domingo, 16 de julio de 2023

79. Cronología

 

    A la vuelta de Leeuwarden nos despedimos en el vestíbulo de mi casa con la firme convicción de cortar de raíz cualquier tipo de trato posterior a la estancia en la casita de campo. No fue necesario que ninguno de los dos lo manifestara con palabras, la intención de no volvernos a ver estaba implícita en esa última mirada que compartimos antes de cerrar la puerta. Era lo mejor. Jenkin tenía un familia de la que ocuparse y aunque la convivencia con Antje hubiera derivado al costumbrismo, no era razón suficiente para alargar un fin de semana que atesoraríamos en nuestros recuerdos por tiempo indefinido con encuentros fugaces. Al menos así fue durante unos meses.

    El teléfono sonó. Me desconcertó leer el nombre en la pantalla del móvil de la persona que llamaba. El corazón me dio un vuelco, no lo esperaba, pero al despabilarme, mi dedo no dudó un segundo hacia que icono desplazarse. Me he preguntado muchas veces qué hubiera pasado si no lo hubiera hecho. Si Jenkin hubiera insistido en hablar conmigo o hubiera captado mi falta de interés por retomar la relación que teníamos antes de viajar a Leeuwarden. Me equivoqué al rozar el icono verde en vez del rojo.
    -¿Cuándo nos vemos?
 Conciso no se valió de un pretexto para justificar la llamada. Tampoco lo necesitaba.Tenía ganada mi voluntad.
    -A partir de las siete estoy en casa.
    
    Y me dejé llevar... otra vez. Sucumbí a lo que sentía sin valorar si hacía lo correcto. Desprovista de cualquier tipo de consideración hacia Antje,  que por otra parte no merecía, me convertí en la amante de su marido durante años, esperando a que el hombre que compartíamos nos reubicara en su vida, a ella en calidad de ex mujer y a mi de pareja legítima.
    Medio año tardé en darme cuenta de que Jenkin no era el hombre idealizado a los quince años. Me ocultó al mundo. No permitía que transitara por las zonas que él frecuentaba y si coincidíamos por casualidad, me lo reprochaba como si fuera una niña pequeña que se había portado mal y luego me abrazaba y me decía que teníamos que ser cautos hasta que le contara a Antje que estaba enamorado de otra mujer. No le mencionaría mi nombre para evitar que hiciera conjeturas que concluyesen en que le había estado engañando. De ninguna de las maneas podía dejar que pensara que había sido desleal. Simplemente se había enamorado. Sin traiciones. Le habría respetado hasta el día en que se divorciasen.
    Estuve ciega mucho tiempo hasta la mañana que abrí los ojos y lo vi todo claro. No aguantaría un minuto más siendo la amante. Los Van Heley me recluyeron en un internado y en una habitación de su casa casi dos décadas y Jenkin delimitaba el perímetro por el que me podía transitar. Mi mundo se redujo a los encuentros en el apartamento. Diantha y Siem se mudaron a Londres y yo me quedé sola... Sola con él, al que me aferré con ganas.
    Una tarde salió al balcón y se cayó... intervine un poco. Sin querer.



78. La verdad

    -Llegué a Madrid huyendo de Ámsterdam... -miré a Cándida. No me creyó cuando el segundo día le confesé lo que iban a saber todos-. Es verdad que tiré a mi amante por el balcón por accidente.
    -No me lo puedo creer... no era broma.
 -Quedamos en el apartamento donde nos encontrábamos. Yo quería terminar la relación. Él estaba casado y yo cansada de esperar a que se divorciara de su mujer. Sin querer derramé una copa de vino sobre su camisa -en mis recuerdos rescatados de esa tarde, Jenkin hacía aspavientos con los brazos haciendo alusión a mi torpeza. Percibir otra vez su frialdad me entristeció-. Se enfadó. Mientras buscaba algo con que limpiar la mancha, salió al balcón sin que me diera cuenta. Al pasar por delante de la puerta abierta la empujé ignorando que él estaba afuera... Oí un grito desgarrador. Fue horrible- las manos empezaron a temblarme-. Me asusté mucho. Si la policía me encontraba allí, pensaría que la caída había sido intencionada y me fui. Recogí algunas cosas de mi casas y tomé el primer vuelo que salía del aeropuerto... El destino me era indiferente. Así llegué a España.
    Cándida me acercó un vaso de agua. Bebí poco a poco, intentando que el nudo que me oprimía el pecho disminuyera y que los pinchazos remitieran.
    -¿Te largaste sin comprobar cómo estaba? -a Daniel le importó poco que estuviera a punto de sufrir una crisis de ansiedad. Lo que estaba escuchando para él era inaudito. Un acto cobarde.
     -Entré en pánico. Al dejar el edificio por la puerta de atrás oí la sirena de la ambulancia, puede que fuera el coche policial, no lo sé y los murmullos de la gente.
    -¡Madre de Dios! -Trini volvió a santiguarse.
    -No sabía que estaba en el balcón -Cándida empatizó con las circunstancias con su mano acariciando mi espalda para insuflarme calor.
    -No le prestó auxilio -el hombre de ley insistió.
    -Estaba asustada -añadió Leonardo-. Cuando uno pierde el control sobre si mismo difícilmente puede actuar con sentido común.
    -Las pesadillas... -Claudio se pronunció- durante varios días fueron constantes.
    Asentí con la cabeza, más calmada,  y el vaso entre las manos.
    -Desde ese día mi vida es un calvario... las noches también -agaché la mirada antes de detenerla una migaja de hojaldre que solitaria pernoctaba encima del mantel-. No actué bien. Encadené un error tras otro... -bebí más agua-. Vuelvo a Ámsterdam para afrontar la situación. Tengo una familia a la que me gustaría conocer y voy a ser madre. No quiero vivir más tiempo con la incertidumbre de no saber qué pasará mañana.   
    -El miedo es irracional- adujo Isasi.
    -Buen pretexto -Daniel se recostó sobre el respaldo de la silla cruzando los brazos a la altura del pecho.
    -Si tuviera tu fortaleza mental no cargaría con lo que hice el resto de mi vida -mis palabras no le causaron mayor efecto que el de una carcajada irónica. A veces tenía la sensación de que se burlaba de mí.
    -Fue una caída accidental -Sofía, a quien la noche le estaba dando ideas para una novela de intriga,  acudió en mi rescate- El tipo se volvió loco y se cayó por el balcón...
    -No le demos más vueltas... -Cándida estuvo sentada a mi lado desde que empecé a contarles ese hecho de mi vida que tanto lamentaba, mostrándome su apoyo-. Cielo, no te martirices más, a lo hecho pecho. Aclara las cosas en Ámsterdam y vuelve cuando quieras, en casa no te faltará una cama donde dormir ni un cocido que degustar.
    -A Sofía y a mi nos complacería que visitaras El hidalgo cuando regreses.
    -Con el bebé -añadió la biznieta-. Quiero conocerle.
    Leonardo carraspeó.
    -Si necesitas un taxista hablador como yo no encontrarás ninguno.
    Sonreí levemente.
    -Gustoso me desplazaría desde Salamanca para volver a cenar con todos vosotros -el profesor se atusó el bigote.
    -¿Una infusión? -Trini se puso de pie como un resorte.
    Todos se quedaron un rato más, excepto Daniel, que se marchó reflexivo.
   En Madrid  había hecho amigos, pero también tenía un enemigo


domingo, 2 de julio de 2023

77. Leeuwarden

 

    Mientras despegaba los párpados percibí el silbido aflautado de los pajarillos madrugadores y claridad en el dormitorio. No estaba sola. Miré a mi acompañante unos segundos. Verle durmiendo no me causaba el más mínimo deseo de mantener los ojos sobre él en actitud contemplativa más de dos segundos. Me gustaba más despierto.
    
    Estábamos en Leeuwarden, tierra de Margaretha Geetruida Zelle, Mata Hari, a la que se le daba mejor mover las caderas con gracia que espiar. Una mujer que desprendía el desparpajo que a mi me faltaba. Jenkin alquiló una casita rural construida en madera, de dos dormitorios, salón y cocina en un único espacio y un baño. Lo que más me gustó fue el pequeño porche que precedía la entrada con una mesita redonda sobre la que una tetera vieja servía de recipiente a las flores silvestres y frescas, cortadas recientemente, y un par de sillas. Nos habíamos concedido un fin de semana sin propósitos ni planes, alejados del entrono y la rutina.

    Dos semanas atrás se había producido la comida con Antje, al volver a casa esa tarde, tras descubrir que era la responsable de que perdiera al bebé, llamé a Jenkin fuera de si.
    -Necesito verte.
    -¿Estás bien?
    -Ven.
    Le mandé la dirección de mi casa y al cabo de una hora al abrirle la puerta me abalancé sobre su boca y descargué en beso furtivo la desesperación y rabia que no abofetearon la cara de su esposa concentradas en mi mano. Jenkin me respondió con las ganas aumentadas por los años y paró cuando su cerebro fue perdiendo el control sobre su cuerpo estimulado. Con sus manos en mis mejillas y la respiración entrecortada, clavó los ojos en los míos.
    -A finales de mes tengo un viaje de trabajo. Ven conmigo.
    Acepté sin dudar.

    El doctor Brouwer participaba en una conferencia en el auditorio de la facultad de medicina a la que hubiera asistido de buen grado, si a él, no le hubiera parecido inapropiado que desconocidos nos viesen compartiendo el aire el mismo día. Ni siquiera aprobó que mientras estuviera conferenciando paseara por las calles de la ciudad y luego nos reuniéramos en un punto lo suficientemente alejado de la universidad para volver juntos a la casita, considerando imprudente, que a pesar de los cientos cuarenta kilómetros que nos desunían de Ámsterdam. Debí darme cuenta que tanta insistencia por esconder mi presencia era el indicio de la vida que me esperaba a su lado, sólo que entonces ni teníamos una relación ni pensaba que la íbamos a tener más adelante. Simplemente estábamos allí porque nos apetecía.

    Le complací y deambulé sola entre la hierba crecida que llegaba hasta las rodillas y bajo el sol primaveral de abril imbuida en mis pensamientos. Dispersas en el horizonte había casas de madera como la nuestra lo bastante retiradas de miradas curiosas que inquietaran a Jenkin.

    En tercero de filología salí un semestre con Noah, compañero de clase asiduo a la biblioteca. Ninguno de los dos se enamoró del otro. Congeniamos, nos gustamos y compartimos horas juntos los fines de semana. Romper la relación no fue dramático para ninguno de los dos. Ni nos echamos de menos, ni lloramos sobre hombros amigos, ni sufrimos lo indecible. Dejamos de vernos de forma natural paulatinamente, entendiendo que nuestro momento estaba pasando y perder el tiempo no se encontraba entre nuestras prioridades. Esos meses con él, constaté que Diantha tenía razón al afirmar que se pueden experimentar sensaciones, incluso placer, con personas a las que no te une el amor, tan sólo el deseo de explorar con todos los sentidos... Y eso hice. Descubrí que el cuerpo es un instrumento con infinidad de acordes y melodías y la música empezó a tener otro significado.
    Jenkin y yo compusimos una banda sonora que anticipamos concluiría en nuestro refugio de un fin de semana. No fue así.
    
    A punto de retornar al mundo real me percaté de que no tenía el móvil en el bolso. Lo buscamos por todas partes sin éxito.
    -Llámame -le pedí.
    La llamada sonó en el interior de la bolsa de viaje. La abrí para recuperarlo y vi el número desde el que Jenkin me había marcado. No lo conocía. Le miré extrañada  saliendo de la casita mientras él guardaba nuestras pertenencias en el maletero. 
    -¿Tienes dos dispositivos?
    Cerré la puerta con llave y se las tiré para que las cogiera al vuelo. Debíamos entregárselas al propietario en la dirección donde las habíamos recogido el día anterior.
    Agité el móvil en el aire.
    -No conozco éste número.   
    -Ah, sí -no contestó inmediatamente. Le noté apesadumbrado. Se acercó a mí y me rodeó la cintura por la espalda.- Es el móvil personal. Compré otro para hablar sólo contigo.
    No me engañó con el beso que depositó en mi mejilla antes de dirigirse al coche. La discreción respecto a cualquier tipo de relación que tuviéramos rebasaba límites. Para Jenkin existía cuando hablaba conmigo a escondidas o nos veíamos lo más lejos posible de nuestro entorno.
    -¿Nos vamos? -me sonrió con la puerta del coche abierta. 
    El amor hace que mires hacia otro lado cuando las primeras señales de que algo va mal aparecen. 
    Asentí pensativa.
    

domingo, 25 de junio de 2023

76. Appeltaart


     Cándida, Daniel y Trini me ayudaron a recoger la mesa mientras Sofía se encargaba de poner los cubiertos para el postre. Leonardo, solícito nos ofreció su ayuda pero consideramos que cuatro personas pululando por la cocina era más que suficiente para achicar el espacio por el que tropezábamos unos con otros. Conforme se unió a la conversación que Alonso y Claudio mantenían y la monopolizó contado historias sucedidas en el taxi que a los viejos amigos hicieron reír.

    Sentados entorno a la mesa, la appeltaart fue elogiada con la misma generosidad que los comensales habían desprendido con la lubina.
    -Sabéis, detrás de las reservas de Sancha hay un historia -Cándida interrumpió inesperadamente los murmullos derivados de conversaciones entre los comensales y me miró buscando la aprobación que le di. No sé que pretendía contar, pero estaba cansada de ocultarme detrás de la discreción-. Perdió a sus padres en un accidente de tráfico. Era muy pequeña, apenas tenía unos meses. Sus abuelos paternos se hicieron cargo de ella. La internaron en un colegio de monjas de mucho parné y en las vacaciones la encerraban en una habitación de su casa... Figuraos lo que es vivir sin cariño.
    -Y engañada -inquirió  Leonardo al tanto del descubrimiento reciente sobre mi familia.
    Alonso tomo la palabra.
  -Me consta que entre los presentes hay lectores infatigables. Imaginad que el protagonista del libro que leéis es exactamente igual que vosotros físicamente, incluyo compartís con él apellido -se detuvo dos segundos antes de continuar creando expectación- y que un día uno de los personajes os cita para que os veáis y al poco tiempo, otro de los personajes quiere trataros... y poco a poco vais conociendo a más personajes por casualidad.
    -¡Qué pasada! -Sofía no escondió su entusiasmo.
    -Sancha recibió el encargo de traducir al neerlandés un manuscrito con personajes que saltaron de las páginas escritas a la realidad.
    -La chica del pelo corto... -Trini pensativa relacionó lo que acababa de oír con lo que presenció-. Te dejó una nota -se dirigió a mí-. Recuerdo que te dio una bajada de tensión cuando la leíste.    
    Confirmé con un movimiento de cabeza que Trini estaba en lo cierto.
    -Esas personas confundieron a Sancha con su hermana, a la que conocí hace años, como la confundí yo la mañana que la recogí en el aeropuerto cuando llegó a Madrid -Leonardo sonrió modestamente-. Cintia me mencionó en sus memorias.
    -Vaya... Tenemos que cenar juntos más a menudo -Sofía no salía de su asombro, para ella eramos caldo de novela.    
    -Mi hermana gemela -miré a Daniel incisiva- escribió unas memorias que una persona hizo llegar a mis manos a través de la editorial con el pretexto de que la tradujera como si fuera un trabajo más. La intención era que supiera que tenía una  familia en Madrid que los Van Heley me ocultaron.
    -Los Van Heley eran sus abuelos -aclaró Alonso.
    -Las fotos que vi... -Daniel intervino desconcertado.
   -No soy yo. Es mi hermana. Mi vida no es tan intensa como imaginas. La sola vez que me casé fue con Dios, pero eso ya lo sabías.
    -¡Eres monja! -la espontaneidad de Sofía nos arrancó unas risas contenidas. 
    -Lo fui.
    -¿Qué es eso de las fotos? -preguntó Cándida masticando con la boca abierta.
    -La tarde que se desmayó en la calle y la llevé al hospital se le cayeron las fotos de una niña y de un mujer exactamente igual a ella en los días de sus dos bodas. Pensé que era Sancha. Son idénticas.
    -Y sentenciaste que nos estaba engañando... como si lo viera... hijo desde pequeño eres muy peliculero.
    -¿Conoces la identidad de la persona que te extrajo del obscuracismo y la relación que tiene con tu familia? -quiso saber Claudio.
    -Desde hace unos días. El responsable de mandar el manuscrito a la editorial fue  el mayordomo del ex marido de mi hermana. Es una historia larga pero en resumidas cuentas me localizaron en Madrid y me he reunido con Federico Osorio varias veces en su casa. Me contó lo que lo Van Heley hicieron creer a mis padres que no había sobrevivido a las lesiones sufridas en el parto al nacer.
    -¡Qué barbaridad! ¡Virgen Santa! -Trini se santiguó.
    -¿Tus padres viven? -A Cándida se le humedecieron los ojos.
    -Sí. El accidente de tráfico fue otras de las invenciones de los Van Heley.
   -Te secuestraron -no lo había considerado de ese modo hasta que Daniel lo manifestó en voz alta.
    -Tienes un vida novelable -la escritora se hizo oír en la voz de Sofía.
    -A mi pesar.
    -Y esa es la razón por la aterrizaste en Madrid -dio por hecho Claudio.
    Les miré con inquietud. Había llegado el momento de desvelar lo que le hice a Jenkin... Sin querer.


NOTAS DE INTERÉS

Appeltaart: tarta de manzana.

sábado, 24 de junio de 2023

75. La comida

 

    Elegí una bombonera con forma de cáliz de cristal tallado que sostenía sobre un pie de plata esculpido con los mismos pétalos que decoraban la tapadera del mismo mineral. Lo visualicé encima de la mesa blanca que los Brouwer tenían en la sala de estar, a cincuenta centímetros de los pesados y voluminosos libros sobre arte, cuya función ornamental  prevalecía sobre el interés de sus propietarios acerca de la disciplinas plásticas.
    
    El silencio se impuso entre ambas los segundos que Antje tardó en procesar la propuesta que le hice de comer juntas, embargada por la extrañeza o la sorpresa de mi llamada, antes de decidir aceptar. Después de enterarse de que Siem era el padre del hijo que esperaba, se distanció de mí, tal vez porque los remordimientos la abrumaban y no podía mirarme con la naturalidad de antes. 
    
    Un jueves a las doce y media fue el día y la hora acordada para encontrarnos a la puerta del restaurante que elegí  por haber estado en él otras veces. Allí me sentía cómoda. En mi territorio.
    El abrazo que nos dimos al saludarnos fue seco y de fingida cortesía, como si ninguna de la dos supiera a que atenerse o que esperar de la otra. La desconfianza fue un comensal más en la mesa. 
     Al entregarle la caja que contenía la bombonera, el asombro por el inesperado presente fue mayúsculo. Sus ojos reflejaron emoción en una mirada tibia que intentó mantener como complemento a la coraza con la que se había armado para reunirse conmigo.
    -Es un detalle en agradecimiento a las veces que has estado a mi lado cuando lo necesitaba.
    La estudié minuciosamente por si mis palabras causaban algún tipo de emoción o reacción en ella.
    -Es mi trabajo y eras tú. 
  -Aún así. No puedo compensar las horas que dedicaste a cuidarme, pero al menos quería que supieras que no olvidaré lo que has hecho por mí.
    Tragó saliva discretamente. Alzó el cáliz a la altura de la vista para ocultar su rostro y rehacerse en la mujer dura que se sentaba frente a mí. 
    -Es preciosa. Gracias.
    -La vi en una tienda donde he comprado algunas cosas para casa. Estos días estoy amueblándola con lo básico para instalarme.
    -¿Te mudas?
    Confirmé con la cabeza mientras nos servían el mosterdoep que había pedido ella y erwtensoep para mí, aunque ninguna de la dos tenía hambre.
    -Me gusta el apartamento donde vivo pero quería alejarme del barrio y he comprado una pequeña casa.
    -¿Por alguna razón en particular?
    Me quedé pensativa dándole vueltas con la cuchara a la sopa.
    -Por varias, supongo. Los últimos dos meses han sido complicados, por el aborto -volvió a tragar saliva- y por Niek... Conoces a su hermana Heleentje Van der Berg -asintió con la cabeza-. Era el asesor financiero de la familia. A los Van Heley les pareció el cándidato perfecto para su nieta y le invitaban a menudo a casa para que congeniáramos. Esas veces en cuanto podía me escabullía para pasar el tiempo justo en la misma estancia que él. Desde que me lo presentaron percibí que era igual que su hermana. El tiempo me ha dado razón.
    -Tenía entendido que estábais prometidos.
    Esa información sólo podía provenir del entorno de los Van der Berg. Antje acababa de confirmar con su aportación que había hablado con Heleentje.
    -Esa era la pretensión de Niek. Cuando me pidió que formalizáramos una relación inexistente, no acepté. Sin embargo Godelieve y Huub tenían herramientas para presionarme y obligarme a aceptar el compromiso -recordé la tarde que les comuniqué lo que estaba a punto de contarle a Antje con un sentimiento de triunfo. No se salieron con la suya. Tomé la riendas de mi vida y fui paciente- No lo lograron. Decidí ingresar en el convento que fue mi hogar durante siete años.
    Antje bosquejó una combinación de asombro y expectación en su rostro.
    -¿Te hiciste monja? -dejó el tenedor y el cuchillo que sostenía y juntó sus manos debajo de la barbilla- Quizás habían otras alternativas como simplemente cambiar de ciudad, de país...
    -Créeme es la mejor determinación que tomé. Abandoné el convento hace poco más de un año y medio. En Santa Coba encontré mucha paz- sonreí viéndome caminar entre los cultivos de tulipanes-. Los Van Heley no admitían más opción que la del matrimonio, así que les complací con la salvedad de elegir al marido... Hace unas semanas coincidí con Niek en un puesto del frutas del Cuyp. No le agradó verme sin el hábito y me increpó. Me siguió hasta casa. Esto lo he sabido hace poco. Es el motivo principal por el que me mudo. No quiero estar a su alcance. 
    -Si crees que puede hacerte daño, deberías denunciarle.
    -Los hermanos Van der Berg actúan de forma sibilina. La mañana de la que te hablo, cuando me siguió, me hizo unas fotos saludando a un conocido de ambos. Me dejaron las instantáneas en el buzón con una nota anónima informándome que la esposa del hombre al que saludé sabía que iba a tener un hijo suyo... Le hicieron creer una falacia- Antje tragó la siguiente cucharada de sopa con dificultad.
    Unos segundos de silencio con la vista puesta en nuestros respectivos cuencos.
    -¿Qué sentiste cuando viste la mano de Jenkin sobre mi vientre?
    Su mejillas simularon el color de los pimientos rojos.
    -Yo... yo no he visto la fotos.
 Se delató. Las personas acorraladas mienten hasta que les es imposible seguir haciéndolo.
 -Claro que no, me refiero en el hospital, cuando vino a verme, estabas en la habitación, ¿recuerdas?
    No tenía salida, esa situación no se había producido.
    -Buenos... es médico, las exploraciones son habituales...
    Se limpió los labios con la servilleta.
    -¿Si lo hubiera hecho en la calle le habrías adjudicado por un gesto afectuoso la paternidad de mi hijo?
    -No. Te conocemos desde que eras una niña...
    Cada vez estaba más nerviosa.
    Sonreí con tristeza.
    -Yo hubiera esperado que me llamaras para contarme que te habían enseñado unas fotos.
    -Lo habría hecho -adujo.
    -No podemos cambiar lo que ya no tiene remedio.
  La despedida fue aún más fría que el saludo inicial. Antje sabía que le había descubierto.
    
 
NOTA DE INTERÉS  

Mosterdsoep: sopa de mostaza que se cocina con puerros y a la que se le puede añadir  un trozo de tocino frito.

 Erwtensoep: sopa de guisantes que suele tomarse para cenar, a menudo se acompaña con un salchicha.
    
    
  

domingo, 18 de junio de 2023

74. Entre amigos

    Entorno a la mesa ovalada, con la lubina servida y los comensales inmersos en conversaciones cruzadas, contemplé la escena como Claudio me recomendó que observara los problemas, desde fuera para tomar perspectiva. Concluí que ese momento, lleno de murmullos, sonrisas y los rostros relajados de quienes hasta hacía dos meses eran extraños, sería uno de los que recordaría con nostalgia.
    Claudio y Alonso, con paladares expertos, alabaron la textura y el sabor del pescado y la habilidad para darle el punto exacto. A Cándida le pareció que estaba de rechupete y a Leonardo, sentado a mi lado en la esquina de la mesa, frente a Cándida, deliciosa. Trini me pidió la receta. Daniel entre dientes y con mirada huidiza reconoció que no estaba mal y Sofía agradeció que apenas tuviera espinas antes de decir que estaba rica. Les agradecí la generosas valoraciones.
    -Es impredecible lo que nos deparará el mañana, -Claudio alzó la voz- pero deberíamos instaurar una vez al año un reunión como esta, entre amigos, con buena mesa, mientras los años, el cuerpo y la propia vida nos asista.
    -Me temo que seré el primero en causar baja -Alonso se pronunció con una sonrisa triste.
    -Bisa, ni si quiera tú puedes predecir eso - Sofía, sentada a su lado le besó la mejilla.
    Me emocionó ver el gesto de cariño entre bisabuelo y biznieta. Habría prescindido de las comodidades con las que me crié a cambio de que los Van Heley me hubieran querido. Cándida interpretó el brillo de mis ojos, atenta a mi estado de ánimo desde que le dijera que me marchaba, e intervino.
    -Tendrás que volvernos a cocina cuando nos visite y espero que no tardes en hacerlo.    
    -En Amsterdam debo atender algunos asuntos que me mantendrán alejada un tiempo, pero si tras la cena de esa noche sigo contando con su amistad, volveremos a vernos.
    -Sancha enigmática -Claudio me definió alzando la copa de vino blanco a modo de brindis en mi dirección antes de tomar un sorbo.
    -Misteriosa -añadió Daniel, ocupando una silla delante de mí, entre su madre y el filósofo, con el aplomo de su mirada asediéndome.
    -Carismática -Alonso, a mi vera, frunció el ceño pensativo.
    -Sensible -en las breves conversaciones mantenidas con Trini, no recuerdo ninguna en que no definiera mi estado de ánimo.
    -Valiente -en absoluto lo era, pero Leonardo había sido testigo de mi determinación, no sin titubeos callados.
    -Cosmopolita -miré a Sofía en el otro extremo de la mesa extrañada por el adjetivo- Has estado en más ciudades europeas que yo.
    -Mi querida biznieta quiere conocer el mundo para atraparlo con palabras en unas cuantas hojas.
    -Amsterdam te encantará, espero tu visita.
    -¿De verdad?
    -Cuando quieras.
    -Fuerte -Cándida nos interrumpió -aunque a veces no crea que lo es.
    -La tendencia del ser humano es menoscabar sus cualidades y virtudes -reflexionó Isasi.
    -La consideración que me tienen responde a la parte de mí que conocen o piensan que oculto. Al final de la velada esas percepciones pueden variar -medité unos segundos-. Estoy convencida de que lo hará, pero aún así, no quiero marcharme sin despejar todas las dudas que por mi conducta introvertida hayan surgido sobre mí.
    -Esta cena cada minuto que pasa me gusta más -el más dicharachero con diferencia se entusiasmó con arranque transcendental.
    -Todos tenemos secretos -la naturalidad de Sofía acaparó el interés general. Los secretos de una chica de su edad probablemente eran aún inofensivos-. Secretos sin importancia, claro...
    -Algunos secretos con el paso de los años se desinflan y se transforman en anécdotas -sopesó Alonso pinchando un trozo de patata y un trozo de lubina.
    -¿Cuál es la diferencia entre mentir y reservarse información? -inquirió Daniel.
    -Mentir es dar una información siendo consciente el sujeto que no es verdad, sin embargo, reservarse la información alude a la nula disposición de compartirla -Claudió se atusó la barba con los dedos.
    -Ocultar lo que se sabe podría considerarse mentir sin pronunciar palabra -insistió Daniel clavándome la mirada como si fueran dardos.
    -Si las palabras no intervienen no hay engaño -dilucidí.
  -¿Un poco de tarta de manzana al estilo holandés? -Cándida observó que los invitados habían terminado el primer plato-. Lo mejor siempre está por llegar y la noche aún no ha terminado. 
    Cándida estaba en lo cierto.

73. Sospechas

 

    La mañana que me citaron en el hospital para una revisión, una semana después de la intervención, el cirujano me preguntó si había tomado algún alimento o bebida que provocara la dilatación del útero y la hemorragia. Me explicó que el riesgo de aborto era más probable durante las diez primeras semanas que una vez superado la dieciséis, como había sido en mi caso.
Le conté que en el momento que empezaron los pinchazo tomaba una infusión.
    -¿De qué era?
    Antje depositó encima de la mesa de centro que flanqueaba el sofá blanco del salón en tonos tostados de su casa, una tetera que contenía el líquido. Al servirlo en la taza, el aroma de la meta me inundó las fosas nasales con su frescor como luego haría en el paladar. La anfitriona me sirvió dos tazas mencionando que le gustaba mucho la marca de la infusión porque potenciaba el sabor de loas hierbas en su distintas variedades.
    -Menta - poleo -dije confusa.
    La expresión del ginecólogo varió ligeramente. Un gesto casi imperceptible que fue fundamental para darme cuenta de que no había cuidado lo bastante al bebé.
    -La infusión que tomó contiene pelugona y monterpeno, son sustancias tóxicas que en estado de gestación pueden producir daños de tipo renal, hepático e incluso neurológico. También puede provocar mal formaciones en el feto. Es posible que influyera en la causa  que desencadenó la hemorragia.
    
    Con la nota anónima que dejaron en le buzón,  estaba segura que los Van der Berg, en las manos, arremolinada en el sofá del apartamento, me esforcé por recordar las tres últimas semanas en la que la rutina diaria había estado salpicada por hechos inesperados. La llamada de Antje invitándome a su casa para ponernos al día me sorprendió. Ahora sé que fue un pretexto. Analicé los matices de su voz de ese día. La percibí afectuosa, con un deje serio que adjudiqué al cansancio de las guardias. En nuestro encuentro se mostró cariñosa, tal vez en exceso y habladora. La incontinencia verbal no me llamó la atención entonces, supuse que se debía a que le apetecía que pasáramos un ratos juntas por el aprecio que me constaba que me tenía desde años atrás. Cuando empecé a encontrarme mal,  su actitud fue el mismo de otras veces en las que me había acompañado al hospital para cerciorarse de que me recuperaría. Esa vez esperaba lo que sucedió horas después.
    
    "Antje sabe que ere la amante de su marido y que parirás un bastardo suyo."

    Leí y releí el mensaje... ¿Y si no era un farol? ¿Y si Heleentje había inventado una historia que Antje había creído? ¿y si le había enseñado la fotos que me hizo llegar con la nota? Aún en ese extremo, que Antje tomara la drástica decisión de provocarme un aborto era inconcebible. Se habría dejado llevar por el despecho y habría actuado como la mujer sin escrúpulos que nunca hubiera pensado que podría ser. La Antje sensata y reflexiva a la que admiraba y a la que quería parecerme de niña, habría sido engullida por la ira. No se diferenciaría tanto de Heleentje. Sólo había una manera de despejar las dudas: enfrentándome a ella.