la vi con un compañero de trabajo. Nos saludamos un momento. Me comentó que trabajaba en el edificio de enfrente. Podríamos llamar a la editorial y preguntar por ella.
    Antje volvió a tensarse. Que no mencionara el nombre del amigo la inquietó y que tomara café en las inmediaciones de mi lugar de trabajo, la puso en alerta. Perdiendo todo sentido común empezó a malpensar sin freno.
    -Ah sí,  ¿cuándo fue eso?
    -Hace un par de semanas - Jenkin se untó otra tostada de foie gras.
    -¿Y que tal está?
    -Bien. No hablamos mucho, los dos estábamos ocupados.
    Antje fabuló que el embarazó se me notaría entonces y que Jenkin se hubiera percatado de que estaba esperando un hijo... a no ser que el hijo fuera de él y la relación que se podría interpretar en la fotos era real. Levantó el cuchillo y lo dejó caer con fuerza sobre la tabla de madera de cortar. Jenkin la mieró sobresaltado.
    -Se me ha escapado.

    Unos días más tarde yo estaba sentada en el sofá del salón de su casas.
    Jenkin estaba en el hospital y los niños con los abuelos. Contactó conmigo a través de la editorial. Me extrañó que Jenkin no le diera mi teléfono personal, aunque no le mencionara que hablábamos a menudo.
    Me enseñó la casa de dos plantas en la que vivían y charlamos de los tiempos del St. Liselot y en cómo habían cambiado nuestras vidas a lo largo del tiempo, mientras nos tomábamos una infusión de poleo menta que se conservaba caliente en la tetera.
    Al cabo de una hora y media noté un pinchazo agudo en el bajo vientre. Llevaba un jersey holgado que disimulaba la barriguita de cuatro meses y qeu cualquiera hubiera podido pensar que el vientre hinchado se debía a un exceso de gases. Antje no me preguntó por el embarazo y yo tampoco saqué el tema a colación.
    -¿Te encuentras bien?
    -Sí, pero necesito ir al baño.
    -Claro, te acompaño.
    Por el camino se repitieron los pinchazo que cada vez crecían en intensidad. Antje fingió preocupación a la vez que trataba de calmarme con un cinismo exasperante. La repentina indisposición era producto de sus celos.
    Salí del baño muerta de miedo. Estaba manchando. Apenas podía mantenerme en pie. La señora Brouwer, solícita y entregada como era costumbre en ella, tomó la iniciativa. Rodeó mi cintura con un brazo mientras con el otro me ayudaba a caminar. El dolor se intensificaba con cada paso. La piernas no sostenían el peso de mi cuerpo.
    -Vamos al hospital.
    En dos horas perdí al hijo de Siem y Yani.
    Antje había sacrificado al bebé.
   

sábado, 3 de junio de 2023

68. Normalidad

 

        Desvelado el misterio sobre la identidad de quién y el motivo por el que "Memorias de una Jeta" llegó a mis manos, terminé la traducción con talante renovado y lo mandé a la editorial.
    A los pocos días Ster Edties hizo el abono en mi cuenta del trabajo realizado. Transferí la cantidad cobrada a la cuenta bancaria que abrí al llegar a Madrid para disponer de efectivo y lo retiré íntegramente. Se lo devolvería a su legítimo propietario.
    Sin otro proyecto a la vista, sustituí las jornadas en la biblioteca por paseos mañaneros de hora y media. Aprendí a cocinar recetas españolas con Cándida, que me pidió que fuera su pinche. En Amsterdam preparaba platos sencillo que no requerían potencia el sabor. Cocinando con mi mentora, sobre todo guisos y platos de cuchara, descubrí un laboratorio en el que experimentaba con ingredientes para obtener la textura y el sabor adecuados. Cocinar por placer es un método de relajación efectivo.    
    Me acerqué a "El hidalgo". Sofía me saludó pizpireta registrando los nuevos libros recibidos y Alonso me recibió con la afable sonrisa tatuada en sus labios adivinando por la expresión de mi cara que se había resuelto el enigma que envolvía las memorias de Cintia. Me comprometí a contárselo todo un día, rondándome por la cabeza la idea de volver a Amsterdam y afrontar lo que allí me esperara. No podía seguir viviendo pensando que en cualquier momento la politie me localizaría. Ese estado de inquietud no era buena para el bebé. Su bienestar era lo más importante.
    Visité la mansión a hora desacostumbrada. Federico había salido con el chófer a atender unos asuntos y volvería al medio día. No estaría tanto tiempo allí. La persona a la que quería ver en esa ocasión me abrió la puerta.
    -Esto le pertenece.
    De pie en el porche le entregué un sobre que abrió ceñudo y al ver el contenido me devolvió alarmado. No lo acepté.
    -Los favores no se cobran se agradecen -aparté el sobre de mi alcance.
    -Hice lo que consideré correcto.
    -La recompensa en cambio es pequeña.
    -¿Le gustaría tomarse una taza de chocolate?
    -Me encantaría.
    Nos sentamos en la cocina, donde conocí a María, la cocinera rebelde que se negó a que la antigua señora de la casa la llamara Marie.  Al principio se mostró esquiva, distante y desconfiada. Poco a poco se fue convenciendo de que yo no era Cintia haciéndome pasar por una hermana gemela inexistente.
    Les pedí que me contaran cosas sobre mi hermana. En las memorias se autodefinía como una persona caprichosa y alocada cuya aspiración era mantener el estatus económico que le venía de cuna, aunque para ello tuviera que casarse con un hombre que triplicaba su edad. Las dos nos habíamos criado en casas acomodadas, ella con el cariño de unos padres y yo con la indiferencia de unos abuelos, sin embargo, nuestro concepto de libertad distaba mucho. Para Cintia consistía en vivir holgadamente.
    El chocolate nos lo tomamos con unas galletas hechas por María, que encontró un hueco para sentarse con nosotros mientras que el guiso que elaboraba se cocinaba a fuego lento.
    -Cuando terminé de leer las memorias llegué a la conclusión de que la señora, a pesar de haber vivido rodeada de amor y de personas que la cuidaron, se sentía carente de cariño. Como si las atenciones recibidas no fueran suficientes y viviera en un mundo artificial. Ese desafecto que percibía y no se ajustaba a la realidad la hacían actuar como lo hacía.
    La reflexión de Andrés coincidía con la mía. Cintia tenía un vació en su interior, que en mi opinión logró llenar en parte cuando se enamoró de Étienne y al quedarse embarazada de su hija. En esas dos ocasiones se sintió útil: hacía feliz a su amante y se cuidó durante el embarazo para que su hija naciera sana.
    En la cocina de la mansión comprendí que cuando mi hermana le dio a elegir a Yuco, su hámster, entre marchare o quedarse con ella y el roedor salió por la puerta de la jaula abierta, se quedó huérfana de amor.

67. Sembrando tempestades

 

Hay una razón que explica qué hacía una tarde de febrero sentada en el salón de los Brouwer tomando una infusión con al señora de la casa.
    Días antes, tal vez un par de semanas, el mal se cernió sobre mi cabeza... una vez más. El encuentro en el mercado con Niek fue la antesala de lo que acontecería más adelante. Los Van der Berg, únicamente conocían una forma de felicidad y no era otra que provocando desgracias en las vidas de los demás y si la víctima era yo, el regocijo y ensañamiento era absoluto.
    Heleente se hizo la encontradiza en unos de los pasillo de la segunda planta del hospital donde Antje trabaja. Recopiló información sobre cuándo y que turnos hacia para cruzarse con ella por casualidad.
    Deambuló por los pasillos fingiendo haberse perdido con la melena rubia ondulada hasta los hombros y los labios pintados de rojo pasión, color que la emponderaba, hasta ver a su objetivo salir de una habitación, donde había cambiado el suero de un paciente.
    -¿Antje? -La llamó dubitativa como si no la reconociera o se sorprendiera de verla en su puesto de trabajo.
    La mencionada se giró aplicándose gel hidroalcohólico en las manos que había cogido el carrito pegado a la pared.
    -Heleentje,  ¿cómo estás? -no mostró entusiasmo. No veía a la antigua alumna del St. Liselot desde que se graduase, sin embargo algún rumor había circulado por sus oídos sobre la vida desordenada de la que hacía gala.
    -Perdida -soltó una risa nerviosa -he venido a visitar a una amiga a la que han operado del húmero, pero todos los pasillos son iguales.
    -Traumatología está en la primera planta, el primer pasillo a la derecha si bajas en ascensor.
    -Gracias ha sido una suerte que estuvieras aquí... -pausa intencionada -¿Cómo está Jenkin? Tu no ha cambiado apenas.
    A Antje no le gustó que mencionara el nombre de su marido con tanta familiaridad.
    -Todo está bien - cogió otra botella de suero-. Si me disculpas...
    -¡Claro! Perdona... -se quedó parada delante de ella en actitud pensativa- ¿Tienes tiempo para un café? -bajó el tono de voz como si fuera a hacerle una confidencia-. Quiero comentarte un asunto delicado.
    -Dame media hora y nos vemos en la cafetería.
    Una hora fue el tiempo que la señora Brouwer tardó en reunirse con Heleentje, que había aprovechó para almorzar mientras esperaba.
    -¿Cómo está tu amiga?
    -¿Quién?
    -Tu amiga, a la que han operado.
    -Ah, ella... Bien. En un par de días le dan el alta.
    Heleentje mentía mal aunque su ego le hacía creer qeu no tenía rival.
    A Antje la actitud de su interlocutora no le cuadraba y empezó a sospechar qeu tramaba algo.
    -Recordarás a Sancha Van Heley, del St. Liselot.
    -Por supuesto.
    -M hermano Niek y ella tuvieron una relación hace algún tiempo. Iban a casarse pero ella canceló la boda para explorar otros mundos... Te puede imaginar que le dejó destrozado, tenían plantes de futuro y proyectos, pero ella, con un personalidad bastante voluble, decidió dejarle tirado... El caso es que el otro día Niek la vio en De Pij, después de muchos años y le llamó la atención que el hombre que estaba con ella, con quien parecía tener una afinidad más allá de la amistosa le sonaba mucho -inició un tamborileo con la manicura morada de sus uñas encima de la mesa-. Les hizo unas fotos y me las mandó por si yo sabía quien era. Me quedé petrificada, no me lo podía creer... El hombre era Jenkin. 
    Heleentje buscó en su móvil las instantáneas qeu le parecieron comprometidas y se las mostró a su interlocutora. Lo que Antje vio fue la Jenkin saludando con dos besos a Sancha, una conversación son sonrisas y la mano de su marido sobre el vientre que evidenciaba un embarazo. Se mostró indiferente.
    -Sancha es una buena amiga de la familia. Las muestra de cariño entre nosotros son habituales... Ya ves, te has preocupado en balde.
    -Aún así, tened cuidado con ella. Desde los años del St. Liselot tenía fijación por Jenkin. No os confiéis. Es una mujer de objetivos y no le importa pisar cabezas. La conozco bien, créeme.
    -Cuídate, Heleenjte.
    Antje se levantó de la mesa y se marchó con la tranquilidad que había mantenido durante la conversación. Heleenjte había intentado envenenarla estérilmente... Jenkin y Sancha... Era inconcebible.

66. Eslabones perdidos

 



    Estrené la cuarta semana, en tierra cada vez menos extraña, ilusionada.
    Quería volver a casa y retomar la rutina, no sin la certeza de que nada sería igual y la incertidumbre de lo que me esperaba, sin embargo, cada día transcurrido, jornada a jornada, la esperanza y las expectativas de abrigar la normalidad acostumbrada crecían.
    Desconocía que me deparaba el futuro, nadie puede saberlo, ni siquiera concebía que existiese a medio plazo, sólo alcanzaba a visualizar el minuto siguiente. Lo único que tenía claro es que quería ver a mi familia. Me conformaba con hacerlo de lejos, a escondidas, sin que supieran que la hija y hermana perdida les observaba.
    Delante de la puerta del bajo del hostal donde  Cándida vive, dudé entre interrumpir la amena diatriba, a tenor de la algarabía que se oía desde fuera o dejar que Leonardo y su anfitriona siguieran litigando sobre asuntos sin importancia. Les gustaba llevarse la contraria y enfatizar exageradamente a la hora de exponer sus argumentos. Mis visitas a la mansión era el pretexto que usaban para tomarse un café, las dos                       sobremesas en el mostrador del vestíbulo, a partir de la tercera, en el comedor de la       casa de Cándida, donde ella sugirió que estarían más cómodos.
    -¿Qué se traen esto dos entre manos? -me susurró Trini con curiosidad inquiriendo lo comunicativa que estaba su amiga con un hombre que no era huésped del hostal.
    -Si no me equivoco, una amistad -respondí en tono cómplice.
    -Dios lo quiera.
   
    Emplazaba a Leonardo un cuarto de hora antes de partir hacia la mansión, convencida de que esperaba esos minutos que pasaba con Cándida, desde el mismo momento en que se despedían.
    -¿Esperando al chófer, Miss Daisy?
    El inesperado comentario que me hizo ahogar una sonrisa, llevaba implícito una de las indirectas con las que Daniel me asediada con asiduidad.
    -Ojo avizor, sin duda.
    -Eufemismo de fisgón, supongo -del bolsillo delantero del tejano negro sacó un juego de llaves-. ¿Ibas a llamar o sólo escuchabas detrás de la puerta?    
    Me aparté del vano de la entrada instintivamente, ofendida, aunque imaginé que era la impresión que le hubiera dado a cualquier otra persona.
    Soltó una carcajada al ver mi reacción defensiva.
    -Tranquila. Aquí el único entrometido soy yo -cogió la llave que casaba con el bombín con el pulgar y el índice-. No me lo reproches. Con vidas tan interesantes e intensas como la que advierto que tienes, me preocupo y ocupo de profundizar un poco más.
    Abrió la puerta y me cedió el paso con un movimiento de cabeza. Me había puesto de mal humor.
    -Esperaré a Leonardo fuera.
    -Como guste... madre.
    Me dirigí hacia la salida con mal sabor de boca.
    En las palabras de Daniel aprecié una advertencia entreverada. Indagaría sobre lo que creía que ocultaba hasta satisfacer su curiosidad. Me planteé aclararle que la mujer de las fotografías que había visto era mi hermana para que me dejara en paz y evitar que, en su afán de saber más, me relacionara con el accidente de Jenkin si las pesquisas le derivaban a Amsterdam. Con lo descreído que era dudé que creyera que tenía una gemela.
    La estancia de esa tarde en la mansión me hizo olvidar la disyuntiva en la que me hallaba. Cada uno de los eslabones de la cadena estaba en su sitio, restaba ensartar el broche que uniera un extremo con el otro.
    
    -Has sido desdichada por mi indiscreción.
    -Los Van Heley era estrictos y de trato difícil. Su doble moral es responsable de haber separado a una familia.
    -Aún así... -se le entristeció la mirada. Federico tenía una espina clavada que no lograba quitarse, ni siquiera lo intentaba. Creía que la merecía.
    -Federico, no cargue con culpas que no le corresponden... -entrecrucé los dedos de las manos-. Me he pasado toda la vida idealizando a unos padres muertos. Quiero conocerlos, pero antes debo solucionar algunos asuntos y encauzar otros que podrían ser motivo de decepción para ellos.    
    Federico bosquejó una sonrisa.
    -Recuperar a la hija perdida será una alegría. Permíteme que te ayude a que seáis una familia completa.
    Asentí agradecida. Federico Osorio necesitaba liberarse de culpas.    

65. Pecado original

    La consecuencia de elegir la misma manzana en uno de los puestos del mercado resultó funesta.
    Se me antojó una pieza concreta del montón expuesto y al hacer amago de cogerla me faltaron cincuenta centímetros para conseguir el objetivo. Una manos masculina me tomó la delantera y me resigné a perder la fruta por el que Eva se condenó en el paraiso. El embarazo me provocaba el deseo espontáneo de devorar con ansía cualquier alimento del que la vista se encaprichara. Seguí de reojo el recorrido de la manzana hasta ser introducida por el sujeto de al lado en una bolsa de plástico.
    -No me lo creo... ¿Sancha?
    El usurpador acomodó en la cara una sonrisa helada como el iris de sus ojos azules. Impostado por naturaleza entendí que me había divisado antes de que me apercibiera de su presencia.
    -¿Me cobra, por favor? -me dirigí al tendero entregándole la bolsa.
    Soltó una carcajada maléfica, de las que tienen sonoridad de ultratumba. Hay personas a las que se odian en un instante. Niek es una de ellas.
    -¿Te has cansado del celibato? -la sorna en su voz delataba su disposición a un enfrentamiento verbal. No caería en su juego -No te pegaba nada lo de ser monja. a los viejos los engañaste, pero yo no me tragué tu repentina vocación monjil. 
    "Los viejos" también se tragaron la falsedad del elegido.
   -Cuidado con la manzana al comértela, no te muerdas la lengua -le lancé una mirada taimada que cogió al vuelo- ya sabes, por lo del veneno.
    Le di las gracias al tendero al devolverme el cambio y me diluí entre la gente.  En una de las calles de De Pij, Jenkin detuvo el coche al verme pasar con las bolsas de la compra y adoptando el papel de protector que asumió desde que le dije que esperaba un hijo, me llamó la atención para regañarme, después de saludarme con un par de besos.
    -No cargues peso.
     -¿Vuelves o vas al gimnasio?
     Llevaba una sudadera gris y un pantalón de chándal del mismo color.
     -Esta noche he tenido guardia. No tenía sueño y he ido a nadar. Te acerco a donde vayas -no permití que cogiera las bolsas aferrándome a las asas. Yo sola me bastaba.
    -Puedo sola. No  pesa. Ve a descansar.
    Puso su mano de médico sobre mi vientre abultado. Interés o preocupación, no sé que asomó primero a sus ojos.    
    Charlamos ajenos a que estábamos siendo observados.
    Niek me había seguido desde el mercado hasta allí. Vio a un hombre que le resultaba conocido detener el coche y bajarse para saludarme. Nos hizo una foto y la mandó al instante con un mensaje: 
    "¿Quién es?
    Su hermana contestó de inmediato.
    "Jenkin Brouwer, médico en el St. Liselot. ¿La remilgada esa no se había metido a monja?" ¿Estás ahí ahora?"
    "Nos tomó el pelo a todos. Sí".
    "No pierdas detalle."
    Las fotos que nos hizo aquella mañana servirían a Niek para vengarse de mi por la humillación que sintió al rechazarle y a Heleentje para regocijarse en mi desgracia.