sábado, 8 de enero de 2022

42. Origen

 


Catatónico. Esa es la acepción que definía, sin margen de error, el estado en que el taxista se sumió cuando terminé de contarle todo delante del café al que le invité en El Temple.
    -No soy quien cree -sentencié. Mi parecido con Cintia no ayudaba en exceso a insuflarle veracidad a la afirmación-. Aquella mañana en el aeropuerto pensó que recogía a mi hermana, a la que conoció hace unos años. Somos gemelas... Sospecho que ella no sabe que existo ni mis padres que vivo -escuchaba atento, concentrado en cada sílaba pronunciada para situarla dentro de un contexto-. He leído en sus memorias, las que Cintia escribió en la cárcel en la que ha cumplido condena acusada de intentar deshacerse de su marido, que recurrió a sus servicios para seguir a una de las empleadas de la mansión donde vivía,  amante y cómplice de a la vez su amante, con quien planeó robarle un huevo a su esposo - los ojos de Popucho aumentaron de tamaño y las cejas se arquearon-. No malinterprete mis palabras, no querían usurparle una gónada, sino una joya muy valiosa... Un Fabergé -cesó el pestañeo y fui consciente de que me miraba sin verme. Había entrado en trance-. Sé que esos días de persecución y espera dentro del coche, usted y mi hermana afianzaron una complicidad por la que se recordaran con afecto y nostalgia. Hasta ayer, cuando vi la tarjeta que me entregó al dejarme en el hostal, no comprendí que su comportamiento ese día era menos extraño de lo que me pareció. Le confieso que además de incomodarme la forma en que me observó, también sentí miedo. Acababa de llegar a España y mi primer contacto con otra persona fue con usted que me miraba como si ya nos conociéramos, lo que para mí entonces era inconcebible. Mi hermana no se hubiera mostrado distante, mi frialdad le decepcionó y puede que incluso le doliera la indiferencia con la que le traté. Lamento que mi actitud afectara a su ánimo. Ignoraba que tenía una familia, mucho menos una hermana idéntica a mí.
    Le concedí unos minutos para que procesara la información mientras me tomaba el café a pequeños sorbos. Estaba destemplada, el líquido marrón clarito me reconfortó. Popucho tardó unos minutos más en volver en si y lo hizo oyéndome llamarle en voz baja.
    Recobrados los sentidos me miró indolente.
    -Beba café, aún está un poco caliente o si lo prefiere le pido otro.
    Me afané en buscar a un camarero que nos atendiera, pero desistí del empeño al ver que Popucho reaccionaba poniendo las manos de regordetes dedos sobre la taza y vaciándola de un solo trago para despabilarse. Se limpió el bajo del bigote con una servilleta que luego transformó en una bolita de papel entre sus dedos.
    Su mirada expectante me instó a que continuara una vez estuvo rehecho de lo que había oído hasta ese minuto.
    -Me parecía oportuno desvelarle mi identidad antes de pedirle un favor. Sería de vital importancia que me ayudara y le estaría agradecida.
      -¿Qué escribió de mí su hermana en esas memorias que ha mencionado?
    Sonreí relajada. La impresión que tuvo Cintia al conocerlo, es que es muy dicharachero y que tiene la peculiar capacidad de llenar el silencio de palabras. En las jornadas maratonianas que compartieron en el coche, le tomó afecto, y si Cintia, superficial por naturaleza, tenga esa clase de sentimiento hacia un desconocido, es porque estaba delante de una gran persona. 
    -Le considera un hombre aventurero que se apunta a un bombardeo.
    Debajo del abundante bigote atisbé una amplia sonrisa de gratitud.
    -Cuente conmigo.
    -Aún no le he contado que...
    -No perdamos tiempo.

 

domingo, 2 de enero de 2022

41. La propuesta


        
    El amor no tiene género.
    Nos enamoramos, cuando lo hacemos de verdad y no nos engañamos con ilusiones pasajeras que nos conducen a tomar decisiones precipitadas y a comportarnos con la inmadurez propia de la adolescencia marcando territorio con un exceso de afecto  impostado aunque vistamos sesenta años, de personas sin reparar en si son hombres o mujeres, y quienes afirman categóricamente con prepotencia al borde de la ofensa ante la duda sobre su tendencia, que nunca cansarían con su mismo sexo, subestiman su capacidad de amar.
    La relación de Siem y Yani ha hecho que entienda que se puede amar con carencia de prejuicios adquiridos en un entorno limitado de miras y a no temer querer sin más.
    Sin más me enamoré de Jenkin; sin más fui su amante y sin más me presté a ser cómplice de sus mentiras conformándome con las migajas sobrantes que yo convertía en hogaza de pan. Al cabo de los años me doy cuenta del tiempo que he perdido y que después de la primera noche en la que me abandoné al amor en la habitación de una casa rural de Leeuwarden donde pasamos un fin de semana, no debieron llegar más. La soledad no es una enemiga, es una aliada... sin más.
    En los meses de convalecencia tras la operación de tibia y peroné, a veces delante de una taza de café, otras después de una comida o cena, la paternidad empezó a copar parte de las conversaciones que mantenía con Siem y Diantha, que se turnaban para cuidarme y pasaban gran parte del tiempo que tenían libre en facilitarme la recuperación con su presencia. Los Van Heley insistieron en que me quedara en una de las habitaciones de la planta baja de su casa, a lo que me negué, intuyendo que el ofrecimiento venía motivado por propiciar un acercamiento con Niek, que aprovecharía la lesión que me había causado su hermana para cortejarme.

            Siem y Yani querían ser padres y se habían planteado la gestión subrogada cuando decidieran si establecerían su domicilio en Londres o Almere. También habían barajado qué países, entre los pocos en que está permitida y regularizada esta técnica de reproducción asistida sería el adecuado para su objetivo. Era un proyecto a medio plazo que les ilusionaba y que me ilusionaba cuando surgía en la conversación.

    A los veintiún años mis intereses eran otros: licenciarme, encontrar trabajo e independizarme definitivamente de los Van Heley. Posiblemente si hubiera conocido a la persona que desplazara a Jenkin del lugar donde estaba anclado, me habría apetecido ser madre, pero no imperaba un deseo fehaciente de que así fuera. Ni siquiera cuando estaba con Jenkin destiné un pensamiento a la maternidad. Era secundario. A veces hasta que no se dan la cosas, no nos damos cuenta de lo importante que son en realidad para nosotros. 
    Oyendo hacer planes a mis amigos sobre el futuro que querían compartir juntos y sobre lo mucho que les gustaría ser padres, sentí el deseo de gestar a su hijo. Cuando lo mencioné durante una comida en casa que habían preparado entre los tres, me miraron como si fuera otra persona la que tomaba la palabra por mí. Cierto que había que salvar escollos legales que se prolongarían en el tiempo, pero quería albergar en mi interior el mayor deseo de mis amigos.
    -¿Has pensado lo que has dicho? -arguyó Diantha con un arenque a medio camino entre los dedos y la boca.
    -No lo digo a la ligera -setencié-. Vuestras caras os delatan... Pensáis, que cómo en el embarazo se crea un poderoso vínculo entre madre e hijo, o eso tenéis entendido y me suponéis una sensibilidad exacerbada, no podría renunciar al cariño del bebé cuando naciera o que sufriría callando que además de ser su hogar durante treinta y nueve semanas había participado activamente en su concepción con la donación de un óvulo; que nuestra amistad se resentiría e incluso podría romperse por diferencia en la educación del aún nonato en la que acabaría interviniendo guiada por un instinto maternal incontrolable, y que la propuesta es consecuencia de la locura, por mi bien esperáis que transitoria... pero si no lo probamos, nunca sabremos qué pasaría y estaríais perdiendo una gestante que pondría la misma ilusión que vosotros en el proyecto más importante de vuestras vidas sin más interés que el de contribuir en haceros feliz.
    No se inmutaron. Continuaron comiendo como si nada.    
    -¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? -al cabo de un rato Diantha se pronunció
    Siem y Yani consensuaron con la mirada.
    -Por mi perfecto.
    -Sin problema.
    La asombrada fui yo.
    Iba a ser madre... algún día.

 

 

40. La tarjeta


    Diez días atrás, lo que imaginaba que podía pasar cuando decidí comunicarle a Jenkin que desembarcaba del transatlántico a la deriva que era nuestra relación desde el principio, es que sufriría su ausencia; que su insistencia para que volviéramos con añejas y falsas promesas haría flaquear mi determinación irrevocable e incluso haría plantearme concedernos un tiempo más, confiando en que Jenkin escarmentara, valorando mi presencia en su vida y actuando en consecuencia para que continuásemos el viaje juntos, si era cierto que me amaba como decía. Las palabras no bastaron, empezaron a sobrar pronto. Contaban los hechos y si el doctor no estaba dispuesto a consolidar nuestra relación cambiando de estado civil, la alternativa era respectar mi decisión.
    Nada de esto tenía sentido ya. Mis cavilaciones iban en otra dirección. La pérdida de Jenkin apenas me ocasionaba sufrimiento. Seguía enfadada con él por cómo me había tratado y lo peor de todo es que no era la primera vez que sacaba a pasear al geniecillo. Llegué a temerle, porqué transformaba al hombre encantador y amoroso en una bestia deslenguada e hiriente.
    Descubrir la mentira de los Van Heley me preocupaba y ocupaba. Destinaría los días que me restaban en libertad, antes de que la politie me detuviera por homicidio involuntario, en encontrar la verdad oculta de mi vida. Las memorias de Cintia era una fuente de información y al menos ya había tenido, sin intención, dos encuentros con personas que conocían a mi familia. Tal vez eran hilos de los que seguir tirando con precaución.
    Cándida hablaba por el inalámbrico desde el comedor de su casa mientras Daniel y yo, con el que compartiría techo durante la comida, muy a mi pesar, poníamos la mesa para ahorrarnos una incómoda conversación por compromiso. No nos gustábamos y si nos tolerábamos era para contentar a Cándida.
    -¿Tenéis algo para apuntar? -nos preguntó la susodicha apartándose del auricular en voz baja.
    El madero se palpó los bolsillos como si fuera capaz de hacer aparecer del interior de sus tejanos papel y tinta. Al tiempo metí la mano hasta el fondo de mi mochila y rebusqué un bolígrafo y un bloc donde tomaba notas, infructuosamente. Finalmente saqué el portátil y vacié el contenido sobre la mesa provocando en el poli asombro por el arrojo del gesto. Entre los objetos que vieron la luz, un paquete de pañuelos, una caja de caramelos mentolados, un coletero y un neceser pequeño, rescaté uno de los bolígrafos que guardaba sueltos y la libreta pequeña y se la acerqué a Cándida, que agradeció aliviada con una sonrisa el hallazgo, pasando por delante del hijo con aire victorioso, al que pillé repasando mis pertenencias curioso. Me apresuré a recogerlas recelosa. Levantó una ceja, le amonesté por la intromisión con una mirada gélida.
    -Te dejas esto -me tendió una tarjeta que le arrebaté aireada. No me gusta que toquen mis cosas y mucho menos que lo hiciera él.
    La sostuve entre los dedos. Ni siquiera me acordaba que la tuviera. Leí el contenido... Popucho. Era la tarjeta que el taxista que me recogió en el aeropuerto para traerme al hostal me dio al despedirnos... Popucho... Su reacción aquella mañana dejó de parecerme rara. Mi frialdad se lo debió parecer a él.  Popucho era otra de las personas mencionadas en el manuscrito que se convertía en carne y hueso.
    Era el taxista de mi hermana.

     

domingo, 19 de diciembre de 2021

39. Despertar


    Esta parte de las memorias podría haberla escrito mi hermana, frívola en extremo y exceso. La condescendencia con la que mis padres la criaron o malcriaron proporcionándole todo cuanto quería por ser hija única, la transformaron en una voraz caprichosa a la que sólo le interesaba su propio bien o así fue hasta que el amor obró el gran cambio. Engañó a su recién estrenado marido, Gonzalo, mi salvador en el parque de El Capricho, durante la luna de miel con un guía francés con el que materializó algunas de sus ardientes fantasías, no les dio tiempo a más, en una visita a Versalles, y del que al cabo de los años se enamoró al coincidir en Madrid ambos y al que haría padre sin que éste sepa que lo es aún. 

    A su segundo marido le fue infiel con un vividor que le instó a cometer un delito y luego la traicionó. Teniendo en cuenta la edad del esposo, más de noventa y cinco años, su piel reclamaba otras pieles menos flácidas. Mi nonagenario cuñado o ex cuñado, puesto que se divorciaron obligados por los hijos de éste que nunca toleraron la presencia de Cintia en la vida de su padre, a la que consideraban una interesada, como cierto era, en sus años de esplendor tuvo una aventura con mi abuelo materno en Tánger... Un ménage à trois en el que también participó la primera esposa del empresario.

    Es posible que nos parezcamos más de lo que me gustaría admitir. Como ella, también fui una amante sin escrúpulos de un hombre casado al que amaba desde los quince años y al que creí cuando me perjuraba que nuestra situación era transitoria y que algún día, que ya no llegará, iría cogida de su mano con legitimidad.  Jenkin mentía para conservarme a su lado.

    Hasta aquella mañana de mediados de un octubre invernal, delante de un puesto de comida rápida, nunca había mostrado interés por las posaderas de nadie. No me fijaba en ciertas zonas del cuerpo masculino porque reparaba en la expresión facial, pero lo del chico que estaba justo delante de mí era llamativo. A Cintia también se lo hubiera parecido, incluso habría encontrado la forma de tantear el género con alguna excusa tonta. 

    Ataviado con unos pantalones ajustados color caqui que le redondeaban unas nalgas respingonas no pude apartar los ojos de esa parte de su fisionomía que distraído mientras contaba el dinero que tenía en el billetero, ignoraba la corriente alborozada que provocaba a una desconocida. Al llegar mi turno me aliené a su lado y con discreción vislumbré su perfil armonioso.  Le sirvieron el pedido y al depositar en la mano del vendedor unas monedas, a este se le escurrieron entre los dedos cayendo al suelo. Ambos, el amo del trasero sobrenatural y yo nos agachamos a recoger los céntimos. Nuestras cabezas se rozaron levemente, nos miramos y sonreímos por la torpeza. En ese primer contacto visual me sonrojé por estar pensando en sus glúteos. Le entregué las monedas rescatadas. Me dio la gracias. Pagó al vendedor y se marchó dándole un mordisco a su kroket mientras me deleitaba siguiendo el movimiento de sus posaderas arriba y abajo, a la par que por dentro una segunda ola de calor que se manifestó en mis mejillas. Era la misma sensación de bienestar que me producía la presencia de Jenkin en el St. Liselot o cuando mis cavilaciones derivaban en él.

    Diantha se rió cuando se lo conté azorada de camino a la casa de Siem, que nos había invitado a cenar un viernes para presentarme a Yani, al que mi amiga conocía por la amistad que le unía a Siem desde hacía años.
    -Tu mundo sensorial está despertando... Te encantará experimentarlo.    
    Me ruboricé. En un año Diantha había tenido dos relaciones a las que no había dado importancia tal vez porque de ninguno de los dos chicos se había enamorado, lo que para mí era inconcebible hasta que unas nalgas hicieron que aseverara que se puede sentir atracción física hacia otra persona sin que sentimientos amorosos intervengan y que además es común que pase. Lo raro es lo contrario.
    Esa noche dormiríamos en casa de los Bakker para no tener que volver a Amsterdam tarde. Yani era recepcionista de un hotel londinense y pasaba unos días de vacaciones en Almere. Siem hablaba con tanta admiración de él que a veces, cuando lo hacía, sentía tristeza de que nadie me tuviera en el mismo concepto... Lo que me entristecía era que Jenkin no me tuviera en ese concepto. El resto de los hombres me daban igual.
    Llegamos a la casa de Siem en Koperslagerhof. Diantha llamó al timbre decidida. Uno o dos minutos después un chico moreno con los ojos color canela nos abrió la puerta.
    Me abotargué al instante.
    Estaba delante del culo respingón... Yani.

 

NOTAS DE INTERÉS:

Kroket: snack consistente en un panecillo frito de ragú de carne, satay de pollo, camarones, gualash o vegetariano, aderezado con pan rallado por encima, parecido a la croqueta española, que se sirve entre dos rebanadas de pan blanco o pan para hamburguesas.

Koperslagerhof: nombre de calle en el distrito de Almere Stad, zona residencial moderna, próxima al lago de Weervater, en el que se pueden desarrollar actividades como la natación y la pesca.

domingo, 12 de diciembre de 2021

38. Pasado y presente


     En décimas de segundo todo cambia. Se puede experimentar una inmensa felicidad o el descenso vertiginoso hacia la fatalidad.
    Tenía una vida estable y equilibrada. El sueldo de media jornada de la biblioteca sumado a los ingresos que me reportaban las clases particulares que daba los fines de semana, cubrían los gastos del alquiler y manutención que adquirí al independizarme. No disponía de demasiado tiempo libre entre las horas que dedicaba al estudio y al trabajo, pero los escasos ratos que conseguía arrebatar al día, los disfrutaba tanto, que cualquier esfuerzo que hiciera para conservar la autonomía deseada merecía la pena. Contaba con la incondicional Diantha, que desde que nos asignaran la misma habitación en el St. Liselot a los cuatro años, éramos inseparables. Ella era el vínculo con el mundo real, el que los Van Heley se habían obstinado que no conociera por considerarlo tóxico para una naturaleza con taras como la mía. El apoyo de Siem también fue decisivo en esa época para aventurarme a vivir la vida idealizada desde niña. Me cobijó bajo su ala cuando empecé a colaborar con la asociación St. Johannes, al percibirme desvalida y perdida en un océano de incertidumbre. Se vio reflejado en mí años atrás y no quiso dejarme sola en los tiempos de cambios que se avecinaban.  Es otro de mis incondicionales. Él y Diantha son mi familia pese a no tener parentesco genético.

    Heleentje frustró mis proyectos pisando el acelerador deliberadamente. Zafia hasta la extenuación calculó la velocidad exacta a la que podía colisionar contra mí para tirarme al suelo sin matarme, aunque ganas no le faltaron, para que su maldad no la condenara a la sombra.
    El atardecer del atropello, una vieja historia de un pasado olvidado se repitió salvando algunos matices. Antje terminaba el turno en una hora. No debía estar en urgencias, trabajaba en planta. Su presencia delante del mostrador de admisiones se debía al favor que le estaba haciendo a una compañera que le había pedido que recogiera una documentación en su nombre.
    La camilla pasó por delante de ella, que al desviar la vista hacia el paciente que entraba procedente de la ambulancia emitió un sonido de horror parecido a un grito ahogado. Nos siguió a paso acelerado hasta la puerta corredera de entrada al servicio de emergencias.
    -¿Qué ha pasado? -inquirió al médico que me acompañaba junto al enfermero que me atendieron en la intersección de la calle  De Boelelaan con Van der Boechorststraat.
    -Un atropello. Posibles fracturas y traumatismo craneoencefálico.
    El semblante le cambió del horror pasó a la desazón en unos segundos.
  -Sancha -al pronunciar mi nombre las lágrimas corrieron por mis mejillas en racimos descontrolados. Lloraba de impotencia- Tranquila, estoy contigo.
    Como a los quince años cuando me operaron de apendicitis, no se separó de mi un instante, excediéndose una vez más en su cometido de enfermera, y repitiéndome hasta el cansancio que todo iba a salir bien con la voz tan débil que ni ella misma creía lo que decía.
    Mientras me exploraban, Antje un poco agazapada para no interferir en el trabajo de sus compañeros, movía los labios con la oreja pegada al móvil.
    Las radiografías eran claras: fractura de tibia y peroné. Se estimó que lo adecuado era operarme a la mañana siguiente. Se descartó el traumatismo craneoenfálico, aunque me mantendría en observación cuarenta y ocho horas para prevenir posibles complicaciones a causa del golpe recibido en la caída.
    
    Era media noche cuando el doctor Brouwer apareció con ropa deportiva en la habitación. Miró a su mujer, agradeciéndole en silencio que le llamara para informarle sobre el estado de una antigua paciente del St. Liselot. Me habían puesto un collarín y una férula en la pierna izquierda. Instintivamente me acarició el nacimiento del cabello varias veces. Noté un leve estremecimiento al contacto con su piel, como aquella otra vez en que me palpaba la ingle para determinar el origen del dolor que causaba la fiebre. Constaté que seguía enamorada como cuando era adolescente del mismo hombre y que los años en que no nos habíamos visto, habían servido para enmascarar mis sentimientos.
    -¿Cómo estás? ¿Tienes dolor? -desvió la atención un momento para leer el medicamento que me suministraban por vía intravenosa.
    -Un poco.
    De los hospitales que había en De Boelelaan el azar había elegido en el que trabajaban Jenkin y Antje. Las cosas siempre ocurren por alguna razón, aunque escape a nuestro entendimiento.
    Se cruzó de brazos sobre el pecho.
    -He hablado con el cirujano que te operará. Mañana serás la primera en entrar en quirófano -detectó temor en mis ojos-. No te preocupes... Es una intervención común en la que te pondrán un clavo endomedular... -sonrió al oírse pronunciar palabras propias del argot médico que para quienes no tengan nociones de medicina, son aparatosas-... los tecnicismos suenan muy mal... lo que harán será estabilizarte la fractura. La recuperación requiere de un tiempo prudencial, a lo sumo dos meses si todo va según lo previsto, -la dulzura con la que me habló me estremeció. Amaba a ese hombre- por eso a partir de la intervención, haz de la paciencia una aliada y disfrutarás de los pequeños progresos que experimentarás hasta recuperar la totalidad de la movilidad.
            Anjte se acercó sigilosa. Puso una mano sobre la cintura de Jenkin y la otra sobre el brazo. Sentí envidia de la complicidad adyacente entre ambos. Hubiera querido ser ella: la adorable Antje y vivir su vida sólo por compartirla con él. Aún no conocía bien a ninguno de los dos. 
            -¿Quieres que llame a alguien? ¿A tus abuelos?
            Negué con la cabeza.
            -Diantha.

sábado, 11 de diciembre de 2021

37. El manuscrito



    Alonso me invitó a tomar una taza de té en la trastienda de la librería mientras Sofía se encargaba complaciente de atender a los clientes que entraban en el establecimiento. Que su bisabuelo, al que admiraba profundamente por su erudición en varias materias, delegara en ella la responsabilidad de regentar el negocio en su ausencia, aunque estuviera a tan solo unos metros de distancia, le enorgullecía. Por la breve conversación que mantuvimos a mi llegada, tras el saludo inicial, supe que le apasionaba la literatura clásica, lo que es poco común para una joven de su edad, a quienes los intereses las alejan de las letras, horadando más en gustar a los demás para sentirse seguras de si mismas. Me contó entusiasmada que quería ser escritora y que la lectura era un aprendizaje constante que complementaba con la licenciatura de lengua y literatura que cursaba. No me cabe la menor duda que con el tesón y las ganas que tiene, algún día acunaré entre mis manos un libro con su firma.
    
    Ya en la trastienda, acomodados en dos sillas al pie de una mesa redonda de madera cubierta por un mantel de franelas verdes y azules, el librero confirmó mis sospechas, "Memorias de una jeta" no se había publicado en España.
    -La tal Cintia Aurora María Van Heley de Haut no está registrada en la SGAE, al menos con ese nombre... Sin embargo... -silencio intencionado al hilo de la transcendencia de lo que había averiguado- he sabido a través de un grupo editorial que también edita prensa escrita, que la supuesta escritora estuvo casada con un importante empresario e inversionista madrileño, lo que en el género policiaco consideraríamos un pez gordo, que movió todos los hilos, y no eran pocos, que tuvo a su alcance para evitar que se publicara el encarcelamiento de la esposa, condenada a cinco años de prisión por haber atentado contra la vida del magnate. Por alguna razón que se me escapa, intentó proteger a su verdugo.
    -¡Fue sin querer!... Un accidente -se me escapó sin remedio.
    Articulé aquellas palabras convencida de que mi hermana pese a no conocerla, era incapaz de finiquitar la vida de nadie deliberadamente. Actuar de forma impulsiva le había conducido a cometer errores, yo misma era una virtuosa de las equivocaciones, pero en su ánimo no estaba llegar tan lejos, aunque en alguna ocasión lo hubiera deseado.
    El desconcierto de Alonso se hizo latente. La seguridad con la que me manifesté confirmaba que estaba al tanto de más detalles de los que admitía. Solo había una manera de compensar el tiempo que el tocayo del hombre procedente de un pueblo del La Mancha de cuyo nombre prefería no acordarse, había empleado en ayudarme con la mejor predisposición.
    Abrí la mochila negra encima de mis rodillas y dejé el portátil, que tardó unos segundos en encenderse, encima de la mesa. Le mostré el manuscrito digitalizado.
    -Esta es la razón por la que estamos en su trastienda sentados.
    Sentí regocijo viendo como sus ojos, cansados por contemplar vidas ajenas en libros, se iluminaban como los de un niño que no espera que le sorprendan, agrandándose por el asombro de lo que estaba leyendo. Atinó a beber más té a falta de palabras que hubiera balbuceado de haber podido emitir algún sonido.
    -La editorial para la que trabajo en Ámsterdam me ha encargado la traducción al neerlandés de las memorias de Cintia Aurora María Van Heley de Haut. Al principio pensé que se trataba de una novela de ficción, pero algunos hechos de los que he sido testigo -tragué saliva. Encontrarse con los personajes en la vida real del libro que se está leyendo rebasa la normalidad y asusta mucho- constatan la veracidad de  las memorias. En ellas la autora reconoce que suministró ansiolíticos a su marido, con un fin desdeñable, sin embargo, no fue la causante directa de que acabara en el hospital con un lavado de estómago. La intervención de una tercera persona fue necesaria para llevar al empresario a ese extremo -Alonso escuchaba atento, elucubrando teorías sobre lo que estaba oyendo-. La acusaron de un delito que no cometió. No aceptó la defensa que le ofreció su marido. Cargó con la culpa para remedirse de acciones poco acertadas y empezar de nuevo.
    Procesó la información sin apartar la vista del enigmático prólogo con el que empezaban las memorias... "He poseído todo cuanto quería. He perdido todo cuanto poseía. Me he descubierto. Tengo lo más grande y me tengo a mi misma. Soy libre (¡qué ironía!)". Desvió la mirada hacia mí sobrecogido por las dimensiones que estaban cobrando las vivencias de una desconocida.
    -No tiene sentido que las memorias se publiquen en un país, a priori, ajeno a la autora, cuando en el de origen no tuvo repercusión mediática alguna el suceso... a no ser... que la intención sea mandarle un mensaje a alguien y el manuscrito sea el pretexto para hacerlo llegar a través de ti -ingenio no le faltaba al hidalgo y perspicacia tampoco. Se dio golpecitos en los labios con el índice pensativo- ¿Existe algún vínculo entre la autora y tú?
    -He descubierto recientemente que Cintia es mi hermana gemela. Crecí pensando que era huérfana, pero tengo pruebas que muestran que me ocultaron que tenía una familia intencionadamente.
    -La destinataria ere tú… ¿alguna idea de quién quiere abrirte los ojos?
    Negué con la cabeza refugiándome en la taza de té.
    ¿Quién conocía mi historia?

lunes, 6 de diciembre de 2021

36. La colisión


     El 18 de marzo de 2008 no imaginaba mientras desayunaba un bol con cereales sentada en la terraza, contemplando a dos periquitos picoteando una de las zonas ajardinadas que precedían la entrada al edificio donde vivía, que esa noche no dormiría en casa. 
    Mi habitación en el piso de alquiler era pequeña y acogedora, lo contrario al amplio dormitorio que los Van Heley dispusieron que ocupara las temporadas que pernoctaba allí durante las vacaciones del St. Liselot. Decorado de forma austera, crecí entre muebles deprimentes como el ambiente que copaba cada una de las estancias del matrimonio.
    Los diez metros ocupados por una cama, un armario de dos puertas y un escritorio en madera de pino me hacían dichosa alimentando la calma. Era mi hogar, el refugio seguro que había elegido. No necesitaba más.
    
    El día empezó como cualquier otro: clases por la mañana en la facultad; de dos y media a tres, comía lo que me hubiera preparado en un tape la noche anterior en las inmediaciones del recinto y a las tres empezaba el turno en la biblioteca  de la universidad, sin embargo, terminó como menos podía esperar, tirada sobre el asfalto.
    Entorno a las ocho y cuarto de la tarde, después de terminar la jornada, en el semáforo de la calle De Boelelaan esquina Van der Boechorststraat, un coche me embistió saltándose el semáforo rojo e invadiendo el carril bici por el que transitaba de regreso al piso, haciéndome caer sobre el lado izquierdo del cuerpo. Recuerdo ligeramente y de forma confusa maniobrar para evitar la colisión al percatarme del avance del vehículo, pero todo sucedió tan rápido que los segundos transcurrieron sin esperarme.
    Los transeúntes que presenciaron la escena acudieron a socorrerme arremolinándose a cierta distancia para evitar que me abotargara. La politie tardó menos de diez minutos en llegar, poco después lo hizo la ambulancia con un médico y un enfermero. Intenté enderezarme varias veces, convenciéndome de que estaba bien, que solo era un golpe, algunos rasguños sin importancia, aunque me dolieran todos los huesos del cuerpo por el impacto recibido, pero las personas que me custodiaron hasta que los profesionales tomaron el mando de la situación, preocupados, me los desaconsejaron ostensiblemente. Alguien me echó una chaqueta de lana por encima del cuerpo al verme temblar como la llama titilante de una vela.
    El casco evitó que el golpe en la cabeza fuera mayor, aún así utilizaron un inmovilizador craneal y un collar cervical como medida preventiva y con sumo cuidado los facultativos me trasladaron a la camilla después de liberarme de la bicicleta, que aún seguía entre mis piernas, con los pies sujetos a los pedales. Afligida y dolorida fue consciente a ratos de lo que ocurría a mi alrededor. La politie se encargó de despejar la zona y reactivar la circulación. Entre las numerosas personas que se detuvieron una voz olvidada se lamentaba una y otra vez como si sus palabras fueran un mantra que me martillearon las sienes produciéndome un tremendo dolor de cabeza. El pasado se hacía presente.
    -Lo siento, lo siento... no sé qué ha pasado, he perdido el control, lo siento, lo siento. Dios, qué he hecho…
    En la confusión y enfocando las imágenes a través del rabillo del ojo intuí como un policía apartaba a la dueña de la voz y le pedía que le acompañara a la comisaría para tomarle declaración sobre el atropello.
    Cuando la camilla se inclinó ligeramente para introducirme dentro de la ambulancia, la vi con claridad. Sin pronunciar una sola palabra entendí el mensaje que me enviaba con la cara abnegada de falsas lágrimas y su habitual sonrisa victoriosa: "Espero que no regreses nunca".
    Heleentje era la conductora.

    
   
NOTAS DE INTERÉS
 
De Boelelaan & Van der Boechorststraat: interseción con carril para bicicletas en el barrio de Buitenveldert, donde se ubican varias sinanogas y colegios judíos a pocos metros de la Vrije Universiteit Amsterdam, en el districto de Zuideramstel (sur de Amsterdam).