sábado, 7 de mayo de 2022

57. Punto de partida


                                                                                                Fue una coincidencia o un guiño del destino que el mismo día del mes de septiembre que ingresé en el convento, lo abandonara siete años más tarde. Desandé aquel primer pasillo con la hermana Gabriëlle, quien me recibió a la llegada y me acompañó a la salida hasta la pesada puerta de madera. Ponía fin al enclaustramiento voluntario que me libró de casarme con el monstruo que los Van Heley eligieron para mí.  
  -Sabía que llegaría este momento -la bondadosa Gabriëlle siempre lucía una sonrisa entrañable en la cara-. Tus ojos me desvelaron el día que llegaste que Santa Coba sería tu refugio pero no tu lugar -me abrazó inesperadamente durante seis segundos reconfortándome el alma.- Espero que el Señor te guíe para que lo encuentres.
    -Gracias hermana… –se me humedecieron los ojos. En la orden de las Jacobas solo utilizábamos el sustantivo hermana delante del nombre cuando nos referíamos a otra religiosa o en caso de ser novicia. Desde que tomara los votos, me dirigía a todas las hermanas por su nombre, exceptuando a la madre Myrtha, quien no perdía el cargo de directora implícito en madre. Volvía a ser laica – Gabriëlle.
    
    Con la puerta cerrada a mi espalda al mirar al frente sentí vértigo. Santa Coba constituía un micro mundo. El que tenía delante me aterrorizaba. Me insuflé valor para empezar a caminar hacia la calzada. Avancé.
    Me alojé durante un par de meses en el apartamento que Siem conservaba en Almere Stad. Estaba sola y necesitaba el calor de un amigo.
    La abadía de Santa Coba percibió una parte sustanciosa de la herencia de los Van Heley, que se fueron convencidos de que mi propósito de ser monja era firme. El resto de sus bienes no tuve conocimiento de a quien o quienes fueron transmitidos. El abogado de la familia no me desveló quien sería el nuevo propietario de la casa que había sido mi prisión durante años. Yo era su única heredera o al menos es lo que pensaba, pero no tuvieron a bien dejarme nada de forma directa, lo que me alivió sobremanera. No quería nada de ellos. El letrado me citó una mañana en su despacho para darme el sobre marrón con las fotos que no vería hasta años más tarde, en la habitación del hostal y me comunicó que si lo deseaba, uno de los pasantes del bufete me acompañaría a recoger efectos personales o recuerdos que quisiera conservar conmigo. Desestimé el ofrecimiento. No tenía intención de volver a esa casa.
    Durante mi estancia en Santa Coba recibía correspondencia de Diantha y siem, que me mantenían informada de los cambios que se producían en sus vidas. Podíamos hablar por teléfono una vez al mes. Eran conversaciones cortas, pero oír su voz me motivaba para seguir con mí plan. En primavera visitaban el convento con el pretexto de comprar unos tulipanes para verme.
    Mis amigos no hicieron preguntas cuando les dije que colgaba el hábito. Me abrazaron cuando llegué a Almere, contentos por la decisión tomada. Dieron por sentado que necesitaba tiempo para procesar los cambios que se producían en mi vida y confiando en que cuando estuviera lista les contaría que había detrás de los repentinos giros que le había dado a mi vida.
    -Estás donde tienes que estás -es la premisa con la que me recibió Diantha en la casa de Siem.
    Estaba en el punto de partida.



NOTAS DE INTERÉS

Almere Stad: distrito en el municipio de Almere, en la provincia de Flevoland.
                                                                            

domingo, 24 de abril de 2022

56. La noticia

 


    En el hospital me hicieron una analítica, me tomaron la tensión y comprobaron los niveles de oxígeno y azúcar en la sangre. 
    Daniel, que detestaba que se dirigieran a él por diminutivo de su nombre porque así es como le llamaba su ex novia, me contó Cándida en una sobremesa en el taller del patio restaurando una mesa, me llevó en volandas a su coche, aparcado en las proximidades de la esquina donde chocamos. Con el lado derecho de mi cuerpo pegado a su pecho, advertí, en estado de semi inconsciencia, los latidos acelerados de su corazón y la respiración entrecortada. Estaba tenso. Me dejó en el asiento del copiloto asegurándose de haberme abrochado bien el cinturón de seguridad y en poco más de diez minutos entrábamos por la puerta del servicio de urgencias más cercano al barrio.
 
    No sé el tiempo que transcurrió desde que me exploraron en el consultorio del médico que me atendió hasta que una enfermera se apiadó de Daniel, estableciendo algún tipo de parentesco entre él y yo y dejó que me acompañara en la sala de observación donde permanecía reclinada sobre una camilla articulada enganchada a una botella de suero con más de la mitad del líquido suministrado.
    Entró sigiloso, creyendo que dormía al verme con los ojos cerrados y me observó unos instantes hasta que los abrí y le miré.
    -Hola -vocalizó cohibido- ¿cómo estás?
  -Bien -cansada, débil y con mucho sueño. Fui escueta-. Nos podíamos haber ahorrado venir al hospital. En unos minutos me hubiera repuesto.
    Su presencia me ponía de mal talante. No podía evitar ser arisca.
  -Testaruda -toda maniobra de contención desapareció en un instante- ¿No aprendiste nada en el convento?
    "Es de bien nacido ser agradecido"... No solo se había preocupado por llevarme al hospital, sino que permanecía allí conmigo. Claudiqué a su favor, por una vez.
    -Gracias -a regañadientes ejercí de bien nacida-. Te puedes ir. Aún puedes sacarle partido a la tarde.
    Una sonrisa sarcástica suavizó los rasgos de su rostro. 
    -Soy tu penitencia. Nos iremos juntos a casa cuando te den el alta -apoyó una mano sobre el colchón-. He hablado con Cándida para contarle dónde estábamos y me ha pedido que cuide de ti -cruzó los brazos sobre el pecho. Tanta actividad me ponía nerviosa-. Esto lo hago por ella. Te ha tomado afecto... habrá visto la parte de ti que me ocultas o no le has mostrado la parte que he descubierto.
    La duda estaba sembrada en tierra abonada. En su lugar, también hubiera dudado de alguien que dijera haber sido cura y apareciera casándose en dos fotos con varios años de diferencia. Ni por asomo hubiera barajado la posibilidad de un gemelo idéntico.
    Aborté un bostezo.
    -Conclusiones precipitadas -le espeté.
    -Cuéntamelo... hermana -su prepotencia era desquiciante.
    Refunfuñé desviando la cabeza hacia la pared de enfrente para evitar el contacto visual.
    El médico, un joven andaluz de ojos claros y cabello y barba rubios, entró con un portafolios.
    -Tenemos los resultados... -dejó descansar el portafolios en horizontal sobre la sábana bajera arrugada-. Los niveles de hemoglobina son bajos y hay déficit de hierro. Tener anemia es normal en su estado. Es importante seguir una dieta variada y equilibrada, rica en hierro... La carne, las legumbres, los huevos le aportará la proporción óptima para favorecer niveles saludables -consultó el portafolios-. El malestar, el sueño y las náusias son habituales en los primeros dos o tres meses. Los mareos son consecuencia de una mala alimentación.
    -¿Estoy incubando algún virus o bacteria?
    El joven de la bata blanca y rizos cortos sonrió extrañado.
  -Está gestando un bebé -miró a Daniel un segundo antes de volver a prestarme atención-. Van a ser padres.
    Daniel arqueó las cejas en perfecta sincronía y se dio media vuelta mesándose bigote y barba con el pulgar y el índice de la mano, repetidas veces. Luego soltó una carcajada que reflejaba el estupor.
    -Pueden marcharse a casa -firmó el informe, lo extrajo de la carpeta y se lo dio a Daniel-. Cuídese.
    A solas otra vez, Daniel seguía sonriendo incrédulo y yo me quedé en estado hipnótico. Embarazaba. Iba a tener un hijo del hombre al que había tirado por el balcón sin querer... Un descuido con consecuencias que no podía valorar.
    -Enhorabuena madre. Has ascendido en la jerarquía eclesiástica.
           

domingo, 17 de abril de 2022

55. Santa Coba


    Llegué a Lisse en el autobús de las cinco de la tarde con un bolso de mano donde guardar lo puesto, procedente de la estación de Diermen, donde me había despedido de Siem y Diantha con pesar. Ninguno de los dos intentó hacerme cambiar de parecer y respetaron mi voluntad en la mañana que compartimos juntos.
    La tristeza de las últimas semanas se fue diluyendo en el trayecto. Aplazaba mis proyectos por tiempo indefinido hasta que pudiera retomar mi vida sin condicionantes con nombre propio.
    
    La hermana Gabriëlle me abrió la pesada puerta de madera cuando la aldaba anunció mi llegada y me acompañó con semblante bondadoso al despacho de la abadesa Myrtha, a la que había conocido jornadas atrás, en la entrevista que mantuvimos cuando le entregué la solicitud de ingreso. Haber estudiado en una institución religiosa del prestigio del St. Lisselot Katholieke College sumado a la educación católica recibida, fue determinante para ser admitida en Santa Coba.
    Las palabras de bienvenida y deseos de que en la congregación de las Jacobas hallara la paz interior de la que carecía mi espíritu, acercándome a Dios, nos ocupó unos diez minutos. Agradecida por el recibimiento fui conducida a la celda asignada, donde sustituí mi ropa por un sencillo hábito marengo con velo del mismo color y en la que una de las hermanas me cortó con destreza la larga melena que recogía en una trenza.
    A la hora de la cena, las siete en punto, conocí a las cuarenta y cuatro hermanas restantes de la orden. Tres de ellas novicias que procesaban una fe acérrima en el Señor, mientras yo reforzaría la fe en mi misma.
    Los siete años que estuve en la abadía, primero en periodo de práctica y tras tomar los votos monásticos como monja, disfruté de una serenidad desconocida a la que contribuyó la principal actividad económica del convento, el cultivo de veinte variaciones de tulipanes que eran vendidas a floristerías en gran medida y a particulares que se acercaban a Santa Coba para adquirir ramos bendecidos por el padre Ludger, que todos los días a las nueve de la mañana daba misa en la capilla y era nuestro confesor.
    La cercanía a los jardines de Keukenhof, que cada primavera recibía a cientos de visitantes, nos traían en menor proporción, visitas con residencia en todo en país, que aumentaban las ventas de tulipanes.
    
    En tres ocasiones salí de la abadía para desplazarme a Amsterdam; la primera al cabo de dos años con motivo de la marcha eterna de Huub Van Heley, que poco meses antes había asistido complacido a la ceremonia eclesiástica en que consagraba mi vida a Dios y el sosiego de que su nieta hubiera sentado cabeza; la segunda para hacer lo propio con Godelieve de Vries, cinco años más tarde, que desde que su esposo la abandonara me visitó todas las temporadas acompañada por la enfermera que había contratado para que cuidase de ella y que le hacía sentirse menos sola. La marcha de ambos me produjo pena, pese a que me acercaba a la meta. Si los Van Heley me hubieran dispensado un trato cimentado en el cariño en detrimento de la indiferencia, hubiera estado con ellos hasta el final. La tercera vez que fui a Amsterdam, lo hice para no volver más a Santa Coba, al menos como religiosa. Entre las hermanas había encontrado afecto y apoyo para no flaquear en mi decisión de servir a Dios.
    Empecé de cero sin más pertenencia que lo puesto, guardado durante años en el bolso de mano con el que llegué a Lisse y mucha incertidumbre.
    Libre para tomar el control de mi vida.


NOTAS DE INTERÉS


Lisse:
ciudad y municipio de Holanda Meridional.

 Keukenhof: jardines con una gran variación de bulbos de tulipanes, más de cien, además de contar un amplio abanico de flores e híbridos que se pueden adquirir en primavera, cuando los jardines abren sus puertas. En neerlandés el nombre que da nombre a los jardines significa jardín de la cocina, y es considerado en más bello de Europa.

 

 

 

domingo, 10 de abril de 2022

54. Vahído

 


    Preferí caminar un rato antes de encerrarme en la habitación del hostal. Le pedí a Leonardo que me dejara en un parque de Barajas y nos despedimos hasta la tarde siguiente. 
    La primera toma de contacto con Osorio de hora y media había sido esclarecedora con respecto a la identidad de la persona que quería que supiera la verdad sobre mis orígenes.
    La vez que Federico le dijo a Cintia "lo sé todo, querida" tenía información privilegiada que estaba dispuesto a compartir y eso fue lo que hizo en nuestro encuentro.
    
    Paseé por el camino de arena por el que otras personas con las que me cruzaba o adelantaban en mi deambular usaban para correr. Un balón de fútbol, procedente de la pista cimentada en la que unos niños jugaban, llegó a mis pies. Se la devolví con un puntapié en un auto reflejo imbuida en mis pensamientos.
    -Eres idéntica a ella -me observó embelesado, como quien descubre por primera vez la belleza de algo que le llama poderosamente la atención y queda abstraído en ella -Cogió una galleta de mantequilla que nos habían servido en la mesita auxiliar encima de una bandeja de plata y le dio un pequeño mordisco –Tenía mis reservas acerca de si te entregarían mi misiva. Entiendo que has necesitado todo este tiempo para asimilar que tus abuelos te ocultaron que tenías una familia y este es el momento de conocer la verdad… ¿Estás preparada para escuchar tu propia historia?
    La misiva tenía noventa y ocho capítulos y más de trescientas páginas. Un mes no me parecía demasiado tiempo para descifrar que escondían las memorias de Cintia.
    -No, pero necesito hacerlo para comprender algunas cosas.
    -Espero poder ayudarte…Hace años descubrí tu existencia y las razones por las que tu familia la desconocía -respiré sosegada, con ganas de llorar que contuve. De las primeras palabras de Osorio se desprendía que mis padres no me habían abandonado-. He valorado en qué modo os podía afectar lo que sé y confieso que en más de una ocasión he estado a punto contárselo a Cintia, tu hermana, pero me parecía justo que tú fueras la primera en ser conocedora de la gran mentira en la que has vivido. Eres la principal víctima de tus abuelos.
    Se terminó la galleta. Hablaba pausado, con una dicción clara y seleccionando cuidadosamente las palabras. Deparó en el manuscrito que sujetaba con ambas manos sobre mis rodillas. Entrecerró los ojos para leer la portada. 
    -¿Me dejas verlo?   
    Desconcertada estiré el brazo para darle el manuscrito que cogió con manos temblorosas.
    -¿Cómo es posible que las tengas? –preguntó obnubilado. La edad afectaba a su memoria. Unos minutos antes había reconocido haberme hecho llegar una misiva.
    -La editorial en la que trabajo me encargó que las tradujera… ¿No es la misiva que pidió que me entregaran?
    -No. Te escribí una nota con mis datos para que contactaras conmigo… Le pedí a la señora que cuidaba de tu abuela que te la entregara. Pensaba que era la razón por la que estabas aquí.
    -Todo esto es muy confuso –saqué un botellín de agua de bolso y bebí un buen sorbo. Desde que la ansiedad me desestabilizaba, era el remedio más eficaz para paliar sus efectos.
    -Solo tres personas conocíamos la existencia de estas memorias… -Se quedó pensativo- Cintia, yo y… Andrés.
    Llamó al mayordomo con un grito.
    
    Abandoné el parque acortando la distancia con la casa de Cándida. Al girar una esquina cabizbaja choqué con el cuerpo de un hombre que caminaba más rápido que yo cayendo el manuscrito al suelo. Me agaché a recogerlo al tiempo que el hombre hizo lo mismo disculpándose. Su voz era conocida pero estaba aturdida por todo lo que estaba pasando esa tarde. Al recuperar el manuscrito, las fotos que contenían y que Godelieve de Vries me legó, salieron despedidas en un corto vuelo que las esparció por la acera. El hombre las cogió y las echó un vistazo. Alcé la vista irritada. Daniel me miró contrariado antes de echarle un segundo vistazo a las instantáneas en las que Cintia se casaba dos veces con diez años de diferencia y de niña posando con nuestros padres. 
    Se las arrebaté molesta y la introduje entre las páginas de las memorias, levantándome con un movimiento brusco que hizo que me tambaleara levemente, mareada.
    -Un vida intensa -el tono acosador era el preludio que la relación entre ambos empeoraría mucho- ¿Quién eres, Sancha? 
    La pregunta me tomó por sorpresa... ¿Quién era? Para él, la mujer que había sido monja y que era traductora en Holanda de donde procedía, recién aterrizada en el hostal que regentaba su madre por motivos que desconocía.
    -Estoy ocupada.
    Se mantuvo firme delante de mí, como un muro inquebrantable.
    -Encuentra un hueco para que hablemos. Me interesa mucho lo que puedas contarme de ti. Tengo tiempo para escucharte.    
    -Aparta, por favor.
    Las piernas me temblaban. No me encontraba bien. Intenté en balde hacerle a un lado pero me cogió de ambos brazos para detenerme. Hice ademán de zafarme. Otro mareo me sobrevino y un sudor frío acompañaron unas repentinas ganas de vomitar. Me desplomé en sus brazos.
Después de eso, no recuerdo nada.    

domingo, 27 de marzo de 2022

53. Sorpresa

                                                                         


    Los observé un rato desde la puerta de la sala de estar sin que se dieran cuenta. Parecían un matrimonio de ancianos aparentemente inofensivos: Huub resolvía un crucigrama con las piernas cruzadas; Godelieve costumizaba una camisa de seda rosa a la que cambiaba los botones originales por otros más grandes fucsias. Su ferviente catolicismo no les eximía de llevar al demonio dentro ni de comportarse como alimañas para conseguir sus propósitos con un equivocado sentido de la moral.
    Mi entrada les tomó de imprevisto, haciendo que sus cuerpos se sobresaltasen ligeramente al saludarles. No me esperaban hasta la cena con los Van der Berg de la noche siguiente, a la que tenían claro que asistiría por la cuenta que les traía a mis allegados. Si hubiera sido tan ruin como ellos, no habría ido la tarde anterior a concretar detalles sobre el compromiso y les hubiera avergonzado delante de sus invitados. No merecían la deferencia, pero no aspiraba a igualar su maldad.      
    -Al fin apareces.
    Godelieve rompió el silencio sin mirarme. Para ellos eran invisible. Les era indiferente. Una obligación que estaban a punto de sacudirse de encima.
    -He estado ocupada con los preparativos de mañana.
    Acaparé la atención de ambos que mostraron conformidad relajando los músculos de la cara con relieves.
    -Acogemos con agrado que te impliques como corresponde.
    -He entendido qué es mejor para todos.
    Huub asintió con la cabeza poblada por unos filamentos blancos y una concavidad en los labios cambiando la posición de las piernas.
    -Íbamos a tomarnos un café, ¿nos acompañas? -la voz de Godelieve se dulcificó.
    -No tengo tiempo. He venido a despedirme.
    El semblante de los Van Heley mudó como si hubieran mordido un limón demasiado ácido.
    -¿Antepondrás la testarudez al bienestar del prójimo? -Huub recuperó la dureza que tan bien conocía.
    -Queríais que me comprometiera y es lo que haré. Mañana ingreso en un convento. Yo elijo a quien servir y obedecer.
    Huub mal dobló el periódico y lo hizo a un lado al tiempo que Godelieve dejó caer la camisa de entre sus dedos sobre las rodillas.
    -Si es una treta para eludir...
    -Sobre tretas podríais dar lecciones pero no alcanzaría vuestra maestría... Es una decisión macerada -interrumpí a Godelieve elevando la voz exasperada-. Ni me casaré con Niek ni me someteré a su voluntad con vuestro beneplácito. En la fe -obvié decir "en mis misma", suavizando el tono estratégicamente- hallaré la paz de la que carezco y vosotros la tranquilidad de que mis pasos serán correctos y no me desviaré del camino deseado.
    -¿Estás segura de querer tomar los votos? ¿No flaquearás en tu determinación? -inquirió Huub frustrado y medio convencido.
    -Es un propósito firme.
    Huub y Godelieve se miraron serios. No contaban con el giro que habían dado los acontecimientos, sin embargo  que ingresara en un convento equivalía a que la jerarquía monástica tomara el control de mi vida por ellos.
    -Si es lo que deseas...
    -Fervientemente.

    -¿Te casas? -A Siem y Diantha se les congeló la expresión unos segundos. Asimilado lo que acababan de oír, mi amiga de la infancia conjugó el verbo.
    Estaban informados de la persistencia de los Van Heley en que Niek formara parte de la familia de la manera que ellos consideraban que debía hacerlo y de los tejemanejes para ocasionar un acercamiento entre ambos. Lo primero que se les pasó por la cabeza es que estaba cediendo a sus deseos, descartando otras opciones.
    Aclaré sus dudas.
    -No es el tipo de boda que pensáis, ni con quien creéis -el alivio que percibí fue sincero. Como a mí, y aún no conociendo al elegido personalmente, al menos en el caso de Siem, Niek les desagradaba. Cogí un puñado de arena y empecé a pasármela de una mano a la otra. La suave textura me relajó-. Es una forma de decirlo. Lo que me rondaba por la mente y que me ha mantenido distanciada de vosotros es la decisión que he tomado. Llevo días sin encontrarle sentido a mi vida e incómoda conmigo misma. Necesitaba aclararme y resolver lo que me pasaba... -solté la arena y me sacudí las manos-. La próxima semana ingreso en un convento.
    -Retirada espiritual temporal... -adujo titubeante Siem convencido de que no sería así.
    Me conocía hasta el punto de saber que mis decisiones no eran producto de la precipitación, aunque podrían ser equivocadas.
    Negué con la cabeza.
    -Elección de vida.
    -¿Te vas a hacer monja? -Diantha cruzó las piernas sobre la arena.
    -Novicia de momento.
    -Monja...
    Una sor presa.

sábado, 19 de marzo de 2022

52. La merienda


    La verja tardó en abrirse unos cinco segundos.
    Avancé por el camino de gravilla insegura, con un nudo opresor en el pecho y la vista borrosa fija hacia donde se dirigían mis pies.
    Desde la parte de atrás de la mansión vislumbré a los San Bernardo correr en mi dirección. Cuando me dieron alcance nos detuvimos al tiempo. Me observaron orientado el hocico hacia mí para olisquearme en la búsqueda de cualquier resquicio de aroma familiar. Desconozco si me confundieron con Cintia, pero permitieron que les acariciara el lomo e incluso les gustó que tomara la iniciativa de hacerlo. Juntos recorrimos la distancia que se interponía hasta el porche, donde nos separamos. Al llegar a la entrada, la puerta se abrió y al otro lado apareció Andrés, a quien la antigua señora había rebautizado como André, porque le parecía más sofisticado que los empleados de la mansión adoptaran la versión francesa de sus nombres. El mayordomo no era dado a reflejar emoción alguna que le delatase, pero en esa ocasión el asombro que percibí podía deberse al parecido con mi hermana o a que no albergaba esperanzas de que el taxista me trasladara el mensaje y acudiese a la mansión. Se retiró cediéndome el paso.    
    -El señor Federico le espera. Acompáñeme, por favor.
    Osorio me esperaba. Que intuyera que aceptaría la invitación podría inducirle a pensar  que buscaba respuestas.
    Seguí a Andrés por el vestíbulo de ochenta metros que se ajustaba a la descripción leída en el manuscrito, con unas escaleras centrales de mármol al fondo que ascendían a otras estancias de la finca. Los dormitorios de la planta baja los ocupaban Federico y Cintia, que dormían separados, y en el pasillo paralelo el servicio.
    El mobiliario era antiguo y los retratos que decoraban las paredes me sonaban sin haberlos visto antes. La mansión era como la imaginaba.
    Nos detuvimos delante de una puerta cerrada que Andrés golpeó con los nudillos antes de entrar. Era la salita del te, donde Federico recibía las visitas.
    -La invitada ha llegado, señor.
    Me indicó que pasara con un movimiento afirmativo de la cabeza y se aproximó hacia el señor.
    -Por fin nos conocemos -se enderezó con dificultad ayudado por el mayordomo, que le sostenía por un brazo.
    -No se levante, por favor.
    Me acerqué a él apresurada. Me pareció tan frágil que temí que por no perder la cortesía sufriera un accidente desafortunado.
    Tendió la mano hacia mí. Se la estreché agradeciendo en silencio que tomara las riendas de la situación. Puso su otra mano sobre la mía con gesto paternal... o de abuelo a nieta... ¿Qué supondría mi presencia para él? 
    -Celebro recibirte. Tenemos asuntos sobre los que conversar, aunque me temo que no podamos tratarlos hoy todos. Estoy sujeto a achaques de la edad y me fatigo con extraordinaria facilidad -asentí comprensiva-. Andrés, por favor, que nos traigan la merienda -el mayordomo acomodó a Federico en la butaca y salió servicial de la sala. Su mirada satisfactoria me alivió-. Lo sé todo, querida.                                             

domingo, 13 de marzo de 2022

51. La decisión



    La cena de compromiso con los Van der Berg se fijó para un jueves. Huub me advirtió por teléfono, una vez más por si no había quedado claro, al comunicarme con la frialdad habitual, el día y la hora de la reunión familiar que cuidase lo que apreciaba.
    Ese verano decliné hospedarme en la residencia de los Bakker. Por las mañanas me desplazaba desde Amsterdam a Almere para ir a la asociación St. Johannes y al caer la tarde volvía a casa. Dormía mal, comía poco y durante el día estaba irascible y torpe con pensamientos obsesivos martilleándome la cabeza sin tregua que derivaban en el mismo hombre: Niek.
     Las ojeras, la pérdida de peso y la apatía de los últimos días alarmaron a mis amigos que no entendían la razón por la que no compartía con ellos mis inquietudes, distanciándome de las dos únicas personas que siempre han estado a mi lado, pese al empeño de alejarlas de mi vida para que no fueran la diana sobre la que que los Van Heley tiraran vilmente sus dardos. 
    -Aquí nos esquivas -Diantha se sentó por sorpresa junto a mí en el banco del parque donde iba al medio día con un recipiente de comida que apenas probaba,  al que me había seguido después de terminar la jornada en la asociación. En las tardes estivales aún daba clases particulares a los mellizos Smiths, que habían cumplido once años-. No puedo mejorar las vistas, pero tengo oídos.
    Estaban al tanto del encuentro con Jenkin en la calle y el acercamiento entre ambos. Aunque estaba convencida de que no volvería a pasar semejante manifestación de deseo incontrolable, sentía que había traicionado a Antje, faltándole al respeto y rememorar el momento aumentaba la culpabilidad. Para ellos la situación era normal y el responsable de una deslealtad que no se había producido, era quien estaba casado, no yo. 
    -Oídos pacientes, espero.
    Fijó la vista en el tapeware que destapé con la ensalada mustia preparada de madrugada.
    -¿Solo vas a comer eso? -suspiró reprobadora-. Te estás consumiendo dentro de la ropa. No te distingo de tu sombra -se puso de pie con energía-. Ven a casa a comer... Si lo prefieres llamo a Siem e improvisamos.
    -No tengo apetito -volví a tapar la ensalada desganada-. Tengo que deciros algo. Si el viernes estáis disponibles os lo cuento.
    -No tienes que pedir cita para hablar con nosotros... Estás rara. Te aíslas como lo estabas antes del primer verano aquí. No eres quien te costó tanto ser y cada vez te pareces más a quien fuiste y no te gustaba.
    No quería ser quien los Van Heley pretendían, ni vivir una vida estereotipada.
    Tomaría la decisión adecuada para todos y después dejaría que la vida siguiera su curso. 

    En el atardecer del viernes, paseamos un rato por la playa hablando sobre banalidades que rompieran el hielo de mi hermetismo. Diantha y Siem me allanaron el camino para que no me costase tanto intervenir, expectantes. 
    Nos sentamos a orillas del mar. Quise que fuera el mismo lugar donde empecé a despertar, a conocer a una extraña, a descubrir quién era bajo un tapiz azul marino oscuro salpicado de lunares blancos fosforescentes.
    A principios de septiembre iniciaría una nueva etapa. Un periodo de tránsito necesario. Noté que me observaban mientras admiraba el horizonte, la unión perfecta entre mar y cielo. Dibujé el símbolo del infinito sobre la arena. Respiré profundamente y me atreví a mirar unas caras que suplicaban que no alargara aún más el silencio. Era el momento.
    -Me caso.