sábado, 10 de junio de 2023

69. Pozoña

Heleentje sembró la duda en Antje, que días después de verse en la cafetería, analizó mentalmente la imágenes retenidas en la memoria. Creyó detectar en la expresión del marido, un destello ilusorio propio del enamoramiento que le preocupó. Los pensamientos se manifestaron en su cabeza en espiral. Se preguntó por qué Jenkin no le había mencionado nuestro encuentro si es que era casual. Elucubró dos respuestas satisfactorias: o bien se le había olvidado o simplemente no le había dado importancia. Ella misma no le contaba siempre los conocidos con los que coincidía en cualquier parte. Sin embargo, tratándose de mí, por el cariño que ambos me dispensaban desde los tiempos del St. Liselot, motivados por el desabrido e los van Heley, consideraba que debía haberlo sabido. Tener noticias mías era agradable. La mente se le llenó de nubes negras repitiéndose una y otra vez que no se cuenta lo que se quiere ocultar. La imagen de la mano sobre mi vientre apareció de pronto como en una pantalla panorámica. En el gesto había ternura. En sus tres embarazos, al padre de sus hijos le gustaba acariciar su barriguita y preguntarles a los nonatos cómo les había ido el día para después contarles cómo había sido el suyo.

    Un domingo en la cocina de los Brouwer, ella pelaba y cortaba verduras para preparar la comida mientras él se tomaba un aperitivo con un ojo puesto en el salón,
donde los niños jugaban a construir y derribar castillos con sus libros infantiles.
    Antje le tanteó.
    -He estado pensando en Sancha. Me gustaría invitarla a comer a casa, pero no sé como localizarla. 
    Observó la reacción de Jenkin. No se inmutó. Le dio un mordisco al pan tostado untado de foie gras de salmón distraído. Mi nombre no le provocaba ninguna tensión. Sus músculos permanecieron relajados. Antje interpretó la actitud como positiva, concluyendo que si entre nosotros existiera una relación amorosa, la respuesta hubiera tenido un componente nervioso.    
    -El otro día tomando café con un amigo en una cafetería la vi con un compañero de trabajo. Nos saludamos un momento. Me comentó que trabajaba en el edificio de enfrente. Podríamos llamar a la editorial y preguntar por ella.
    Antje volvió a tensarse. Que no mencionara el nombre del amigo la inquietó y que tomara café en las inmediaciones de mi lugar de trabajo, la puso en alerta. Perdiendo todo sentido común empezó a malpensar sin freno.
    -Ah sí,  ¿cuándo fue eso?
    -Hace un par de semanas - Jenkin se untó otra tostada de foie gras.
    -¿Y que tal está?
    -Bien. No hablamos mucho, los dos estábamos ocupados.
    Antje fabuló que el embarazó se me notaría entonces y que Jenkin se hubiera percatado de que estaba esperando un hijo... a no ser que el hijo fuera de él y la relación que se podría interpretar en la fotos era real. Levantó el cuchillo y lo dejó caer con fuerza sobre la tabla de madera de cortar. Jenkin la mieró sobresaltado.
    -Se me ha escapado.

    Unos días más tarde yo estaba sentada en el sofá del salón de su casas.
    Jenkin estaba en el hospital y los niños con los abuelos. Contactó conmigo a través de la editorial. Me extrañó que Jenkin no le diera mi teléfono personal, aunque no le mencionara que hablábamos a menudo.
    Me enseñó la casa de dos plantas en la que vivían y charlamos de los tiempos del St. Liselot y en cómo habían cambiado nuestras vidas a lo largo del tiempo, mientras nos tomábamos una infusión de poleo menta que se conservaba caliente en la tetera.
    Al cabo de una hora y media noté un pinchazo agudo en el bajo vientre. Llevaba un jersey holgado que disimulaba la barriguita de cuatro meses y qeu cualquiera hubiera podido pensar que el vientre hinchado se debía a un exceso de gases. Antje no me preguntó por el embarazo y yo tampoco saqué el tema a colación.
    -¿Te encuentras bien?
    -Sí, pero necesito ir al baño.
    -Claro, te acompaño.
    Por el camino se repitieron los pinchazo que cada vez crecían en intensidad. Antje fingió preocupación a la vez que trataba de calmarme con un cinismo exasperante. La repentina indisposición era producto de sus celos.
    Salí del baño muerta de miedo. Estaba manchando. Apenas podía mantenerme en pie. La señora Brouwer, solícita y entregada como era costumbre en ella, tomó la iniciativa. Rodeó mi cintura con un brazo mientras con el otro me ayudaba a caminar. El dolor se intensificaba con cada paso. La piernas no sostenían el peso de mi cuerpo.
    -Vamos al hospital.
    En dos horas perdí al hijo de Siem y Yani.
    Antje había sacrificado al bebé.
   

sábado, 3 de junio de 2023

68. Normalidad

 

        Desvelado el misterio sobre la identidad de quién y el motivo por el que "Memorias de una Jeta" llegó a mis manos, terminé la traducción con talante renovado y lo mandé a la editorial.
    A los pocos días Ster Edties hizo el abono en mi cuenta del trabajo realizado. Transferí la cantidad cobrada a la cuenta bancaria que abrí al llegar a Madrid para disponer de efectivo y lo retiré íntegramente. Se lo devolvería a su legítimo propietario.
    Sin otro proyecto a la vista, sustituí las jornadas en la biblioteca por paseos mañaneros de hora y media. Aprendí a cocinar recetas españolas con Cándida, que me pidió que fuera su pinche. En Amsterdam preparaba platos sencillo que no requerían potencia el sabor. Cocinando con mi mentora, sobre todo guisos y platos de cuchara, descubrí un laboratorio en el que experimentaba con ingredientes para obtener la textura y el sabor adecuados. Cocinar por placer es un método de relajación efectivo.    
    Me acerqué a "El hidalgo". Sofía me saludó pizpireta registrando los nuevos libros recibidos y Alonso me recibió con la afable sonrisa tatuada en sus labios adivinando por la expresión de mi cara que se había resuelto el enigma que envolvía las memorias de Cintia. Me comprometí a contárselo todo un día, rondándome por la cabeza la idea de volver a Amsterdam y afrontar lo que allí me esperara. No podía seguir viviendo pensando que en cualquier momento la politie me localizaría. Ese estado de inquietud no era buena para el bebé. Su bienestar era lo más importante.
    Visité la mansión a hora desacostumbrada. Federico había salido con el chófer a atender unos asuntos y volvería al medio día. No estaría tanto tiempo allí. La persona a la que quería ver en esa ocasión me abrió la puerta.
    -Esto le pertenece.
    De pie en el porche le entregué un sobre que abrió ceñudo y al ver el contenido me devolvió alarmado. No lo acepté.
    -Los favores no se cobran se agradecen -aparté el sobre de mi alcance.
    -Hice lo que consideré correcto.
    -La recompensa en cambio es pequeña.
    -¿Le gustaría tomarse una taza de chocolate?
    -Me encantaría.
    Nos sentamos en la cocina, donde conocí a María, la cocinera rebelde que se negó a que la antigua señora de la casa la llamara Marie.  Al principio se mostró esquiva, distante y desconfiada. Poco a poco se fue convenciendo de que yo no era Cintia haciéndome pasar por una hermana gemela inexistente.
    Les pedí que me contaran cosas sobre mi hermana. En las memorias se autodefinía como una persona caprichosa y alocada cuya aspiración era mantener el estatus económico que le venía de cuna, aunque para ello tuviera que casarse con un hombre que triplicaba su edad. Las dos nos habíamos criado en casas acomodadas, ella con el cariño de unos padres y yo con la indiferencia de unos abuelos, sin embargo, nuestro concepto de libertad distaba mucho. Para Cintia consistía en vivir holgadamente.
    El chocolate nos lo tomamos con unas galletas hechas por María, que encontró un hueco para sentarse con nosotros mientras que el guiso que elaboraba se cocinaba a fuego lento.
    -Cuando terminé de leer las memorias llegué a la conclusión de que la señora, a pesar de haber vivido rodeada de amor y de personas que la cuidaron, se sentía carente de cariño. Como si las atenciones recibidas no fueran suficientes y viviera en un mundo artificial. Ese desafecto que percibía y no se ajustaba a la realidad la hacían actuar como lo hacía.
    La reflexión de Andrés coincidía con la mía. Cintia tenía un vació en su interior, que en mi opinión logró llenar en parte cuando se enamoró de Étienne y al quedarse embarazada de su hija. En esas dos ocasiones se sintió útil: hacía feliz a su amante y se cuidó durante el embarazo para que su hija naciera sana.
    En la cocina de la mansión comprendí que cuando mi hermana le dio a elegir a Yuco, su hámster, entre marchare o quedarse con ella y el roedor salió por la puerta de la jaula abierta, se quedó huérfana de amor.

67. Sembrando tempestades

 

Hay una razón que explica qué hacía una tarde de febrero sentada en el salón de los Brouwer tomando una infusión con al señora de la casa.
    Días antes, tal vez un par de semanas, el mal se cernió sobre mi cabeza... una vez más. El encuentro en el mercado con Niek fue la antesala de lo que acontecería más adelante. Los Van der Berg, únicamente conocían una forma de felicidad y no era otra que provocando desgracias en las vidas de los demás y si la víctima era yo, el regocijo y ensañamiento era absoluto.
    Heleente se hizo la encontradiza en unos de los pasillo de la segunda planta del hospital donde Antje trabaja. Recopiló información sobre cuándo y que turnos hacia para cruzarse con ella por casualidad.
    Deambuló por los pasillos fingiendo haberse perdido con la melena rubia ondulada hasta los hombros y los labios pintados de rojo pasión, color que la emponderaba, hasta ver a su objetivo salir de una habitación, donde había cambiado el suero de un paciente.
    -¿Antje? -La llamó dubitativa como si no la reconociera o se sorprendiera de verla en su puesto de trabajo.
    La mencionada se giró aplicándose gel hidroalcohólico en las manos que había cogido el carrito pegado a la pared.
    -Heleentje,  ¿cómo estás? -no mostró entusiasmo. No veía a la antigua alumna del St. Liselot desde que se graduase, sin embargo algún rumor había circulado por sus oídos sobre la vida desordenada de la que hacía gala.
    -Perdida -soltó una risa nerviosa -he venido a visitar a una amiga a la que han operado del húmero, pero todos los pasillos son iguales.
    -Traumatología está en la primera planta, el primer pasillo a la derecha si bajas en ascensor.
    -Gracias ha sido una suerte que estuvieras aquí... -pausa intencionada -¿Cómo está Jenkin? Tu no ha cambiado apenas.
    A Antje no le gustó que mencionara el nombre de su marido con tanta familiaridad.
    -Todo está bien - cogió otra botella de suero-. Si me disculpas...
    -¡Claro! Perdona... -se quedó parada delante de ella en actitud pensativa- ¿Tienes tiempo para un café? -bajó el tono de voz como si fuera a hacerle una confidencia-. Quiero comentarte un asunto delicado.
    -Dame media hora y nos vemos en la cafetería.
    Una hora fue el tiempo que la señora Brouwer tardó en reunirse con Heleentje, que había aprovechó para almorzar mientras esperaba.
    -¿Cómo está tu amiga?
    -¿Quién?
    -Tu amiga, a la que han operado.
    -Ah, ella... Bien. En un par de días le dan el alta.
    Heleentje mentía mal aunque su ego le hacía creer qeu no tenía rival.
    A Antje la actitud de su interlocutora no le cuadraba y empezó a sospechar qeu tramaba algo.
    -Recordarás a Sancha Van Heley, del St. Liselot.
    -Por supuesto.
    -M hermano Niek y ella tuvieron una relación hace algún tiempo. Iban a casarse pero ella canceló la boda para explorar otros mundos... Te puede imaginar que le dejó destrozado, tenían plantes de futuro y proyectos, pero ella, con un personalidad bastante voluble, decidió dejarle tirado... El caso es que el otro día Niek la vio en De Pij, después de muchos años y le llamó la atención que el hombre que estaba con ella, con quien parecía tener una afinidad más allá de la amistosa le sonaba mucho -inició un tamborileo con la manicura morada de sus uñas encima de la mesa-. Les hizo unas fotos y me las mandó por si yo sabía quien era. Me quedé petrificada, no me lo podía creer... El hombre era Jenkin. 
    Heleentje buscó en su móvil las instantáneas qeu le parecieron comprometidas y se las mostró a su interlocutora. Lo que Antje vio fue la Jenkin saludando con dos besos a Sancha, una conversación son sonrisas y la mano de su marido sobre el vientre que evidenciaba un embarazo. Se mostró indiferente.
    -Sancha es una buena amiga de la familia. Las muestra de cariño entre nosotros son habituales... Ya ves, te has preocupado en balde.
    -Aún así, tened cuidado con ella. Desde los años del St. Liselot tenía fijación por Jenkin. No os confiéis. Es una mujer de objetivos y no le importa pisar cabezas. La conozco bien, créeme.
    -Cuídate, Heleenjte.
    Antje se levantó de la mesa y se marchó con la tranquilidad que había mantenido durante la conversación. Heleenjte había intentado envenenarla estérilmente... Jenkin y Sancha... Era inconcebible.

66. Eslabones perdidos

 



    Estrené la cuarta semana, en tierra cada vez menos extraña, ilusionada.
    Quería volver a casa y retomar la rutina, no sin la certeza de que nada sería igual y la incertidumbre de lo que me esperaba, sin embargo, cada día transcurrido, jornada a jornada, la esperanza y las expectativas de abrigar la normalidad acostumbrada crecían.
    Desconocía que me deparaba el futuro, nadie puede saberlo, ni siquiera concebía que existiese a medio plazo, sólo alcanzaba a visualizar el minuto siguiente. Lo único que tenía claro es que quería ver a mi familia. Me conformaba con hacerlo de lejos, a escondidas, sin que supieran que la hija y hermana perdida les observaba.
    Delante de la puerta del bajo del hostal donde  Cándida vive, dudé entre interrumpir la amena diatriba, a tenor de la algarabía que se oía desde fuera o dejar que Leonardo y su anfitriona siguieran litigando sobre asuntos sin importancia. Les gustaba llevarse la contraria y enfatizar exageradamente a la hora de exponer sus argumentos. Mis visitas a la mansión era el pretexto que usaban para tomarse un café, las dos                       sobremesas en el mostrador del vestíbulo, a partir de la tercera, en el comedor de la       casa de Cándida, donde ella sugirió que estarían más cómodos.
    -¿Qué se traen esto dos entre manos? -me susurró Trini con curiosidad inquiriendo lo comunicativa que estaba su amiga con un hombre que no era huésped del hostal.
    -Si no me equivoco, una amistad -respondí en tono cómplice.
    -Dios lo quiera.
   
    Emplazaba a Leonardo un cuarto de hora antes de partir hacia la mansión, convencida de que esperaba esos minutos que pasaba con Cándida, desde el mismo momento en que se despedían.
    -¿Esperando al chófer, Miss Daisy?
    El inesperado comentario que me hizo ahogar una sonrisa, llevaba implícito una de las indirectas con las que Daniel me asediada con asiduidad.
    -Ojo avizor, sin duda.
    -Eufemismo de fisgón, supongo -del bolsillo delantero del tejano negro sacó un juego de llaves-. ¿Ibas a llamar o sólo escuchabas detrás de la puerta?    
    Me aparté del vano de la entrada instintivamente, ofendida, aunque imaginé que era la impresión que le hubiera dado a cualquier otra persona.
    Soltó una carcajada al ver mi reacción defensiva.
    -Tranquila. Aquí el único entrometido soy yo -cogió la llave que casaba con el bombín con el pulgar y el índice-. No me lo reproches. Con vidas tan interesantes e intensas como la que advierto que tienes, me preocupo y ocupo de profundizar un poco más.
    Abrió la puerta y me cedió el paso con un movimiento de cabeza. Me había puesto de mal humor.
    -Esperaré a Leonardo fuera.
    -Como guste... madre.
    Me dirigí hacia la salida con mal sabor de boca.
    En las palabras de Daniel aprecié una advertencia entreverada. Indagaría sobre lo que creía que ocultaba hasta satisfacer su curiosidad. Me planteé aclararle que la mujer de las fotografías que había visto era mi hermana para que me dejara en paz y evitar que, en su afán de saber más, me relacionara con el accidente de Jenkin si las pesquisas le derivaban a Amsterdam. Con lo descreído que era dudé que creyera que tenía una gemela.
    La estancia de esa tarde en la mansión me hizo olvidar la disyuntiva en la que me hallaba. Cada uno de los eslabones de la cadena estaba en su sitio, restaba ensartar el broche que uniera un extremo con el otro.
    
    -Has sido desdichada por mi indiscreción.
    -Los Van Heley era estrictos y de trato difícil. Su doble moral es responsable de haber separado a una familia.
    -Aún así... -se le entristeció la mirada. Federico tenía una espina clavada que no lograba quitarse, ni siquiera lo intentaba. Creía que la merecía.
    -Federico, no cargue con culpas que no le corresponden... -entrecrucé los dedos de las manos-. Me he pasado toda la vida idealizando a unos padres muertos. Quiero conocerlos, pero antes debo solucionar algunos asuntos y encauzar otros que podrían ser motivo de decepción para ellos.    
    Federico bosquejó una sonrisa.
    -Recuperar a la hija perdida será una alegría. Permíteme que te ayude a que seáis una familia completa.
    Asentí agradecida. Federico Osorio necesitaba liberarse de culpas.    

65. Pecado original

    La consecuencia de elegir la misma manzana en uno de los puestos del mercado resultó funesta.
    Se me antojó una pieza concreta del montón expuesto y al hacer amago de cogerla me faltaron cincuenta centímetros para conseguir el objetivo. Una manos masculina me tomó la delantera y me resigné a perder la fruta por el que Eva se condenó en el paraiso. El embarazo me provocaba el deseo espontáneo de devorar con ansía cualquier alimento del que la vista se encaprichara. Seguí de reojo el recorrido de la manzana hasta ser introducida por el sujeto de al lado en una bolsa de plástico.
    -No me lo creo... ¿Sancha?
    El usurpador acomodó en la cara una sonrisa helada como el iris de sus ojos azules. Impostado por naturaleza entendí que me había divisado antes de que me apercibiera de su presencia.
    -¿Me cobra, por favor? -me dirigí al tendero entregándole la bolsa.
    Soltó una carcajada maléfica, de las que tienen sonoridad de ultratumba. Hay personas a las que se odian en un instante. Niek es una de ellas.
    -¿Te has cansado del celibato? -la sorna en su voz delataba su disposición a un enfrentamiento verbal. No caería en su juego -No te pegaba nada lo de ser monja. a los viejos los engañaste, pero yo no me tragué tu repentina vocación monjil. 
    "Los viejos" también se tragaron la falsedad del elegido.
   -Cuidado con la manzana al comértela, no te muerdas la lengua -le lancé una mirada taimada que cogió al vuelo- ya sabes, por lo del veneno.
    Le di las gracias al tendero al devolverme el cambio y me diluí entre la gente.  En una de las calles de De Pij, Jenkin detuvo el coche al verme pasar con las bolsas de la compra y adoptando el papel de protector que asumió desde que le dije que esperaba un hijo, me llamó la atención para regañarme, después de saludarme con un par de besos.
    -No cargues peso.
     -¿Vuelves o vas al gimnasio?
     Llevaba una sudadera gris y un pantalón de chándal del mismo color.
     -Esta noche he tenido guardia. No tenía sueño y he ido a nadar. Te acerco a donde vayas -no permití que cogiera las bolsas aferrándome a las asas. Yo sola me bastaba.
    -Puedo sola. No  pesa. Ve a descansar.
    Puso su mano de médico sobre mi vientre abultado. Interés o preocupación, no sé que asomó primero a sus ojos.    
    Charlamos ajenos a que estábamos siendo observados.
    Niek me había seguido desde el mercado hasta allí. Vio a un hombre que le resultaba conocido detener el coche y bajarse para saludarme. Nos hizo una foto y la mandó al instante con un mensaje: 
    "¿Quién es?
    Su hermana contestó de inmediato.
    "Jenkin Brouwer, médico en el St. Liselot. ¿La remilgada esa no se había metido a monja?" ¿Estás ahí ahora?"
    "Nos tomó el pelo a todos. Sí".
    "No pierdas detalle."
    Las fotos que nos hizo aquella mañana servirían a Niek para vengarse de mi por la humillación que sintió al rechazarle y a Heleentje para regocijarse en mi desgracia.
   

domingo, 21 de mayo de 2023

64. Homicidio invonluntario

 

Como si me estuvieran narrando un cuento susurrado al oído delante de una hoguera en una fría noche de invierno, escuché el relato de Federico con el corazón en un puño cerrado con tanta firmeza que oprimía el órgano.
 Un beso fue el detonante que destruyó nuestras vidas, aunque esto, mi anfitrión lo supo muchos años después, cuando se plantó en la casa de Godelieve de Vries y le arrancó la confesión, sospechando y luego conjeturando que los Van Heley ocultaban un secreto que afectaba a la familia de su amado Dado. Huub hacía meses que había partido a la nueva morada, yo vivía en el convento, y tal vez por sentirse sola y cercana a reunirse con su marido, la anciana de Vries se despojó de culpas delante de la inesperada visita. Cuesta creer que una brizna de arrepentimiento la asolara en alguna etapa de su vida.

Los Van Heley se hospedaron en casa de mis padres unos días en el cuarto mes de embarazo de mi madre. En una comida familiar, a la que Federico asistió como amigo del abuelo Dado y de la familia, Godelieve y Huub fueron testigos de una inesperada escena que les desencajó las mandíbulas.
    Federico y Dado, a los que la edad no les había hecho perder el espíritu intrépido de la juventud, sellaron sus bocas con la ternura de la añoranza y las ganas que nunca se desvanecieron, ignorando que los Van Heley presenciaban sofocados la muestra de cariño entre los dos amantes, al ocurrírseles salir al jardín, donde los amigos creyeron que tendrían cierta intimidad. El matrimonio compartió una mirada circunspecta que pactaba su silencio. Armar un escándalo, bajo su exclusiva lupa escrutadora, por el obsceno acto de lujuria protagonizado por dos viejos verdes con matices reventón, no obedecía a su forma de gestionar los asuntos, que sin incumbirles, se apropiaban. No permitirían que sus nietas crecieran bajo la perversión e influencia de un consuegro degenerado y promiscuo.
    -En los siguientes meses a esas vacaciones insistieron en que Laura diera a luz en una clínica privada de Madrid que ellos mismos habían elegido y que el parto fuera asistido por un ginecólogo de su total confianza que se desplazaría desde Ámsterdam unas semanas antes de que nacierais para atender a tu madre -respiró pesadamente antes de continuar-. Tus padres cedieron aunque hubieran preferido tus abuelos se mantuvieran al margen.
    -Los Van Heley eran persistentes. Objetivo que se proponían, objetivo que perseguían hasta su consecución.
    El detalle parecía que no se le escapaba a Federico en las pocas ocasiones en que había tratado con ellos.
    -El día que nacisteis se produjeron una serie de extraños acontecimientos que hizo del momento más feliz para unos padres, el más triste de su existencia -Federico entrecerró los ojos colocando los recuerdos en orden cronológico- Llevaron a Laura al paritorio, al cabo de unas dos horas, el médico holandés que atendió el parto comunicó a la familia que una de las niñas, al colocarse para salir, había comprimido el cordón umbilical de su hermana impidiendo el paso de sangre y oxígeno de la nonata. Esto ocasionó lesiones en el cerebro por el que la segunda recién nacida fue trasladado a la uci… -Suspiró-. Al cabo de unas horas, les notificaron tú pérdida.
    -El director de la clínica se prestó a un plan ruin a cambio de una compensación económica, supongo.
    Federico apretó los labios negando mis palabras con la cabeza.
    -No exactamente, pero sí actúo por intereses de otra índole. Miró hacia otro lado a cambio de que no le denunciaran por practicar abortos ilegales en la clínica, lo que hubiera supuesto años de cárcel y el cierre del centro. Tus abuelos eran retorcidos en sumo grado, no te desvelo nada que no sepas. Has tenido que lidiar con ellos. Investigaron varias clínicas privadas de Madrid con el fin de llevar a cabo su plan y encontraron la más afín a sus intereses. Delito por delito, silencio por silencio.
    El guion llevaba la firma de los Van Heley. Sólo a ellos se les ocurriría convertir a mi hermana en mi asesina. La compresión del cordón umbilical en parto de gemelos es un riesgo que se dan en algunas ocasiones, según la información que he podido recabar al respecto y fue la causa fabulada que hizo constar en el informe médico un ginecólogo ambicioso, tapadera de los Van Heley para secuestrarme sin levantar sospechas.
Esas horas en las que estuve, según la versión oficial y registros de la clínica, en cuidados intensivos, prohibieron la entrada a los miembros de la familia, incluida mi madre, que desesperada y recién parida intentó levantarse de la cama para verme, suplicando a la enfermera que la llevaran conmigo. Me había oído llorar con la capacidad pulmonar de un bebé sano y un genio que no hacía temer por mi integridad.
Mis padres nunca vieron mi cuerpo inerte.
Los Van Heley se encargaron de los trámites y me dieron sepultura. 

sábado, 20 de mayo de 2023

63. Maternidad

 
La soledad me empezó a pesar antes de cumplirse el primer año de mi salida de Santa Coba. Volví a Lisse a la primavera siguiente, la estación en que las puertas de la abadía se abrían al público, para visitar a las hermanas, que me recibieron con alegría. Ya no formaba parte de la congregación, pero me hicieron sentir que un pedazo de mí se había instalado en sus corazones. No me arrepiento de haberme ordenado monja.
  La hermana Gabriëlle me brindó su compañía recorriendo el colorido y perfumado jardín de tulipanes. Nos detuvimos delante de la parcela de la que me ocupé durante años. Los últimos bulbos los planté en junio del año anterior y habían florecido en otoño. Mi acompañante poseía una sensibilidad especial para captar el color de las almas y la habilidad de pronunciar las palabras justas.
    -Lo encontrarás.
    El camino hacia el lugar que me hiciera sentir cómoda conmigo misma.
     Volviendo a casa en el autobús se me empañaron los ojos de tristeza. La soledad me dio el primer pellizco. No consideraba a los Van Heley mis abuelos, eran los progenitores de mi padre, el nexo sanguíneo que nos unía. Su pérdida, además de un alivio, supuso quedarme huérfana de la familia materna y se esfumó la posibilidad de conocerlos, si existían. Contaba con dos datos sobre mi madre: que se llamaba Laura y que era española, lo demás era un misterio.
    Todas las semanas veía a Siem y a Diantha y hablábamos a diario, sin embargo, al despedirnos, ellos tenían el corazón ocupado mientras que el mío permanecía vacío. A Jenkin lo vi tres o cuatro veces durante ese año. Las llamadas cada vez eran menos puntuales y las primeras insinuaciones sobre el desgaste que produce en las relaciones sentimentales trabajar y vivir con la pareja asomaron.
    La noticia del embarazo por inseminación artificial llegó en el mejor momento. Albergar en mi vientre al hijo de Siem y Yani me llenó de satisfacción. El proceso a veces fue desagradable, no me gustan las agujas y tuve que someterme a ellas, pero viendo el rostro resplandeciente de felicidad de Siem en la consulta de la clínica de reproducción asistida cuando la ginecóloga nos confirmó que el embrión estaba aferrado al endometrio, pensé que había merecido la pena. Era gestante y donante de los óvulos inseminados. Me ilusioné con la expectativa de que al menos durante nueve meses estaría menos sola y tendría un serecillo a quien cuidar.
Mi doctor preferido definió la decisión como descabellada. Él que era padre, no renunciara a sus hijos por nada en este mundo y me aseguró que cuando diera a luz y tocara la piel de mi hijo, no querría separarme de él.
-Incluso actuando solo como gestante te costaría separarte del bebé. Es una locura… además de una decisión valiente -me dijo por teléfono
-La dosis justa que necesito para vivir.