domingo, 3 de octubre de 2021

28.- El doctor Brouwer

 


    -Te creo.
    El corazón me dio un vuelco invadiéndome una sensación de paz que liberó la tensión acumulada. Mi cuerpo pesaba lo mismo que una pluma, ligera como el pétalo que se desprende de la flor y zarandeada llega al suelo.
    Me atreví a levantar la vista de mis manos, cruzadas sobre la falda del uniforme y a mirarle con reservas. La vergüenza que me producía la incómoda situación había impedido que lo hiciera antes, desgastando una y otra vez con los ojos las baldosas blancas del suelo desde mi entrada a la consulta. La madre Ingeberg había informado al doctor Brouwer sobre las circunstancias por las que que había sido requerida su intervención y me preocupaba que el hombre del que estaba enamorada se formara una idea equivocada de mí. Sentada encima de la camilla con las rodillas juntas rozándole un muslo no pude contener más tiempo las lágrimas y me eché a llorar. Lo hacía desde la tarde anterior sin encontrar consuelo en las palabras con que Diantha se esforzó en animarme, después de que le contara lo sucedido en el despacho de dirección.
    Jenkin me creía.
    Le bastó una respuesta negativa a su pregunta acerca de si había tenido encuentros íntimos con un hombre para saber que no mentía.  A los Van Heley le hacía falta una exploración médica para convencerse de que su nieta no estaba mancillada como sospechaban. No me conocían en absoluto. Les conocía demasiado bien.    
    -No voy a examinarte para escribir el informe. Terminarás el curso en el St. Liselot. 

            Jenkin me tuteó derribando la barrera invisible que separaba el grado inferior de la jerarquía del colegio de un grado superior que le daba el cargo. Su proximidad y afecto me insuflaron el calor que no hallé en mi familia. Puso las manos en mis mejillas y me retiró las lágrimas con los índices suavemente, como lo haría un padre con un hijo. Las pulsaciones se me dispararon a mil. La dulzura de su rostro mientras me consolaba ofreciéndome su apoyo me turbaron... ¿hubiera tenido el mismo gesto con cualquier otra alumna del internado? Pensé en su mirada distinta a la vuelta de las vacaciones del verano anterior. O tal vez la distinta era yo y la irradiación que destilaba mi felicidad le indujo a verme acorde al viraje iniciado en Almere.

    Empezó a incomodarme la idea de que aquello no estaba bien. Esas primeras caricias a las que le sucedería muchas otras al cabo del tiempo sin que ninguno de los dos lo pudiera imaginar entonces, debían detenerse, imponiéndose la sólida barrera que nos dejaría a cada uno de nosotros en lados opuestos.
    Recordando aquel momento echo de menos al Jenkin que me arrebató el corazón, al que hizo que perdiera la cabeza aceptando una relación que no nos conducía a ninguna parte.
    -Algún día olvidarás esto.
    Se apartó de mí adoptando el rol de médico de un internado femenino consciente de que se había extralimitado en sus funciones de facultativo y se dirigió al escritorio metiendo las manos en los bolsillos de la bata blanca.
    -Puede marcharse señorita Van Heley.
    Bajé de la camilla y me encaminé hacia la puerta. Antes de abrirla le miré. Sus ojos ya no me buscaban, se perdían en los papeles que ocupaban la superficie de la mesa.        
    -Gracias, doctor.


domingo, 26 de septiembre de 2021

27. Pesadillas



    Hay personas que por su peculiaridades alcanzan la categoría de personajes. Claudio Isasi es una de ellas. Se hospeda en el hostal desde hace años, al que considera, cito textualmente "un segundo hogar", los tres o cuatro días a la semana que pasa en el durante el curso escolar. Fijó su residencia habitual en Salamanca cuando él y su mujer, artesana de la arcilla, se cansaron de vivir en la capital de forma permanente y volvieron a su lugar de origen, donde ella abrió un taller de cerámica, en el que además de elaborar todo tipo de pieza, enseña a trabajar la mezcolanza de tierra y agua a quienes desean crear con sus manos.

    Cándida nos presentó la segunda noche que pasé en Madrid en el comedor de su casa, a la que ambos estábamos invitados a degustar una crema de setas aromatizadas con especias y tarta de queso casera. Una cena más ligera que el cocido y embutidos de la jornada anterior con la que me estrené como comensal asidua de la gerencia.
    El sexagenario amenizó la velada con su incontinencia verbal rociada con la abrumadora forma en que disfruta cada segundo que la vida le concede. Para Claudio es preciso contemplar cuidadosamente el entorno para analizarlo con la misma delicadeza y manifestarse o reservar las palabras.
    Ni mi hermetismo ni mi ausencia les pasaron inadvertidos. Me limité a comer en silencio mientra sus comentario me llegaban bajo volumen sin escuchar lo que ninguno de los dos decía. De tanto en tanto detecté alguna mirada piadosa por parte de ambos disculpando mi estanqueidad que me alentaba a que participase si creía conveniente aportar mi punto de vista, pero o me apetecía nada. Mi mente estaba en Ámsterdam, con el miedo en el cuerpo y pensamientos atropellados aumentado la ansiedad que me zarandeaba.

    Pocos días después de ese primer encuentro coincidimos en el vestíbulo. Isasi charlaba con Trini con su maletín marrón en la mano y un pañuelo de lino aceituna al cuello que cubría para evitar afonías. La voz es su herramienta de trabajo y la protege de las temperaturas bajas, aunque sea primavera. Bajé las escaleras, les saludé y me dirigí hacia la puerta, empeñada en pasar desapercibida; empequeñeciéndome para que mi tránsito se asemejara a un débil soplo de aire, pero no lo logré. No había alcanzado la salida cuando el profesor de filosofía me preguntó si podía acompañarme un tramo del camino ya que los dos íbamos en la misa dirección. Sus ojillos grises y la sonrisa afectuosa envuelta en una barba tan blanca como su pelo que me dispensó me enterneció de tal manera que no encontré un pretexto para negarme y acepté el ofrecimiento. Hubiera deseado que cada hombre mayor que me trataba con afabilidad fuera mi abuelo en lugar del insondable Huub Van Heley.
    Salimos a la calle. Eran la ocho. Los vehículos circulaban sin dejar hueco al silencio; los viandantes nos adelataban o se alejaban de nosotros en sentido contrario. Claudio se tomó un par de minutos antes de abordar el asunto que quería despachar conmigo, dando un sutil rodeo.
    -De un viaje a Ámsterdam, hará unos veinte años, recuerdo con especial agrado el latido de las calles con los numerosos artistas que ofrecen su espectáculo como manifestación de su modo de entender la vida. Mi hijo era estudiante de Erasmus y nos sirvió de guía improvisado para mostraros los istios que frecuentaba cuando disponía de algo d tiempo libre -carraspeó un poco-. Es tan observador como yo y nos mueve el mismo interés: conocer la naturaleza de las personas a través de sus actitudes... No es agradable que a uno lo observen, incluso resulta molesto cuando alguien nos mira, en gran medida, porque desconocemos la intención que hay detrás de esa inspección visual... ¿te incomoda ser el centro de atención de otra persona?
    -Me inquieta. Prefiero ser invisible.
    -Todos hemos deseado serlo alguna vez -emitió una breve y ahogada carcajada-. No quisiera importunarte pero... ¿tienes pesadillas con frecuencia?
    Nuestras miradas se encontraron. La suya en la búsqueda de una reacción susceptible de un análisis que me acercara a su entendimiento. La mía temerosa e interrogativa ante la vulnerabilidad de una privacidad invadida.
    -A tu cama de la mía les separa un tabique. El silencio de la noche provoca al nitidez de los sonidos.
    -Lamento haberle despertado -me ajusté la chaqueta de lana gris al cuerpo notando un leve escalofrío que no era debido al aire fresco que a esa hora acaecía.
    -Controlarlo todo es imposible. Tengo el sueño ligero y el oído fino... -se cambió el maletín de mano-. En mi opinión y haciendo uso de símil, las pesadillas son los carruajes en que transitan las emociones cuando Morfeo nos acoge en su seo, tirados por la ansiedad, el estrés o el miedo -hizo una pausa reflexiva-. Los trayectos son tortuosos y en consecuencia desagradables en sumo grado, pero nos advierten de que debemos cambiar el enfoque de lo que nos preocupa o angustia para encontrar la solución adecuada o tomar las decisiones correctas... Sea cual sea el origen de tus noches agitadas, contémplalo como si fuera ajeno a ti y te será más fácil ponerle remedio.
    Devolverle la vida a Jenkin era imposible.
    -Aquí se separan nuestros caminos... de momento. Espero que nos acompañemos en otra ocasión. Considérate mi reto -dejó en mi retina una sonrisa antes de cruzar la carretera para cambiar de manzana.
    Girando la esquina para dirigirme a la biblioteca determiné que evitaría ora coincidencia con el profesor de filosofía, considerándolo un entrometido. Me equivocaba.


     


sábado, 25 de septiembre de 2021

26.- La reunión


    
    -Síentate Sancha.La madre Ingeborg me indicó con la cabeza la silla vacía dispuesta entre Godelieve y Huub, no sé si intencionadamente, a los que la acritud se les acentuó en el semblante con mi aproximación. 
    La madre llevaba en el cargo de directora tanto tiempo como yo interna en el centro. La expresión grave que lucía la religiosa evidenciaba que la tormenta a punto de caer podía provocar una catástrofe en mi vida.
    -El asunto que nos ataña es delicado y me he visto en la obligación de informar a tus abuelos de una conducta intolerable para una institución como el St. Liselot. Cualquier aptitud que mancille el legado de las Honorables Siervas de Dios, debe ser amonestada con el fin de que no vuelva a producirse -se detuvo para cruzar las manos sobre el escritorio a la vez que los mofletes se le inflaban-. ¿Tienes algo que contarnos, Sancha?
     -No madre.
    Aturdida por la perorata de la abadesa percibí la mirada discriminatoria de los Van Heley asediándome. Me habían juzgado y sentenciado sin oírme.
     -¿Crees que tu proceder ha sido apropiado?
    No tenía la menor idea de a lo que la madre se refería. Ignoraba de que se me acusaba.
    -Por el amor a dios, estamos al corriente de tu deleznable comportamiento-Godelieve de Vries intervino con un desaforado dramatismo, habilidosa en transformar granos de arena en montañas descomunales de excrementos.
    ¿Qué es lo que sabían y yo no?
    La madre Ingeborg abrió uno de los cajones de su escritorio y extrajo cinco cartas que conocía muy bien. Empezaba a entender que estaba pasando. El rojo asaltó mis mejillas, mi privacidad había sido vulnerada, me sentí ultrajada.
            -Mantienes correspondencia con un joven infligiendo las normas del colegio que prohíbe terminantemente que las internas se relacionen con el género masculino dentro de las instalaciones, salvo que exista un vínculo sanguíneo -silenció su voz estentórea para helarme con los ojillos grises de una octogenaria -. Sabemos que se han producido encuentros en el patio entre tú y el  autor de las misivas en los que has mostrado un exceso de afecto. 
    -¡No es verdad!
    Siem me había entregado el libro de tapa blanda que apretaba entre las manos semanas atrás a través de la verja del patio. Nuestros dedos ni siquiera se rozaron. Él era el emisario de las cartas que obraban en poder de la directora, a la que alguien, había puesto en conocimiento de las mismas hurgando entre mis cosas. En ellas no existía ningún elemento pecaminoso. Era la correspondencia entre dos amigos. Esa misma persona con toda seguridad habría presenciado ese único encuentro e inventado otros más afectuosos que me difamaran. 
    Las mentiras de Heleentje no tocaban techo.
    -¡Mientes! Varias de tus compañeras atestiguan tú actitud indecorosa.
    Godelieve de Vries alzó la voz. La ira le había enrojecido las mejillas más que a mí la furia que me abrasaba el estómago.
    -Tal actitud indecorosa es falsa -apuntillé en balde.
    -Has guardado silencio respecto a las cartas y a los encuentros con un hombre en el patio cuando te he preguntado para no admitir tu desobediencia y culpabilidad. Mentir es pecado.
    -Mi conducta no compromete la rectitud que se me exige. El contenido de las cartas no desmiente mis palabras. No existen encuentros afectuosos con un hombre.
    Protesté acalorada con la sangre golpeándome las sienes.
    -No blasfemes -Huub Van Heley, espectador callado hasta entonces se manifestó. Los años le habían desprendido el pelo de la cabeza conservando solos algunos mechones cortos sobre las orejas.
    -Las faltas que has cometido se sancionan con la expulsión, pero dado el brillante expediente académico que te avala y de los pocos meses que restan para la graduación, hemos convenido con tus abuelos que te sometas a una exploración médica a cargo del doctor Brouwer para que esto no transcienda de intramuros –la madre Ingeborg carraspeó- Él determinará en qué grado se ha visto afectada tu virtud a cuenta de malas acciones reiteradas en el tiempo. Solo en caso de que el resultado del examen médico sea el requerido a las alumnas del St. Liselot, permanecerás en el colegio y acatarás las restricciones que se te impongan para salvaguardar tu honorabilidad. Una de las hermanas te acompañará hasta el final del curso para evitar una conducta reincidente.
    La humillación a la que me sometieron casi me hicieron verter las lágrimas que me bordeaban los ojos. Heleentje había llegado muy lejos y estaba segura que sus invenciones no se quedarían en el despacho de la directora y que correrían por todo el colegio en pocas horas.
    
    La cabeza me dolía. Estaba a punto de estallarme cuando salí del despacho custiodada por Sor Justine.    
    Heleentje seguía en el mismo sitio de antes con sus amigas, esperando mi salida del despacho para regocijarse en mi impotencia con el triunfo marcado en su sonrisa. Detuve el paso varios segundos frente a ellas. Me acerqué a la difamadora, que adoptó una actitud chulesca, la miré con más desprecio que odio y descargué en su mejilla toda la rabia contenida. Se llevó la mano a la cara desconcertada.
    Sor Justine tiró de mi brazo para apartarme de ella temerosa de que se iniciara una pelea entre lobas mientras las alumnas que iban llegando desaceleraban el paso para ir sus habitaciones.
    -Esto es inadmisible. Ve a tu habitación Sancha. Y vosotras, señoritas, haced lo mismo, ¡Deprisa!

 

 

sábado, 26 de junio de 2021

25.- Patricia Ruíz de Azua

 


    El tiempo pasó sin que ninguna de las dos nos diéramos cuenta de que llevábamos más de una hora senadas en El Temple, departiendo cordialmente hasta que nos interrumpió una llamada a su móvil.
    Por el estilismo de Patricia, informal pero elegante y la forma educada y comedida en la que se expresaba deduje que pertenecía a un nivel medio alto. Cualquier dato sobre las personas relacionadas con mi hermana era relevante para conocer un pocos más a la niña, adolescente y mujer de las fotografías.
    -¿Cómo estáis vosotros? -formulé la pregunta en plural imaginando que el hombre al que había mencionado dos veces era su marido. Llevaba alianza en el dedo anular.
    Sonrió levemente, relajada.
    -Pol está creciendo muy rápido. Ya ha cumplido seis años -contuvo el orgullo de madre al mirarme, abortando las palabra entre sus labios-. Gonza está desbordado de trabajo en el bufete -se puso el pelo de los laterales detrás de las orejas-. El día que te fue a ver a aquel lugar, se quito un peso de encima -se interrumpió antes de proseguir deteniendo la vista en algún lugar indeterminado de la calle-. No te lo tomes a mal,pero cuando pasó aquello pensé que te estaba bien empleado y que era un castigo a tu soberbia. Por una vez no te saldrías con la tuya y pagarías pro tus actos -empujó la taza de café hacia delante para apoyar los brazos sobre a mesa-. Gonza te habría ayudado aún faltando a su propósito inicial de no hacerlo... Has sido su debilidad desde la universidad pese al sufrimiento que le causaste cuando le dejaste de forma... -meditó unos segundos- poco delicada. Asimilar que fue un capricho tuyo y vuestro matrimonio una farsa le llevó años de tormento en los que seguías manteniendo cierto poder sobre él. Te quiso mucho, hasta ese día que te plantó cara y se liberó de ti -jugó con la cuchara del café dándole vueltas dentro de una taza vacía-. Nuestra relación mejoró mucho -sonrió pícara- hasta entonces le había tenido a medias, no disfrutaba de la vida plenamente porque estabas en su mente. Por una vez se sintió el vencedor de una pugna que llevaba tiempo bregando y no sucumbió ante ti aunque intentaras que lo hiciera -desvié la vista avergonzada. Mi hermana había hecho un daño deliberado a Gonza y las consecuencias las había padecido Patricia. Los Van Heley hubieran estado orgullosos de su discípula-. Todo eso quedó atrás -alargó la mano para rozar la mía a la vez que fruncía los labios. No te cuento esto para martirizare, no tendría sentido, pero creo que era algo que necesitaba hablar contigo y ha surgido... Estos días te he visto tan desvalida que quería asegurarme de que estabas bien, por extraño que te parezca. Tu también has sufrido mucho.
    -Lo siento de verás.
    Sonrió brevemente negando con la cabeza.
    -Presente, solo presente.
    Su móvil sonó.
    -Perdona un segundo -atendió la llamada- Rosa, buenos días... Lo había olvidado. En un rato me paso. Gracias -guardó el móvil en el bolso.- Te agradezco que hayas venido.
    -Las dos necesitábamos tener esta conversación.
    Por razones distintas. Me había creado más dudas: aquello, pagar, aquel lugar... se prestaba a muchas interpretaciones.
    
    Dos historias entrelazadas.
    Mi hermana había jugado con los sentimientos del marido de mi interlocutora trastocando su vida durante muchos años, ignoro con qué fin. Por otra parte, un hecho propicia por ella le llevó a estar en un lugar que Patricia había eludido nombrar para pagar por ello.
    Me empezó a doler la cabeza justo cuando nos despedimos en la puerta de "El Temple, con un abrazo conciliador.

   

domingo, 13 de junio de 2021

24.- Venganza

 

    
    El brillo en su mirada y la sonrisa insolente evidenciaron que iba a tener problemas.
    Atravesé el claustro hacia el edificio de secundaria para ir a la habitación procedente del jardín, donde había estado leyendo sentada en uno de los bancos que franqueaba el camino de grava. Era una cálida tarde de domingo de mayo. En una hora las internas que habían pasado el fin de semana en sus casas, regresarían. A las siete todas debíamos tener el uniforme puesto para cenar a las siete y media. Los retrasos se penalizaban con horas de estudio en la biblioteca en el tiempo que disponíamos libro a lo largo del día.
    -¿Es bueno el libro?
    Interactuábamos si lo exigía una actividad o un trabajo en clase, el resto del tiempo nos ignorábamos y si quería hacer llegar a mis oídos algunos de sus hirientes comentarios, lo hacía en voz alta a sus cuatro adeptas, que le secundaban en todo lo que se le ocurriese a su retorcida cabeza para evitar que descargara la ira contra ellas. La conocían bien. Heleentje no tenía amigas, tenía súbditas con ausencia de personalidad para plantarle cara que la obedecían.
    La pregunta fue directa y la risita de sus dos acompañantes auguraba que tramaban algo y que yo era la manzana que Guillermo Tell puso sobre la cabeza de su hijo.
    Pasé de largo con indiferencia mientras en mi cerebro se activaba una luz roja que indicaba que un peligro inminente me acechaba y no se apagaría hasta que Heleentje llevara a cabo su plan.
    -Sancha.
    La hermana Justine apareció en el vestíbulo. Exhorta en mis cavilaciones la oí la segunda vez que mencionó mi nombre. Hasta el momento solo había oído un rumor lejano al que no hice caso.
    -La madre Ingeborg quiere verte.
    Me extrañó que la madre quisiera hablar conmigo en día de descanso, pero no asocié la inquina que me dispensaba Heleentje con el hecho en sí. Me inquieté unos segundos. Tal vez tenía que comunicarme un mala noticia.
    -¿En casa está todo bien?
    Pese a desafecto que sentía por los Van Heley, el mismo que recibía por su parte, mi preocupación era sincera. Mi aspiración a ser independiente no pasaba porque el matrimonio desapareciera. Años más tarde entendí que no había lugar en el mundo al que huír de su supremacía y esperé pacientemente a que la naturaleza siguiera su curso.
    -Acompáñame, nos esperan.
    Percibí cierta conmiseración en el rostro de sor Justine, no la suficiente para que se apiadara de mí y me adelantara la razón por la que no encaminábamos al despacho  de la abadesa un domingo por la tarde.
    Constaté que mis tutores no habían sufrido ningún infortunio, al atravesar las jambas detrás de la hermana. Sentados delante de la directora del centro, los Van Heley me miraron con gesto grave y crítico.
    Estaba a punto de descubrir hasta que punto era perversa Heleentje.

   


     

      

domingo, 6 de junio de 2021

23.- El temple



       La fina cortina confeccionada de multitud de gotitas de agua caía sobre la piel descubierta como cuchillos de pico.
    El Temple es un café con fachada victoriana de madera verde envejecida a escasos doscientos metros del hostal que recorrí despacio.
     Exceptuando que era morena y joven, según la descripción de Trini, no tenía mayor detalle del aspecto de Patricia Ruíz de Azua. Me adelanté a la hora señalada para esperarla y que fuera ella, que conocía a mi hermana, quien se acercara a mí y no ponerme en evidencia si no la reconocía llegando después que ella. 

    Entré en el café deseando que acabase el encuentro con la desconocida. En la barra dos hombres con trajes tomaban café, probablemente trabajaran en alguna de la oficinas de la inmediaciones; una chica sentada en un taburete mantenía una conversación acalorada a través del móvil delante de un zumo de melocotón, según el etiquetado del envase y a pocos metros de ella, una pareja mayor comía churro sumergidos en lo que supuse sería café.
    La mitad de las mesas estaban ocupadas. Eché un vistazo para elegir un sitio cerca de la ventana. En el barrido visual que hice, una mujer con los rasgos de Patricia me saludó con la mano. Se había adelantado aún más que yo a la cita. Me dirigí hacia ella repitiéndome que debía ser parca en palabras para que no sospechara que era una impostora y estaba suplantando a mi hermana... ¿Sabría que su conocida tenía una gemela?

    Sopesé no acudir a la cita la noche anterior presa de un ataque de nervios, temerosa de cometer algún error que me delatara, pero la imperiosa necesidad de saber algo sobre mi familia fue decisiva para estar allí, con la ansiedad estrangulándome la garganta.
    Se levantó titubeante y me dio dos besos. Intercambiamos una breve sonrisa y un hola tímido por ambas partes. Parecía más nerviosa que yo. Un camarero me preguntó que iba a tomar. Tenía el estómago revuelto y ausente de alimentos. Pedí un café con leche.
    Patricia rompió el silencio en que nos sumimos tras el saludo inicial.
    -Te extrañará que quisiera quedar contigo, al fin y al cabo no somos amigas y lo único que hemos tenido en común es a Gonza. Ni yo misma lo sé.  Te he visto salir varias mañanas seguidas del mismo hostal cuando paso por delante con el coche. Mi fisioterapeuta tiene la clínica cerca de aquí. La primeras veces que te vi no estaba segura de que fueras tú, pareces distinta, pero imagino que después de por lo que has tenido que pasar ha cambiado tus prioridades -dio varias vuelta a la taza sobre el platillo-. Gonza me comentó que no eras la misma... No le he comentado que nos íbamos a encontrar, tampoco estaba segura de que fueras a venir, pero aquí estás -su sonrisa me latió sincera-. Me alegra de que lo hayas hecho y que podamos tomar un café juntas... Cuéntame ¿cómo estás?
    Cogió la taza de café con ambas manos y se la llevó a los labios visiblemente más relajada después de haber roto el hielo.
    Estaba confusa. Mi gemela había pasado por una situación delicada que le había cambiado en algún sentido y un hombre llamado Gonza que tenía en común con Patricia, a quien ésta le había ocultado el encuentro conmigo, le había sugerido que ya no era la misma de antes... ¿De antes de qué?
    La respuesta fue genérica.
    -Adaptándome a la situación.
    -No te juzgo por lo que sucedió. Fue un accidente.
   -¡Fue sin querer! -me exalté recordando el apartamento de Apollobuurt  -Mi intención no era que las cosas se diesen así.
    -Lo sé, querida.

  


NOTAS DE INTERÉS

Apollobuurt: barrio de Amsterdam, en el districto de Amsterdam - zuid. Las calles llevan nombres de leyendas griegas, compositores y pintores.

    



sábado, 5 de junio de 2021

22.- La conferencia



      -Este hombre tiene vista de halcón -el murmullo de Diantha fue entre dientes apretados.
    -Mencionaste algo sobre un águila imperial, ¿no? La forma de asegurarnos de que no nos viese es no habiendo venido -repliqué orillando la insolencia.
    Nos giramos a la vez, justo cuando Jenkin nos daba alcance entre el desfile de estudiantes que abandonaban el recinto.
    -¡Doctor Brouwer! ¿Cómo le va? Ha sido una sorpresa que fuera uno de los ponentes.
    Diantha se auto proclamó portavoz de las dos adoptando un tono desenfadado y risueño.
    -Jenkin. Ya no estamos en el colegio ni sois mis pacientes. Podemos tratarnos con menos formalismo.
    Nos derretimos con su sonrisa. El pasado se hizo presente. No debía estar allí, pero lo estaba y no sabía como salir de una situación que me incomodaba y agradaba a partes iguales.
    -¿Estudiantes de Medicina?
    -Segundo de filología latina y farmacología. El profesor Koopman nos habló en clase sobre el coloquio, insistiendo en que asistiéramos como complemento a su asignatura de farmacodinamia -se pausó intencionadamente y continuó al cabo de dos o tres segundos-. Los medicamentos empleados para el tratamiento de infecciones causadas por parásitos y bacterias pueden tener efectos bioquímicos y fisiológicos distintos en los pacientes en función del tipo de clima del lugar donde residen o de la condiciones en que vivan.
    En la facultad de farmacologia no había ningún profesor apellido Koopman. Diantha tiene una habilidad natural para la improvisación.
    Jenkin asintió con la cabeza, deslizándose hasta su ceja un mechón rubio donde encontró acomodo. Le imaginé apuesto incluso en el habitáculo donde se pierde todo glamour... sentando en el inodoro.
    -Espero que la charla haya sido de utilidad.
    -Por descontado.
    El doctor desvió la mirada hacia mí.
        -Sin embargo, es posible que a ti te hayamos aburrido.
        -En absoluto. Desde el punto de vista etimológico las palabras tienen un recorrido nada desdeñable -levanté la vista de la moqueta azul que pisábamos y la deposité en sus ojos claros, que me miraban como aquella vez en el consultorio, cuando descubrió que existía o aquella otra vez en que me secó las lágrimas que resbalaban por mis mejillas con los dedos-. Cualquier unidad mínima de significado es susceptible de mi interés.
    Satisfecho con la respuesta nos dirigimos a la salida uno detrás del otro. Al pasar por la puerta noté el ligero roce de su mano sobre mi cintura cediéndome el paso. Segundos en los que ese amor platónico que había sentido se materializó en un gesto.
    En el patio exterior Siem nos aguardaba cerca de las escaleras de acceso. Le vi al salir de edificio y respiré aliviada de que hubiera llegado y no tuviéramos que alargar la conversación con el doctor Brouwer.
    Nos detuvimos para despedirnos de él y me encaminé a paso ligero hacía el amigo que se ajustaba e anorak al cuerpo distraído. Diantha me seguía a pocos metros de distancia consultando el reloj.
    -Estás helada y no es por el frío -Siem detectó mi nerviosismo al besarme la mejilla. Habíamos quedado para organizar la campaña de recogida de juguetes que la Asociación hacía todos los años en Navidad.
        Giré la cabeza discretamente hacia Jenkin, que se encaminaba al aparcamiento subterráneo mientras observaba nuestro encuentro.
    -El hombre que copaba las conversaciones -sentenció mi confidente de tantos ratos distendidos.
    -Estoy perdida.
    -Esto también pasará.



 NOTAS DE INTERÉS

Farmacodinamia: acción de un fármaco en el organismo humano. Estudio de los efectos bioquímicos y fisiológicos del mismo.