domingo, 24 de octubre de 2021

32. El candidato


    No fue casualidad que Godelieve de Vries olvidara las gafas en la sala donde Huub Van Heley estaba reunido con Niek Van der Berg, tratando asuntos financieros un domingo por la tarde, ni que me pidiera que fuera a buscarlas, precisamente a mí.
     Era el último fin de semana antes de terminar el primer año de filología. Continué trabajando en el biblioteca hasta agosto y después fuí unas semanas a Almere a echar una mano en la  Asociación Católica Cristiana St. Johannes. Desde que me había independizado, a medias, regresar a casa de los Van Heley los fines de semana ya no suponía estar encerrada todo el día en la habitación como antaño. Entraba y salía cuando quería dentro de un horario establecido por los titulares de la propiedad que no me costaba cumplir y podía transitar por el resto de las estancias con libertad e incluso tenía autorización para salir al jardín.
    A los progenitores de mi padre no les gustaba que pasara parte del verano en Almere por considerarlo el lugar maldito donde se había propiciado mi rebeldía y mucho menos era de su agrado que me relacionase con Siem, del que tenían referencias facilitadas por los Bakker, y en su opinión, instigador de mi desobediencia. Tampoco aprobaban que compartiera tiempo con Diantha, por la libertad con la que había sido educada... Su percepción sobre libertad estaba distorsionada debido a arraigadas creencias religiosas. Para ellos lo normal era encerrar a su única nieta en una habitación y en un internado para protegerla del mal ajeno. Creían que así me salvaban de mí misma por esos genes indeseados de la rama materna, sin embargo me desarmaban para afrontar la vida real. Querían una nieta de diseño desprovista de conocimientos y experiencias.
    
    Abrí la puerta de la sala disculpándome por la inrrupción. Podía decirse que aquella era una de las pocas ocasiones en que Huub sonrió y además lo hacía henchido de satisfacción. Hasta podía parecer un anciano simpático y adorable sino hubiera sido él.
    -La abuela se ha dejado las gafas aquí.
    Huub cogió las lentes de encima de la mesita donde dos tazas de café sobre sus respectivos platos se enfriaban.
    -¿Conoces a Niek? Su hermana ha sido alumna en el St. Liselot.
    Le miré por cortesía, no tenía interés alguno por saber de quien se trataba. Me fastidiaba que Godelieve hubiera interrumpido mi lectura para instarme a que le llevara las gafas. Podía haber ido ella misma a recogerlas.
    -No nos han presentado tal vez este sea el momento -Niek se levantó del sillón acompañando las palabras de una sonrisa impostada. Las malas vibraciones me sobrecogieron al instante. Cuando alguien está envuelto en un halo oscuro lo capto enseguida.
    -Claro, ¡que desconsideración por mi parte! Sancha, Niek Van der Berg, mi asesor financiero.
    Tragué saliva. El chico que tomaba mi mano para depositar un beso en el dorso era el hermano de Heleentje. El gesto me ocasionó repulsión. Retiré la mano y me la limpié disimuladamente en el lateral del pantalón hasta que me las pude lavar con jabón.
    -Un placer, sin duda.
    Carecía de naturalidad asemejándose a un individuo guionizado siguiendo las pautas marcadas con anterioridad como respuesta a un patrón asimilado.
    Hice una mueca con la boca antes de despedirme. Los músculos de la cara se me tensaron. No aguantaba un solo segundo más en aquella habitación. Me asqueaba pensar en las intenciones que tenían los Van Heley provocando el encuentro.     
    A partir de esa tarde las visitas de Niek fueron frecuentes. Godelieve le invitó a comer algunos domingos, convirtiéndose esas comidas en un hábito y todas las semanas desfilaba por casa.
    En la sobremesa los Van Heley se las arreglaban para dejarnos a solas. No teníamos nada en común. Escucharle hablar con su lenguaje becqueriano resultaba soporífero. Me mostraba distante, no prestaba atención e incluso a veces bostezaba con el fin de que captara las señales que claramente indicaban que estaba perdiendo el tiempo intentando seducirme, anclado en la visión romántica de un primer encuentro que no recuerdo, en el St. Liselot para conmemorar la fundación del colegio, que se celebraba cada año, en que se narraba como el convento de las Honorables Siervas de Dios derivó en un internado de prestigio. Ese día me convertí en su objetivo y se valió de los Van Heley, encantados de que tan prometedor joven estuviera interesado en su nieta, para llegar a mí.
    El plan del matrimonio al pedirme aquel sábado de diciembre en el piso compartido que volviera a casa los fines de semana, quedó al descubierto.

domingo, 17 de octubre de 2021

31. El ex marido



    Recuperé el conocimiento paulatinamente, despertando de un sueño de tiempo impreciso entre los murmullos de varios visitantes del parque, que se habían detenido frente a nosotros,  guardando  las distancias para no abrumarme.  
    El hombre rubio de ojos claros me sostenía con los brazos sobre sus rodillas ancladas al suelo. Su buen reflejo hizo que me sujetara a tiempo cuando me desplomé evitando una caída brusca.
    Una mujer le dio una botella pequeña de agua precintada al salvador aconsejándole que me humedeciera la nuca y que luego me hiciera beber.
    El salvador siguió las indicaciones y en pocos minutos noté como el frío líquido bajaba por la garganta hasta desembocar en el estómago.
    -¿Estás bien, Cintia? 
    Cintia, ese fue el nombre que pronunció mientras me ayudaba a incorporarme. Los curiosos que fueron llegando alertados por los cuchicheos de la congregación de personas que nos rodeaban,  despejaron la zona al cerciorarse de que me recomponía deseándome una pronta recuperación. 
    Las pulsaciones se me aceleraron y un ligero mareo me sobrevino. Conocía al hombre que permanecía a mi lado, con su brazo rodeándome la cintura. Con quince años menos era el chico que posaba con mi hermana en la foto que tenía del día de su boda y que Godelieve me legó con las otras dos instantáneas. Mi salvador era el ex marido de mi gemela y creía que yo era ella. 
    Cintia... Tenía que ser una coincidencia que se llamara igual que la protagonista de la novela que traducía al neerlandés y que tan mal cuerpo me ponía. Mis diatribas eran producto de la imaginación, no la realidad. Una coincidencia sin más.
    -Al menos esta vez no te has golpeado con un aspersor.
    El salvador bromeó. Desencajada comencé a encajar fragmentos en una historia de la que aún me quedaba mucho por conocer. Por insólito que resultase, todo indicaba que Cintia además de mi hermana era la autora de "Memorias de una jeta". No era una novela de ficción, narraba sus propias vivencias. Gonzo, así es como Patricia Ruíz de Azua, a la que mencionaba brevemente en el manuscrito, se refería a su marido Gonzalo, ex marido de mi hermana, con el que se casó para cumplir un sueño de la niñez, divorciarse, con el fin de sentirse libre como el hámster que dejó escapar atendiendo a la súplica que detectó en la mirada del pequeño roedor. Era absurdo. El gran drama en la existencia de Cintia Van Heley de Haut fue el supuesto rechazo de un ratón.
    Cintia paseando por el jardín con su segundo marido, un adinerado nonagenario paciente y encantador, no tuvo tanta suerte como yo y al desmayarse se golpeó la cabeza con un aspersor, lo que le produjo una amnesia transitoria que alargó deliberadamente en el tiempo.    
    Gonzalo, el salvador, con la referencia irónica a ese hecho me confirmó la conexión entre la novela y yo.    
    Los ojos se me empañaron. Acababa de descubrir la gran mentira de los Van Heley. En mi mente se proyectó la foto de la niña rubia idéntica a mí con una pareja. No eran sus tíos, como pensaba,  eran sus padres… mis padres.
    Vivían.

 

   

sábado, 16 de octubre de 2021

30. La visita



    Los Van Heley llamaron al timbre del piso compartido a las nueve de la mañana de un sábado de diciembre. Poco más de un mes antes, Godelieve de Vries, ataviada con la bata de algodón ocre que le cubría los tobillos se atragantaba con las palabras que no profirió cuando cerré la puerta de su casa al encuentro de la ansiada libertad.
    La dicha se tornó desdicha al interrumpir mi desayuno en la cocina tan inoportunas presencias. Por suerte mis compañeras de piso dormirían hasta tarde y no se espantarían con las desagradables caras de seta que los Van Heley lucían a cualquier hora del día. La noche anterior, como cada viernes habían salido y llegado al amanecer a casa, lo que me tranquilizaba para lidiar con la inesperada e indeseada visita matutina.
    Teniendo en cuenta que Huub era un hombre de contactos y su esposa con influencias que le había reportado su cargo de directora y propietaria de la fábrica de telas De Vries, no me sorprendió en exceso que pasearan sus setenta y nueve y setenta y cinco años, respectivamente, por el pasillo en forma de ele que desembocaba en la sala de estar con mohín altanero. No dudada que en el mismo amanecer de mi fuga, el notario jubilado y la heredera acaudalada movieran sus tentáculos para dar con mi paralelo. Lo esperaba. Tarde o temprano se iban a pronunciar sobre mi displicencia. El momento había llegado. Estaba preparada para el aluvión de reproches que caerían como cuchillos de punta.
    -¿Es de tu agrado - Godelieve reparó en la tostada mordisqueada del plato de encima de la barra con taburetes que separaba la cocina del salón - vivir en la inmundicia?
    Aguardar que sus palabras no fueran hirientes era invertir inadecuadamente el tiempo. Si la señora Van Heley quería ofenderme, excedía el mal tino.
    -Es la razón por la que decidí mudarme.
    -La insolencia no es propia de la educación y formación que has recibido y te aleja de la ejemplaridad deseada. La tendencia natural de tus genes díscolos rompe las expectativas puestas en ti -Godelieve podía presumir de buena dicción incluso hablando entre dientes.
    Huub rozó ligeramente la cadera de su esposa con el bastón en el que se apoyaba para caminar distribuyendo el peso de su cuerpo en tres apéndices. La amonestación valió para aumentar mi interés por la referencia familiar implícita en el alegato.
    -El control que ejercéis sobre los genes menos disciplinados debería animaros a considerar que es posible reconducir mi tendencia natural heredada.
    De Vries apretó los labios con tanta fuerza que los hizo desaparecer de su rostro en una línea recta.
    -No te creas independiente por haber cumplido la mayoría de edad... -Huub tomó el relevo a la heredera. Les había ofrecido que se sentaran a su llegada con un gesto de cabeza carente de entusiasmo pero consideraron que sus posaderas no eran dignas de un sofá para estudiantes y permanecieron de pie- ni nos creas prescindibles. Tus actos atienden a una inmadurez que no esperábamos en ti dados los medios que hemos puesto a tu alcance para que no te comportaras como una joven caprichosa -cambió el peso de su cuerpo de una a otra pierna-. No nos opondremos a que sigas viviendo aquí si los fines de semana vuelves a casa. La alternativa a una negativa no te gustaría. 
    Huub Van Heley tenía poder de sobras para despojarme de todos los logros obtenidos con esfuerzo. Frené la primera reacción, encolerizarme, visualizando rápidamente mis objetivos, licenciarme y marcharme de Ámsterdam. Su aparente flexibilidad escondía oscuras intenciones que desvelaría si cedía ante su juego.
    Firmamos la tregua.

 

 

domingo, 10 de octubre de 2021

29.- El Capricho


    Estaba embotada. Bloqueada.    
    No lograba concentrarme en la traducción de la novela ni en nada que requiriese de un mínimo de atención.
    "Memorias de una jeta" me generaba un estado de nerviosismo permanente que no soliviantaba iniciando otras actividades que me distrajeran. Había algo en aquellas páginas que me atraían y producían rechazo a la vez. Aquella historia ficticia me ponía la piel de gallina como si las similitudes con el personaje principal no fueran más que meras coincidencias y nos uniera un vínculo real. La traducción era sencilla, por la simplicidad de la narrativa, debía tratarse de una escritora amateur, sin embargo, me estaba costando trabajo terminarla. En la editorial no me habían puesto una fecha de entrega, pero presentía que cuanto antes terminase el encargo, antes recuperaría la energía que me estaba absorbiendo día a día.
    
    Apagué exasperada el portátil, experimentando una nueva oleada de debilidad y malestar en el estómago. Me calcé unas zapatillas deportivas, me puse la cazadora vaquera sobre el vestido azul marino estampado que me proporcionaba comodidad y con el bolso a modo de bandolera abandoné la habitación hiperventilando.
    Caminé ignorando por donde lo hacía, tal era el colapso mental que no sé en qué momento me alejé de las zonas cercana al hostal que conocía. Necesitaba huir de mí misma para que la sensación de inestabilidad desapareciera. Me hubiera golpeado la cabeza contra la pared, arañado la cara, arrancado los pelos de la cabeza para no sentirme prisionera de mis temores.
    
    Llegué a la puerta de unos jardines. Me adentré en ellos.
    El capricho de la duquesa de Osuna ideado en el siglo XVIII y materializado definitivamente en el siglo siguiente es mi refugio desde esa mañana. Acudo allí cada vez que necesito evadirme perdiéndome en sus catorce hectáreas. Los árboles que apenas dejan insinuarse al cielo con la frondosidad de sus copas y la luz sombría de la zona boscosa, me calman.
    El sonido de los pies al abrirse camino entre las hojas caídas me resulta placentero al punto de producirme un cosquilleo interno agradable.
    Adentrándome en el bosque, caminando sin sentido, percibí que alguien seguía mis pasos a cierta distancia. Podría ser cualquier paseante que disfrutara del entorno distraído con los sonidos de las aves... Quizás elegir esa senda poco transitada no había sido una buena idea. No me lo pareció cuando noté una presencia tras de mí, observándome. Recordé, presa del terror, el artículo de una revista que había leído de pequeña sobre los habitantes ocultos de los bosques, personajes que sólo conocía a través de los cuentos, hadas, duendes, ninfas o gnomos, a los que antes de entrar en su hogar había que pedir permiso para no perturbar su armonía abruptamente. Hubiera preferido que un serecillo diminuto me amonestase por haber invadido su espacio a que un ser humano me estuviera vigilando.
    Me giré sin pensarlo y vi a un hombre alto, delgado de cabello rubio y ojos claros que se detuvo de repente por la sorpresa de mi improvisado movimiento.
    Me desmayé.


NOTAS DE INTERES

 Parque el Capricho de la Alameda de Osuna: situado en el distrito de Barajas, fue construido entre 1787 y 1839 por los Duques de Osuna. La idea nace de la necesidad de María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel de tener un lugar propio diseñado para pasear por los jardines con sus ilustres amigos, artistas e intelectuales de la época. En su interior alberga el búnker que fue el Cuartel General del Ejército Republicano del Centro, construido alrededor de 1937. El parque se puede visitarse sólo los fines de semana. 

domingo, 3 de octubre de 2021

28.- El doctor Brouwer

 


    -Te creo.
    El corazón me dio un vuelco invadiéndome una sensación de paz que liberó la tensión acumulada. Mi cuerpo pesaba lo mismo que una pluma, ligera como el pétalo que se desprende de la flor y zarandeada llega al suelo.
    Me atreví a levantar la vista de mis manos, cruzadas sobre la falda del uniforme y a mirarle con reservas. La vergüenza que me producía la incómoda situación había impedido que lo hiciera antes, desgastando una y otra vez con los ojos las baldosas blancas del suelo desde mi entrada a la consulta. La madre Ingeberg había informado al doctor Brouwer sobre las circunstancias por las que que había sido requerida su intervención y me preocupaba que el hombre del que estaba enamorada se formara una idea equivocada de mí. Sentada encima de la camilla con las rodillas juntas rozándole un muslo no pude contener más tiempo las lágrimas y me eché a llorar. Lo hacía desde la tarde anterior sin encontrar consuelo en las palabras con que Diantha se esforzó en animarme, después de que le contara lo sucedido en el despacho de dirección.
    Jenkin me creía.
    Le bastó una respuesta negativa a su pregunta acerca de si había tenido encuentros íntimos con un hombre para saber que no mentía.  A los Van Heley le hacía falta una exploración médica para convencerse de que su nieta no estaba mancillada como sospechaban. No me conocían en absoluto. Les conocía demasiado bien.    
    -No voy a examinarte para escribir el informe. Terminarás el curso en el St. Liselot. 

            Jenkin me tuteó derribando la barrera invisible que separaba el grado inferior de la jerarquía del colegio de un grado superior que le daba el cargo. Su proximidad y afecto me insuflaron el calor que no hallé en mi familia. Puso las manos en mis mejillas y me retiró las lágrimas con los índices suavemente, como lo haría un padre con un hijo. Las pulsaciones se me dispararon a mil. La dulzura de su rostro mientras me consolaba ofreciéndome su apoyo me turbaron... ¿hubiera tenido el mismo gesto con cualquier otra alumna del internado? Pensé en su mirada distinta a la vuelta de las vacaciones del verano anterior. O tal vez la distinta era yo y la irradiación que destilaba mi felicidad le indujo a verme acorde al viraje iniciado en Almere.

    Empezó a incomodarme la idea de que aquello no estaba bien. Esas primeras caricias a las que le sucedería muchas otras al cabo del tiempo sin que ninguno de los dos lo pudiera imaginar entonces, debían detenerse, imponiéndose la sólida barrera que nos dejaría a cada uno de nosotros en lados opuestos.
    Recordando aquel momento echo de menos al Jenkin que me arrebató el corazón, al que hizo que perdiera la cabeza aceptando una relación que no nos conducía a ninguna parte.
    -Algún día olvidarás esto.
    Se apartó de mí adoptando el rol de médico de un internado femenino consciente de que se había extralimitado en sus funciones de facultativo y se dirigió al escritorio metiendo las manos en los bolsillos de la bata blanca.
    -Puede marcharse señorita Van Heley.
    Bajé de la camilla y me encaminé hacia la puerta. Antes de abrirla le miré. Sus ojos ya no me buscaban, se perdían en los papeles que ocupaban la superficie de la mesa.        
    -Gracias, doctor.


domingo, 26 de septiembre de 2021

27. Pesadillas



    Hay personas que por su peculiaridades alcanzan la categoría de personajes. Claudio Isasi es una de ellas. Se hospeda en el hostal desde hace años, al que considera, cito textualmente "un segundo hogar", los tres o cuatro días a la semana que pasa en el durante el curso escolar. Fijó su residencia habitual en Salamanca cuando él y su mujer, artesana de la arcilla, se cansaron de vivir en la capital de forma permanente y volvieron a su lugar de origen, donde ella abrió un taller de cerámica, en el que además de elaborar todo tipo de pieza, enseña a trabajar la mezcolanza de tierra y agua a quienes desean crear con sus manos.

    Cándida nos presentó la segunda noche que pasé en Madrid en el comedor de su casa, a la que ambos estábamos invitados a degustar una crema de setas aromatizadas con especias y tarta de queso casera. Una cena más ligera que el cocido y embutidos de la jornada anterior con la que me estrené como comensal asidua de la gerencia.
    El sexagenario amenizó la velada con su incontinencia verbal rociada con la abrumadora forma en que disfruta cada segundo que la vida le concede. Para Claudio es preciso contemplar cuidadosamente el entorno para analizarlo con la misma delicadeza y manifestarse o reservar las palabras.
    Ni mi hermetismo ni mi ausencia les pasaron inadvertidos. Me limité a comer en silencio mientra sus comentario me llegaban bajo volumen sin escuchar lo que ninguno de los dos decía. De tanto en tanto detecté alguna mirada piadosa por parte de ambos disculpando mi estanqueidad que me alentaba a que participase si creía conveniente aportar mi punto de vista, pero o me apetecía nada. Mi mente estaba en Ámsterdam, con el miedo en el cuerpo y pensamientos atropellados aumentado la ansiedad que me zarandeaba.

    Pocos días después de ese primer encuentro coincidimos en el vestíbulo. Isasi charlaba con Trini con su maletín marrón en la mano y un pañuelo de lino aceituna al cuello que cubría para evitar afonías. La voz es su herramienta de trabajo y la protege de las temperaturas bajas, aunque sea primavera. Bajé las escaleras, les saludé y me dirigí hacia la puerta, empeñada en pasar desapercibida; empequeñeciéndome para que mi tránsito se asemejara a un débil soplo de aire, pero no lo logré. No había alcanzado la salida cuando el profesor de filosofía me preguntó si podía acompañarme un tramo del camino ya que los dos íbamos en la misa dirección. Sus ojillos grises y la sonrisa afectuosa envuelta en una barba tan blanca como su pelo que me dispensó me enterneció de tal manera que no encontré un pretexto para negarme y acepté el ofrecimiento. Hubiera deseado que cada hombre mayor que me trataba con afabilidad fuera mi abuelo en lugar del insondable Huub Van Heley.
    Salimos a la calle. Eran la ocho. Los vehículos circulaban sin dejar hueco al silencio; los viandantes nos adelataban o se alejaban de nosotros en sentido contrario. Claudio se tomó un par de minutos antes de abordar el asunto que quería despachar conmigo, dando un sutil rodeo.
    -De un viaje a Ámsterdam, hará unos veinte años, recuerdo con especial agrado el latido de las calles con los numerosos artistas que ofrecen su espectáculo como manifestación de su modo de entender la vida. Mi hijo era estudiante de Erasmus y nos sirvió de guía improvisado para mostraros los istios que frecuentaba cuando disponía de algo d tiempo libre -carraspeó un poco-. Es tan observador como yo y nos mueve el mismo interés: conocer la naturaleza de las personas a través de sus actitudes... No es agradable que a uno lo observen, incluso resulta molesto cuando alguien nos mira, en gran medida, porque desconocemos la intención que hay detrás de esa inspección visual... ¿te incomoda ser el centro de atención de otra persona?
    -Me inquieta. Prefiero ser invisible.
    -Todos hemos deseado serlo alguna vez -emitió una breve y ahogada carcajada-. No quisiera importunarte pero... ¿tienes pesadillas con frecuencia?
    Nuestras miradas se encontraron. La suya en la búsqueda de una reacción susceptible de un análisis que me acercara a su entendimiento. La mía temerosa e interrogativa ante la vulnerabilidad de una privacidad invadida.
    -A tu cama de la mía les separa un tabique. El silencio de la noche provoca al nitidez de los sonidos.
    -Lamento haberle despertado -me ajusté la chaqueta de lana gris al cuerpo notando un leve escalofrío que no era debido al aire fresco que a esa hora acaecía.
    -Controlarlo todo es imposible. Tengo el sueño ligero y el oído fino... -se cambió el maletín de mano-. En mi opinión y haciendo uso de símil, las pesadillas son los carruajes en que transitan las emociones cuando Morfeo nos acoge en su seo, tirados por la ansiedad, el estrés o el miedo -hizo una pausa reflexiva-. Los trayectos son tortuosos y en consecuencia desagradables en sumo grado, pero nos advierten de que debemos cambiar el enfoque de lo que nos preocupa o angustia para encontrar la solución adecuada o tomar las decisiones correctas... Sea cual sea el origen de tus noches agitadas, contémplalo como si fuera ajeno a ti y te será más fácil ponerle remedio.
    Devolverle la vida a Jenkin era imposible.
    -Aquí se separan nuestros caminos... de momento. Espero que nos acompañemos en otra ocasión. Considérate mi reto -dejó en mi retina una sonrisa antes de cruzar la carretera para cambiar de manzana.
    Girando la esquina para dirigirme a la biblioteca determiné que evitaría ora coincidencia con el profesor de filosofía, considerándolo un entrometido. Me equivocaba.


     


sábado, 25 de septiembre de 2021

26.- La reunión


    
    -Síentate Sancha.La madre Ingeborg me indicó con la cabeza la silla vacía dispuesta entre Godelieve y Huub, no sé si intencionadamente, a los que la acritud se les acentuó en el semblante con mi aproximación. 
    La madre llevaba en el cargo de directora tanto tiempo como yo interna en el centro. La expresión grave que lucía la religiosa evidenciaba que la tormenta a punto de caer podía provocar una catástrofe en mi vida.
    -El asunto que nos ataña es delicado y me he visto en la obligación de informar a tus abuelos de una conducta intolerable para una institución como el St. Liselot. Cualquier aptitud que mancille el legado de las Honorables Siervas de Dios, debe ser amonestada con el fin de que no vuelva a producirse -se detuvo para cruzar las manos sobre el escritorio a la vez que los mofletes se le inflaban-. ¿Tienes algo que contarnos, Sancha?
     -No madre.
    Aturdida por la perorata de la abadesa percibí la mirada discriminatoria de los Van Heley asediándome. Me habían juzgado y sentenciado sin oírme.
     -¿Crees que tu proceder ha sido apropiado?
    No tenía la menor idea de a lo que la madre se refería. Ignoraba de que se me acusaba.
    -Por el amor a dios, estamos al corriente de tu deleznable comportamiento-Godelieve de Vries intervino con un desaforado dramatismo, habilidosa en transformar granos de arena en montañas descomunales de excrementos.
    ¿Qué es lo que sabían y yo no?
    La madre Ingeborg abrió uno de los cajones de su escritorio y extrajo cinco cartas que conocía muy bien. Empezaba a entender que estaba pasando. El rojo asaltó mis mejillas, mi privacidad había sido vulnerada, me sentí ultrajada.
            -Mantienes correspondencia con un joven infligiendo las normas del colegio que prohíbe terminantemente que las internas se relacionen con el género masculino dentro de las instalaciones, salvo que exista un vínculo sanguíneo -silenció su voz estentórea para helarme con los ojillos grises de una octogenaria -. Sabemos que se han producido encuentros en el patio entre tú y el  autor de las misivas en los que has mostrado un exceso de afecto. 
    -¡No es verdad!
    Siem me había entregado el libro de tapa blanda que apretaba entre las manos semanas atrás a través de la verja del patio. Nuestros dedos ni siquiera se rozaron. Él era el emisario de las cartas que obraban en poder de la directora, a la que alguien, había puesto en conocimiento de las mismas hurgando entre mis cosas. En ellas no existía ningún elemento pecaminoso. Era la correspondencia entre dos amigos. Esa misma persona con toda seguridad habría presenciado ese único encuentro e inventado otros más afectuosos que me difamaran. 
    Las mentiras de Heleentje no tocaban techo.
    -¡Mientes! Varias de tus compañeras atestiguan tú actitud indecorosa.
    Godelieve de Vries alzó la voz. La ira le había enrojecido las mejillas más que a mí la furia que me abrasaba el estómago.
    -Tal actitud indecorosa es falsa -apuntillé en balde.
    -Has guardado silencio respecto a las cartas y a los encuentros con un hombre en el patio cuando te he preguntado para no admitir tu desobediencia y culpabilidad. Mentir es pecado.
    -Mi conducta no compromete la rectitud que se me exige. El contenido de las cartas no desmiente mis palabras. No existen encuentros afectuosos con un hombre.
    Protesté acalorada con la sangre golpeándome las sienes.
    -No blasfemes -Huub Van Heley, espectador callado hasta entonces se manifestó. Los años le habían desprendido el pelo de la cabeza conservando solos algunos mechones cortos sobre las orejas.
    -Las faltas que has cometido se sancionan con la expulsión, pero dado el brillante expediente académico que te avala y de los pocos meses que restan para la graduación, hemos convenido con tus abuelos que te sometas a una exploración médica a cargo del doctor Brouwer para que esto no transcienda de intramuros –la madre Ingeborg carraspeó- Él determinará en qué grado se ha visto afectada tu virtud a cuenta de malas acciones reiteradas en el tiempo. Solo en caso de que el resultado del examen médico sea el requerido a las alumnas del St. Liselot, permanecerás en el colegio y acatarás las restricciones que se te impongan para salvaguardar tu honorabilidad. Una de las hermanas te acompañará hasta el final del curso para evitar una conducta reincidente.
    La humillación a la que me sometieron casi me hicieron verter las lágrimas que me bordeaban los ojos. Heleentje había llegado muy lejos y estaba segura que sus invenciones no se quedarían en el despacho de la directora y que correrían por todo el colegio en pocas horas.
    
    La cabeza me dolía. Estaba a punto de estallarme cuando salí del despacho custiodada por Sor Justine.    
    Heleentje seguía en el mismo sitio de antes con sus amigas, esperando mi salida del despacho para regocijarse en mi impotencia con el triunfo marcado en su sonrisa. Detuve el paso varios segundos frente a ellas. Me acerqué a la difamadora, que adoptó una actitud chulesca, la miré con más desprecio que odio y descargué en su mejilla toda la rabia contenida. Se llevó la mano a la cara desconcertada.
    Sor Justine tiró de mi brazo para apartarme de ella temerosa de que se iniciara una pelea entre lobas mientras las alumnas que iban llegando desaceleraban el paso para ir sus habitaciones.
    -Esto es inadmisible. Ve a tu habitación Sancha. Y vosotras, señoritas, haced lo mismo, ¡Deprisa!