domingo, 20 de febrero de 2022

48. El eclipse


    Vivir en Madrid no me disgusta.
    A las dos semanas de instalarme en la capital, con las aguas turbias en aparente calma, recobré la determinación con la que me armé para dejar el hábito y recuperar la vida a la que renuncié para proteger a quienes quiero de los mal ideados Van Heley, que no lograron empañar la felicidad de Siem al lado de Yani y del hijo de ambos. La decisión estaba tomada desde el primer día que pisé el suelo del convento, sin embargo, a medida que iba conociendo a las hermanas, en las muchas horas que pasábamos juntas, lamentaba engañarlas fingiendo una fe que no existía y temí defraudarlas con mi marcha. No me juzgaron, aceptaron que mi camino era otro; que me había equivocado.

    Añoro el sillón celeste de casa en Haarlemmermeer que coloqué delante de la ventana que da al pequeño jardín que precede la entrada, donde me sentaba a leer los manuscritos que me encargaban traducir. Lo encontré buscando muebles por internet para decorar mi hogar con un estilo eclético. En un instante decidí que formaría parte de mi rincón favorito.
    Los días que había estado recorriendo Madrid con Leonardo al volante me habían valido para despejarme y retomar la traducción de las memorias convencida de que no se trataba de un trabajo más, sino del pretexto de una persona anónima, ignoraba hasta qué punto ajena a mí, para que conociera la existencia de mi familia, a través de Cintia. Finalizar el encargo tal vez era clave para que esa persona que estaba interesada en extraerme del oscurantismo, desvelara su identidad y completara el resto de la historia. El primer paso estaba dado, el segundo me correspondía darlo a mí.
    Desde la distancia divisé a Alonso Quijano y Claudio Isasi charlando animadamente delante del escaparate de El hidalgo. Ambos llevaban tantos años en el barrio, que el grado de cordialidad que advertí entre ellos, solo podía obedecer a una amistad forjada a lo largo del tiempo en múltiples conversaciones.
    El profesor de filosofía desvió la cabeza en mi dirección, me atisbó con un pie dentro del hostal, al que llegaba a la hora de la comida, y me hizo una señal con la mano para que me acercara a ellos. Crucé la calle y recorrí los escasos cien metros que nos distanciaban. El librero se alegró de verme.
    -Las noches en el hostal son tan silenciosas que a veces pienso que soy el único huésped de Cándida. Me complace que tu presencia corrobore que estoy equivocado.
    Me guiñó un ojo. Imaginé a un Isasi adolescente, más interesado en nutrirse intelectualmente que en causar en el género opuesto algún tipo de estímulo que derivase en un acercamiento social. No había seguido su sugerencia de observar mis inquietudes como si fuesen foráneas, pero lo cierto es que centrarme en esclarecer los misterios que me rodeaban había ahuyentado las pesadillas. Me costaba menos conciliar el sueño y las horas que dormía, descansaba. El profesor no se equivocaba en su planteamiento.
    -¿Qué tal va la traducción?
            Alonso también utilizó un tono cómplice para preguntarme soterradamente si había novedades respecto al anónimo. Ambos dábamos por hecho que el manuscrito era el vehículo que me conduciría hacia mis orígenenes.
    -Avanzando poco a poco.
    -De los pasos firmes se obtienen laureles.
    Alonso no me guiñó el ojo, movió la cabeza varia veces afirmativamente convencido. Tenía una voz melodiosa, perfecta para narrar cuentos y leyendas entorno a una hoguera, o delante de una chimenea en una habitación con la luz apagada.    
    -Departíamos sobre cuál es el punto más apropiado para divisar en todo su esplendor el eclipse de luna que se producirá al atardecer -Claudio se mesó la barba con los dedos, reflexivo-. Mi buen amigo cree que desde cualquier punto alto fuera de la ciudad, sin embargo, en mi opinión bastaría con alejarse de la urbe lo suficiente hasta dejar atrás la polución que invade la atmósfera.
    -A mayor altitud, mayor visibilidad -apostilló Quijano- ¿para ti cuál es el lugar idóneo?
    A mi mente acudió un grato recuerdo. Sonreí nostálgica.
    -Una vez vi un eclipse de luna en el claro de un bosque en Almere. Cuando oscureció al interponerse la tierra entre el sol y la luna, los animales diurnos dejaron de oírse pasándole el testigo a los nocturnos. Incluso percibimos que el olor a pino y abeto se acentuaba. Fue fascinante.
    Vacaciones de verano, aún estudiaba la carrera y colaboraba con la Asociación St. Johannes. Siem sugirió que fuésemos a la zona boscosa de der onverzettelijken para contemplar desde allí el eclipse del que desde hacía un par de días se hablaba en los medios de comunicación. Diantha y algunos amigos nos acompañaron.
    -¿Eso fue antes o después de interesarte por la vida contemplativa? -de la librería salió Daniel con una caja de herramientas seguido por Sofía-. No me mires como si te apeteciera rodearme el cuello con las manos ejerciendo presión con los dedos... -me leyó el pensamiento-. La edad es un factor determinante que regula la intensidad de las emociones.
    -La sensibilidad es otro componente a tener en cuenta, aunque quienes carecen de ella no le den importancia y a menudo la obvien.
aAlonso, Claudio y Sofía nos miraron a uno y otro desconcertados por la diatriba.
a-Ven con nosotros esta tarde -Sofía se dirigió a mi emocionada-. Saldremos sobre las seis -miró a Claudio y Daniel buscando la confirmación de la hora.
    -Creo que no...
    -No puedes rechazar un ofrecimiento tan tentador como pasar tiempo con una encantadora estudiante, un profesor utópico y un policía considerado -Daniel me interrumpió pasando por delante de mí para ponerse a mi lado -a los tres nos gustará disfrutar de tu compañía.
    Usó el sarcasmo como arma arrojadiza contra mí. Miré a Sofía atenta a las cuitas entre el policía y la traductora. Alonso y Claudio también nos observaron con curiosidad.
    -Creo que no... se me ocurre mejor forma de pasar la tarde.
   Clavé unos ojos inquisidores en el sujeto cuya profesión le obligaba a llevar uniforme y arma de fuego. 
    -Buena elección, amiga- Claudio se balanceó sobre sus pies.
    -Nos vemos -Daniel se despidió de nosotros y se encaminó hacia el hostal con paso firme. Me aventaja en seguridad sobre sí mismo y aplomo. Si mostrara algún tipo de titubeo que le asemejara a un ser humano con debilidades, su presencia no me resultaría una amenaza. Con o sin uniforme me ponía nerviosa y extremaba precauciones en un ejercicio de contención verbal para que nada de lo que dijera le resultara sospechoso y empezara a indagar sobre mí.
    Esa tarde no comió con Cándida.

NOTAS DE INTERÉS

Bos der Onverzetlijken: parque y a su voz monumento a los caídos de la resistencia contra Alemania. Cada árbol representa a un miembro que dio su vida en la Segunda Guerra Mundial.

   

sábado, 12 de febrero de 2022

47- Ósculo


    Me besó. 
    Fue raro tenerle cerca y que sus labios se acoplaran a los míos tibios de la impresión. Nos besamos.
    Antes de ese momento se desencadenaron una serie de circunstancias que contribuyeron a que el sueño adolescente se hiciera real.
    La salida de la casa de los Van Heley fue precipitada tras extorsionarme con destruir la carrera de Siem sino accedía a casarme con Niek. Lo harían, arrestos no les faltaba. En tal encrucijada caminé deprisa por las calles del barrio de Willemspark, donde crecí recluida, y desorientada presa de los nervios hasta que alguien me detuvo agarrándome del brazo. Jenkin me escrutó percibiendo la falta de control que me dominaba.
    -¿Estás bien? Te he llamado varias veces pero estabas ausente.
    Asentí con la cabeza. La voz apenas me habría salido del cuerpo de haber pretendido entonar un monosílabo. El entorno recobró la formas y colores. Podía distinguir los edificios de Van Baerlestraat. Me había alejado del barrio de los Van Heley lo bastante como para respirar tranquila. 
    -Estaba distraída, lo siento.
    -Más bien ida, ¿algo va mal? -deslizó sus manos desde mis hombros por los brazos hasta las muñecas. El calor de su piel erizó la mía. Me aparté ligeramente.    
    -No es un buen día.
    -Algo podremos hacer para mejorarlo. Por lo pronto te llevo a casa. Tengo el coche ahí -señaló con la cabeza el aparcamiento subterráneo del supermercado que teníamos delante.
    -No, no es necesario. La parada del tranvía está aquí mismo.
    Hice ademán de cruzar al otro lado pero volvió a detenerme con su mano.
    -Insisto.
    En las situaciones más inesperadas el doctor Brouwer aparecía de repente, surgido de la nada, para desestabilizarme. Era una de las razones por las que quería marcharme de Amsterdam. La más poderosa era alejarme de las arpías que tenía por abuelos.
    Jenkin recordó en el coche que había olvidado comprar algo, subió las escaleras mecánicas desde el aparcamiento a la primera planta. Se abasteció de lo que necesitaba y cuando iba a descender otra vez las escaleras desvió la vista hacia el exterior al oír a un guitarrista en la puerta del establecimiento interpretar Tunnel of love de Springsteen y me vio pasar entre la gente como si no existiera y pudiera atravesarlos.
    Sólo cuando accedí a que me acompañara a casa me di cuenta que había dejado una bolsa en el suelo que recogió al encaminarnos hacia el vestíbulo acristalado del supermercado.
    En el trayecto se interesó por mi licenciatura y a colación de ella me contó anécdotas de cuando estudiaba medicina. La cercanía con que me trató fue definitiva para enamorarme aún más. El doctor Brouwer me volvía loca.
    Llegamos al edificio donde vivía de la calle Gerrit Rietveldisingel, en Diemen, al cabo de quince minutos. Le agradecí que me hubiera acompañado. No dándose por vencido se desabrochó el cinturón de seguridad.
    -Me aseguraré de dejarte sana en casa.
    Y yo que pensaba que me desharía de él.



NOTAS DE INTERÉS

Willemspark: uno de los barrios más caros de Amsterdam situado en el distrito de Zuid-Amsterdam, Holanda Septentrional

Van Baerlestraat: calle que debe su denominación al clérigo escritor y profesor Casper van Baerle, conocido por su nombre en latín, Barlaeus, en el distrito de Zuideramstel.

Gerrit Rietveldisingelcalle en el municipio de Diemen dentro del  área metropolitana de Amsterdam.

Diemen: ciudad y municipio en la provincia de Holanda sptentrional.   


sábado, 29 de enero de 2022

46. A propósito



    Cándida tiene tres hijos.  
    La mayor, María, es abogada y trabaja en la embajada de España en Bruselas, donde vive con su marido, oriundo del país y sus dos hijos de seis y ocho años. El menor, Alberto, vive en Barcelona con su novia y es diseñador gráfico en una agencia publicitaria. En el retrato enmarcado que la madre me mostró y que cogió del armario del comedor donde cada miembro de la familia tiene su propio espacio en la balda, el parecido con Daniel era innegable, salvo que el benjamín tiene rasgos aniñados y menos pelo cubriendo una piel imberbe. El mediano de los hermanos posaba abrigado hasta el cuello rodeado de nieve, sonriente y con un ojo cerrado para protegerse de la luz solar que le caía sobre esa zona de la cara. Me pareció simpático... hasta que recordé su profesión.
    -Te voy a enseñar algo que él no querría que viera nadie.
    Cándida bajó el tono de la voz como si alguien más pudiera oírla.
    Después de la comida le había ayudado a recoger la cocina y nos habíamos entretenido hablando sobre un marco que estaba restaurando para regalárselo a Trini en su cumpleaños con una foto sepia de las dos amigas poco antes de ser madres ambas. Me enseñó otros marcos a los que les había dado su toque personal, repartidos entre las paredes del salón inmortalizando instantes familiares.
    Abrió el segundo cajón del mueble del comedor, levantó dos mantelerías bordadas y de debajo de ellas sacó una fotografía de Daniel con una chica de melena castaña y lisa hasta los hombros unidos ambos por la mejilla. Cuando me la entregó, el papel me quemó los dedos. El policía tenía un aire relajado y encantador, desconocido hasta ese momento y parecía feliz al lado de chica, que Cándida me confirmó a continuación había sido su novia.
    -Mi hijo no sabe que la conservo. Estuvieron juntos diez años -el tono confidencial que usó, al borde del susurro me mantuvo en vilo-. Hace un par de años lo dejaron sin que mi hijo me constase que había pasado. Solo me dijo que se mudaba del piso que compartían porque habían roto -suspiró apenada-. Ella, Silvia no me volvió a coger el teléfono más. Para era parte de la familia, como los son mi Philippe y mi Judith, pero algo gordo tuvo que pasar entre ellos... ¿Quieres un chicle? -negué con la cabeza. Le devolví la foto. Sostuvo la mirada sobre la pareja un rato y se metió un par de grageas en la boca. Después la guardó con cuidado boca abajo-. Tiene amigas con las que va y viene, es joven, no puede vivir encerrado porque una relación haya ido mal, pero si le pregunto si hay alguna chica que le guste más que otra, responde que con una vez tuvo bastante... -me miró resignada-. Una pena. Las madres queremos que los hijos tengan compañía, que no estén solos, como yo. La soledad puede ser muy triste, ya lo creo que sí -reflexionó en voz alta-, pero si Daniel cree que con encuentros de aquí te pillo, aquí te mato, está bien, no tengo nada que decir...
    Entendí la preocupación de una madre respecto a la inestabilidad sentimental de un hijo y aunque no lo manifestó abiertamente, que Daniel tuviera relaciones esporádicas le confirmaba que su hijo no estaba satisfecho con su vida solitaria, de lo contrario no buscaría calor femenino asíduamente, y que fuera debido a algún tipo de adicción a las prácticas con el género contrario, estaba descartado. Daniel enmascaraba su verdadero deseo deshaciéndose entre suspiros y agua salada.
    -Cuéntame, ¿antes de hacerte monja has tenido novio? - me cogió la muñeca para guiarme hasta el sofá donde nos sentamos, al otro lado del comedor-, porque supongo que después de haber estado casada con dios no hay pretendiente que esté a la altura... -si hubiera sabido que no fui monja vocacional sino ocasional y que mi vacío interior lo copaba días antes Jenkin, que era el parche que tapaba mi soledad, seguramente no se hubiera sorprendido. Me apretó otra vez la muñeca-... ¡a propósito! ¿El taxista viene mañana...? Parece buen hombre pero habla por cien... ¡Qué forma de matar el tiempo!
    Sonreí, más que aliviada por no tener que responder preguntas sobre mi vida sentimental, divertida por el cambio radical de tema.
    -Puntual como un reloj. 
    Cándida se mesó el pelo con coquetería, a propósito.


domingo, 23 de enero de 2022

45. La discusión



    De pronto vuelvo a verle al cabo del tiempo y me crecen alas y echo volar a ese lugar indeterminado donde residen los sueños. Fantaseo, me permito albergar una esperanza tan efímera como dolorosa, cuando su presencia se disipe y el peso de la soledad me aplaste. 
    En dos ocasiones anteriores había sentido lo mismo, la primera cuando asistí a la conferencia en la que Jenkin intervenía como ponente; la segunda en la habitación del hospital tras el atropello; la tercera en ese momento, y habría una cuarta vez, que llegaría años más tarde.
    
    La discusión con los Van Heley me había alterado del tal modo que salí de forma precipitada de su casa sin ser consciente del entorno que me rodeaba ni del suelo que pisaba.
    En la salita de estar, con la decepción cubriendo sus desgastadas facciones, los Van Heley exigieron que me disculpara con Niek por el desplante de la noche anterior, y me informaron de pretensiones de que me casara con él sin tener en cuenta mis sentimientos.
    -Nos ha dejado en evidencia delante de Niek con tu conducta desproporcionada y fuera de lugar -la retahíla de reproches y recriminaciones siempre eran iniciadas por Godelieve, a quien Huub concedía la palabra sin intervenir hasta considerarlo oportuno-. Confiamos en que dándote la libertad que te atribuiste sin consultarnos, discernirías lo que es apropiado de lo que debías desechar de tu vida, pero la flexibilidad ha contribuido a nutrir tu rebeldía y no toleraremos que eches a perder tu futuro por la inmadurez que muestras al tomar las decisiones transcedentales -necesitó beber agua del vaso que sostenía la mesita de al lado de la butaca que ocupaba-. Deberías sentirte afortunada de que un hombre de la posición y brillantez de Niek Van der Berg esté interesado en ti. Su nobleza y generosidad son ilimitadas. Te defendió argumentando que habías reaccionado de esa manea porque te puso nerviosa lo inesperado de la pedida, restándole hierro al asunto -se recompuso en el asiento-. Te disculparás y aceptarás la propuesta de matrimonio en la cena que vamos a ofrecer a su familia la próxima semana.
    -Nunca -la rabia me corroía pero debía mantenerme templada para lidiar con bestias-. Olvidáis con facilidad o no queréis recordar lo que afecta negativamente a vuestros intereses -los miré alternativamente hallando impiedad en ambos-. Niek intentó sobrepasarse conmigo en esta casa -señalé hacia la ventana que daba a la parte de atrás-, ahí fuera, en el jardín -tragué saliva-. Y su hermana me atropelló poniendo en riesgo mi vida.
    -Accidentalmente -primera intervención de Huub-. No hubo propósito de causarte ningún daño. 
    Sus palabras me escocieron como la sal sobre una herida abierta.    
    -Nada de lo que hace Heleentje es fortuito -rememoré retazos dolientes y amargos del pasado-. Me odia desde que estudiábamos en el St. Liselot. Inventó una falacia para que me expulsaran del colegio y lo hubiera conseguido si el informe médico no hubiera desvelado la verdad. Disteis más crédito al testimonio falso de una extraña que al de vuestra nieta.
    -Ese informe confirmó que el contacto físico no fue a mayores, en ningún caso que los encuentros no se produjeran. No te eximía de culpa. Incumpliste las normas del colegio y la dirección tuvo la deferencia de pasar el incidente por alto... -carraspeó- gesto que agradecimos con un sustancioso donativo.
    Una profunda tristeza me invadió. Enfrentarse a los Van Heley era golpearse una y otra vez contra un muro. Suspiré resignada. Agotada. 
    -Me marcho de Ámsterdam.
    -Te casarás con Niek -la firmeza de Godelieve me aterró-. Si no quieres que las malas decisiones afecten a los demás, harás lo que debes.
    Lanzar la piedra y esconder la mano era propio de la madre de mi padre.
    -¿Qué quieres decir?
    -Hemos sido extremadamente permisivos con tus amistades aún sabiendo que no eran las convenientes -la situación apestaba-. La inclinación del profesor de Almere podría ser mal interpretada por sus alumnos y crearle serios problemas. Perdería el trabajo y encontrar otro con un historial manchado por la sombra de la duda sería complicado. Su apacible vida se convertiría en un infierno solo porque TU no tomaste la decisión acertada. 
    La insinuación de Huub era aberrante. Los Van Heley eran repugnantes.
    -Me avergüenza que tengamos la misma sangre.
    -Modera tu lenguaje. Nos debes respecto.
    Godelieve bebió más agua del vaso, Huub movió las aletas de la nariz acompasadas.
    -Piensa bien lo que harás. De ti depende que personas a las que aprecias padezcan tus desaciertos. 
    Salí de la casa caminando deprisa para alejarme lo antes posible de ellos. El grado de manipulación de los Van Heley era aterrador. Había crecido con unos monstruos desalmados.
    Me detuve sin aliento cuando me cogió del brazo por la espalda. Me giré destrozada y hallé sus ojos claros cargados de desconcierto.
    Jenkin.

     

domingo, 16 de enero de 2022

44. El tour

 


    La curiosidad es adherente al ser humano y saciarla equivale a responder preguntas y a ahondar en lo desconocido.
    Vi una puerta abierta y la traspasé para descubrir qué aguardaba al otro lado, no sin el temor de que me defraudara lo que hallara. La tarjeta ignorada de Popucho recobraba entre mis dedos era la puerta que materialicé al llamarle requiriendo sus servicios.
    Le pedí que me llevara a los sitios que Cintia mencionaba en las memorias, credenciales de sus vivencias que complementarían la escasa información obtenida de Patricia y Gonzalo cuando el azar dispuso que nuestros caminos se cruzaran.
    Leonardo Ponce Chouza era soltero por convicción. A los veintidós años tuvo una novia con la que se habría casado si ésta no le hubiera plantado al conocer a otro hombre, lo que supuso un punto de inflexión en su vida. Desde ese instante no volvió a fijarse en ninguna mujer.
    -... de aquel mal trago salí escaldado, sabe. Todo parecía ir bien. Creía que estábamos hechos a medida... -suspiró sonoramente- el mundo se cayó a mis pies cuando me soltó que estaba enamorada de otro y que se largaba con él... En fin, estas cosas pasan y yo no soy la excepción.
    Popucho me relató esto mientras conducía hacia la mansión. Era la primera parada del itinerario que había trazado. Por curiosidad o por "la llamada de la sangre hacia las raíces" según Leonardo que tenía su propia opinión al respecto, me sentía atraída por conocer los sitios en los que Cintia había interactuado. Mi guía amenizó los trayectos desempolvando recuerdos de la memoria y rescatando otros del olvido, atribuidos a esas veces en que hizo el mismo recorrido con mi hermana. A colación de uno de ellos, su frustrada historia de amor, tomó protagonismo.

    Aparcó el coche a unos metros de la puerta de la casa en la que Cintia residió con su marido nonagenario, el segundo en diez años, en la acera de enfrente.
    -Justo aquí es donde esperaba a su hermana. Desde esta posición veíamos perfectamente quien salía de la casa.
    Bajé del vehículo, atravesé la carretera de la urbanización y me acerqué a la verja. A unos quinientos metros se encontraba la edificación principal, alzada sobre un porche. A la derecha estaban los garajes y entre uno y otro edificio, vislumbré a lo lejos algunas ramas titilantes del sauce llorón al que Cintia se abrazaba en la búsqueda de consuelo. Imaginé a una mujer exacta a mí recorriendo a pie el camino hasta la salida de la propiedad; paseando por el jardín; nadando en la piscina; merendando con los aburridos amigos de su marido y con sus anticuadas esposas; acompañada por los San Bernado a los que había rebautizado con los nombres de Idi y Otas, que la odiaban tanto como ella a ellos.

    Leonardo me recogió al día siguiente de la conversación en el Temple, en el hostal. Hablaba sin darle tregua al silencio con Cándida, que visiblemente abrumada por la cantidad de palabras que el taxista pronunciaba en un minuto, barría la entrada del establecimiento a la hora acostumbrada de la mañana. Cuando por fin bajé de mi habitación, y lo hubiera hecho antes si las náuseas no hubieran derivado en vómito por algo que había comido durante la cena la noche antes, noté alivio en el semblante de la regente del hostal. 
    Reconstruyendo las últimas semanas en libertad de Cintia, antes de entrar en la cárcel, el siguiente destino a la mansión, fue una discreta galería de arte, donde mi hermana asistió a una exposición en la que una de las azafatas le entregó una tarjeta de una escuela de pintura, de parte de un desconocido. No le prestó mayor atención, igual que yo a la tarjeta de Popucho, hasta que la halló por casualidad en el bolsillo de un abrigo. La curiosidad la llevó hasta la escuela y allí descubrió asombrada la identidad de la persona que había dirigido sus pasos hacia allí. Étienne posaba desnudo con la naturalidad que le recordaba en su tórrido encuentro en Versalles. El inesperado reencuentro fue el inicio de una relación a la que se entregó sin filtros ni máscaras y de la que nació su hija, Aldonza Constanza Guiomar, mi sobrina, que ya había cumplido cinco años sin que su padre tuviera constancia de su irrupción en el mundo. 
    El amor desproporcionado que sintió y puede que aún sienta por Étienne, cambió su orden de prioridades, pasando a un segundo plano ella misma, para pensar solo en él. Si algo tenemos en común, es que ambas amamos con todas las consecuencias.
    Empecé a sentir a mi hermana cercana.


sábado, 15 de enero de 2022

43. La encerrona


    

    ¿Qué podía hacer en una situación tan comprometedora e incómoda como aquella? Salir corriendo.

    La mesa la ocupábamos, frente a mí, Godelieve con un elegante vestido azul marino de seda abotonado hasta la cintura por cinco botones cubiertos del mismo tejido, complementando el atuendo un conjunto  de collar  y pendiente de perlas, presente del notario en la formalización de su compromiso; Huub con un traje gris oscuro y corbata azul sobre traje beige con camisa blanca y estorbando en la silla de mi derecha, Niek había elegido para la ocasión un traje beige con camisa celeste y corbata rosa. Se sumó a nosotros poco después de que nos sentáramos a la mesa que los Van Heley habían reservado para celebrar mi licenciatura en filología hispánica.

    Godelieve me llamó al mediodía para comunicarme que por la noche cenaríamos fuera de casa. Me sorprendió la invitación porque era la primera vez que cenábamos en un restaurante juntos y porque ninguno de mis logros académicos había suscitado algarabía en el pasado en sus duros corazones o les había enorgullecido, aun teniendo un expediente de matrícula de honor en el St. Liselot. Los Van Heley consideraban que mi obligación era ser una estudiante brillante, dado el dinero que invertían en mi educación. 
    -No es la carrera que hubiéramos preferido para ti, habiendo otras más adecuadas a tu preparación y capacidades, pero tu abuelo y yo valoramos el esfuerzo que has hecho en el último año, sobre todo, después del desafortunado accidente -percibí su respiración resignada al otro lado de la línea. Lo que ella rebautizaba como accidente era un atropello deliberado ejecutado por la hermana de su admirado Niek-. A las seis te esperamos en casa. Desde aquí partiremos al restaurante... Procura elegir una vestimenta apropiada para un lugar refinado.
    El color negro por excelencia está asociado a la elegancia y es el que escogí para un vestido entallado con líneas blancas horizontales en la pechera. Mientras me vestía no caí que la advertencia de la heredera textil sobre la indumentaria no era casual, como tampoco lo es que describa la ropa que nos cubrían aquella noche. Detrás de la supuesta celebración se ocultaba un acto solemne del que no sospeché pese a que los tres comensales que me acompañaban se comportaron conmigo con una cordialidad y cercanía desaforada.
    -Deberías haberte hecho un recogido. El cabello suelto no te favorece. 
    El saludo de Godelieve al verme fue un reproche. 
    -Exhibir la desnudez del cuello podría considerarse un acto indecoroso, lo contrario a la sobriedad con la que me habéis educado -proferí.
    
    El restaurante era el que los Van Heley frecuentaba en comidas o cenas con sus amistades. Un lugar de una sobriedad desbordante ambientado en el siglo pasado, con pesadas cortinas burdeos bordeadas de flecos y borlas doradas. Los manteles eran de hilo blanco con una década de historias por contar. Inspeccionaba la decoración sentada a la mesa, sin que los Van Heley tuvieran conversación con la que distraerme, cuando la entrada de Niek me hizo removerme incómoda en la silla. Huub se apercibió del viraje de mi semblante, giró la cabeza hacia el punto al que miraba y sonrió complacido. Antes de sentarse a mi lado, abrazó a Huub dándole varias palmadas en la espalda, besó a Godelieve alabando su elegancia y lo mismo hubiera hecho conmigo de haberme levantado para saludarle, como dictaba el protocolo de las buenas maneras de los Van Heley. Me limité a asentir con la cabeza en un saludo desdeñoso que Godelieve me afeó, aniquilándome con sus ojos grisáceos.    
    -Esta noche estás especialmente preciosa -posó sus dos estalactitas azules sobre mí esgrimiendo una sonrisa. Me entró frío al instante.
    -Las frases hechas son recurrentes, sin embargo carecen de solidez y veracidad argumental, sobre todo cuando no se tiene nada importante que decir, ¿no estás de acuerdo conmigo? -apostillé.
    Niek rió con la mandíbula desencajada recolocándose el cuello de la chaqueta; Godelieve abrió la carta y Huub la imitó carraspeando. Tardaron segundos en elogiar los platos que habían probado otras veces, recomendando a Niek sus preferidos.

            Después de que mi rodilla repartiera justicia en la entrepierna de Niek la tarde que se abalanzó sobre mí, sus visitas a la casa de los Van Heley dejaron de ser frecuentes y las dos o tres veces que coincidimos en el mismo espacio fueron de tránsito hacia alguna parte. El atropello intencionado que sufrí, provocado por su hermana, volvió a perturbar la paz que sentía sabiéndole lejos de mi presencia. Me visitó varias veces en el hospital. La primera de ellas para pedirme que disculpara a Heleentje por lo acaecido y convencerme de que había perdido el control del coche y que desde entonces estaba en tratamiento farmacológico para paliar el cuadro agudo de ansiedad que presentaba. Estuve a punto de echarme a reír oyendo sus lamentaciones, postrada en una cama sin poder moverme con la pierna derecha inmovilizada hasta la rodilla.

La petición de Godelieve fue menos entreverada que la de Van der Berg, y la hizo mientras salía de la anestesia tras la intervención que tuvieron que practicarme con carácter urgente.
    -Heleentje está muy arrepentida por no haber podido evitar el accidente, ocasionándote lesiones de las que te recuperarás con perseverancia y paciencia, sin embargo ella pagará su penitencia el resto de la vida -hizo una pausa resignada- Si la denuncias cargarás sobre su espalda más peso del que puede soportar en el estado delicado de salud que atraviesa. Contribuir a que se agravie su situación no te reportará más que desasosiego el día de mañana, cuando recapacites y te des cuenta de lo injusta que fuiste al dejarte llevar por el furor del momento. El perdón nos humaniza, tenlo presente.
 
    La cena fue tensa pese a los esfuerzos de los Van Heley por crear un clima distendido en el que participó Niek, obviando mis desaires, o anotándoselos mentalmente para cobrárselos algún día.
    Llegaron los postres. En casa nunca los tomábamos, el único azúcar que ingeríamos era el de la fruta que comíamos. Godelieve no era una abuela al uso, no hacía galletas, ni pasteles ni compartía ratos con su nieta en la cocina elaborando recetas que nos hubieran unido y convertido en una familia normal, en lugar de en extrañas. Sentí alivio cuando el camarero sirvió los appeltaart para los comensales compinchados y el tompouce para mí, porque era indicio de que la cena estaba tocando a su fin.
    Niek giró medio cuerpo hacia mi introduciendo una mano en el bolsillo de la chaqueta donde aprecié un bulto sospechoso. El esbozo de sonrisa de los Van Heley me puso en alerta. No hizo falta que Niek sacara la cajita de terciopelo marengo para entender lo que estaba a punto de pasar. La licenciatura era el pretexto.
            -Aprecio y admiro a tus abuelos a los que me une una amistad honesta- los miró buscando el beneplácito a lo que ambos respondieron asintiendo con la cabeza y una modesta sonrisa en los labios-. Por esto quería decirte delante de ellos que ocupas un lugar muy importante en mi corazón desde hace tiempo y que mis pensamientos llevan tu nombre -faltó poco para que le escupiera el tompouce encima. Ganas no me faltaron -Es posible que nos conozcamos lo suficiente porque apenas hemos compartido tiempo juntos, pero en mi afán está cambiar la forma en que nos hemos relacionado hasta ahora -suspiró. Los jugos gástricos se me elevaron hasta la boca. Me los tragué dejando la cuchara en el plato con el postre a medio terminar-. No te pediría esto si no estuviera convencido de que algún día sentirás lo mismo que siento por ti. Démonos la oportunidad de ser felices juntos -Abrió la cajita con un gesto ensayado, desvelando el contenido: un anillo de oro blanco con un diamante en forma de corazón en el centro.
            Fui el centro de atención en el silencio que siguió a la escena.
            -Si me disculpáis… la velada ha terminado. Buenas noches.
            Me levanté dejándoles sin palabras.


NOTAS DE INTERÉS:

 Appeltaart: tarta de manzana.

Tompouce: masa de hojaldre relleno de crema y glaseado rosa por encima.

 

sábado, 8 de enero de 2022

42. Origen

 


Catatónico. Esa es la acepción que definía, sin margen de error, el estado en que el taxista se sumió cuando terminé de contarle todo delante del café al que le invité en El Temple.
    -No soy quien cree -sentencié. Mi parecido con Cintia no ayudaba en exceso a insuflarle veracidad a la afirmación-. Aquella mañana en el aeropuerto pensó que recogía a mi hermana, a la que conoció hace unos años. Somos gemelas... Sospecho que ella no sabe que existo ni mis padres que vivo -escuchaba atento, concentrado en cada sílaba pronunciada para situarla dentro de un contexto-. He leído en sus memorias, las que Cintia escribió en la cárcel en la que ha cumplido condena acusada de intentar deshacerse de su marido, que recurrió a sus servicios para seguir a una de las empleadas de la mansión donde vivía,  amante y cómplice de a la vez su amante, con quien planeó robarle un huevo a su esposo - los ojos de Popucho aumentaron de tamaño y las cejas se arquearon-. No malinterprete mis palabras, no querían usurparle una gónada, sino una joya muy valiosa... Un Fabergé -cesó el pestañeo y fui consciente de que me miraba sin verme. Había entrado en trance-. Sé que esos días de persecución y espera dentro del coche, usted y mi hermana afianzaron una complicidad por la que se recordaran con afecto y nostalgia. Hasta ayer, cuando vi la tarjeta que me entregó al dejarme en el hostal, no comprendí que su comportamiento ese día era menos extraño de lo que me pareció. Le confieso que además de incomodarme la forma en que me observó, también sentí miedo. Acababa de llegar a España y mi primer contacto con otra persona fue con usted que me miraba como si ya nos conociéramos, lo que para mí entonces era inconcebible. Mi hermana no se hubiera mostrado distante, mi frialdad le decepcionó y puede que incluso le doliera la indiferencia con la que le traté. Lamento que mi actitud afectara a su ánimo. Ignoraba que tenía una familia, mucho menos una hermana idéntica a mí.
    Le concedí unos minutos para que procesara la información mientras me tomaba el café a pequeños sorbos. Estaba destemplada, el líquido marrón clarito me reconfortó. Popucho tardó unos minutos más en volver en si y lo hizo oyéndome llamarle en voz baja.
    Recobrados los sentidos me miró indolente.
    -Beba café, aún está un poco caliente o si lo prefiere le pido otro.
    Me afané en buscar a un camarero que nos atendiera, pero desistí del empeño al ver que Popucho reaccionaba poniendo las manos de regordetes dedos sobre la taza y vaciándola de un solo trago para despabilarse. Se limpió el bajo del bigote con una servilleta que luego transformó en una bolita de papel entre sus dedos.
    Su mirada expectante me instó a que continuara una vez estuvo rehecho de lo que había oído hasta ese minuto.
    -Me parecía oportuno desvelarle mi identidad antes de pedirle un favor. Sería de vital importancia que me ayudara y le estaría agradecida.
      -¿Qué escribió de mí su hermana en esas memorias que ha mencionado?
    Sonreí relajada. La impresión que tuvo Cintia al conocerlo, es que es muy dicharachero y que tiene la peculiar capacidad de llenar el silencio de palabras. En las jornadas maratonianas que compartieron en el coche, le tomó afecto, y si Cintia, superficial por naturaleza, tenga esa clase de sentimiento hacia un desconocido, es porque estaba delante de una gran persona. 
    -Le considera un hombre aventurero que se apunta a un bombardeo.
    Debajo del abundante bigote atisbé una amplia sonrisa de gratitud.
    -Cuente conmigo.
    -Aún no le he contado que...
    -No perdamos tiempo.