martes, 15 de agosto de 2023

83. Dulce hogar


     La emoción empañó mis ojos al cruzar el jardín y si no hubiera tenido guardaespaldas velando mis intenciones, se me habrían saltado las lágrimas después de abrir la puerta de casa y volver a ver mis cosas. Mi mirada voló hacía mi rincón favorito, donde mi sofá me aguardaba.

    El intruso echó un vistazo lento desde la entrada asintiendo con la cabeza hasta encontrarse con mis ojos.
    -Tu casa se parece a ti. Es agradable y acogedora -se echó a reír dejando la maleta a un lado del vestíbulo.

    Subí a la primera planta con Daniel a un paso  cargando la maleta que no había permitido que yo cogiera. En mi habitación todo estaba en orden. Tenía una sensación rara mientras recorría las estancias.  Había pasado tantas semanas fuera que los muebles y mis efectos personales parecían los de otra persona.
    -Al parecer por aquí no han pasado mis homólogos.
    -Ni los ladrones.
    De nuevo en el comedor extraje la barra de pan de la mochila y los envases de pavo y queso y se los mostré con aire resignado. No había imaginado que la primera noche en casa estaría acompañada.
    -No contaba con tener invitados así que nos tendremos que conformar con esto. Veré si en la cocina hay algo más que no esté caducado.
    -Eres ordenada incluso cuando tienes que salir corriendo -cogió de encima de la mesa auxiliar del salón el marco con forma de árbol de cuyas cuatro ramas pendían fotos de Siem y Yani con Berend, Diantha con Maas y una imagen tomada en el puerto de Almere más de diez años atrás en la que aparecíamos los tres amigos. 
    -¿Quiénes son?
    Una sonrisa acudió a mis labios. Cuánto los echaba de menos.
    -Mi familia.
    -Eso me lo tienes que contar.
    -Ya veremos.

    El frigorífico me devolvió un profundo hedor a podrido. Metí la comida estropeada , frutas, verduras, huevos y yogures, en una bolsa de basura que tiré más tarde y rescaté un par de refrescos y galletas saladas.
    Nos sentamos en el sofá, con la barra de pan partida en cuatro trozos rectangulares sobre una bandeja. Los cinco primeros minutos comimos en silencio. Teníamos tanta hambre que los mordiscos que arrancábamos al pan nos llenaron los carrillos.
    La conducta de Daniel había variado radicalmente desde la noche de la cena en el bajo de Cándida, lo que hacía que tuviera mis reservas acerca de sus pretensiones. Desde que despegáramos de Madrid era amable y se mostraba relajado. Los reproches del jueves anterior fueron sustituidos por el buen humor. Cada indirecta, cada sarcasmo aludiendo a mi situación terminaba con una sonrisa amplia o una carcajada que me enervaba. ¿Tan poco empatizaba con mis circunstancias que no concebía que el futuro inmediato me aterrara?
    En dos meses no le había visto reír tantas veces seguidas.
    Daniel disfrutaba de sus sarcasmos mientras yo divagaba sobre cual sería la causa y donde acabaría aquel viraje inesperado.
   -Y bien
    -Y bien,  ¿qué?
    -Háblame de tu familia... La de Ámsterdam.
    Estaba agotada y no quería dilatar la hora de irme a dormir, así que sin dar detalles le conté que Diantha y Siem eran mis "hermanos" aunque no nos unieran lazos de sangre y que vivían en Londres.
    Se contentó con poco y no preguntó nada más. Estaba tan cansado como yo.
    Al día siguiente me esperaban sorpresas.

82. Ámsterdam

 

    Se valió de su profesión para averiguar el número de vuelo, la plaza que yo ocuparía y de salida del avión. Un golpe de suerte fue responsable de que el asiento al lado del mio estuviera disponible cuando compró el billete.

    Tras el relato en la cena sobre lo sucedido a Jenkin, mientras el resto de comensales reaccionaban atónitos y él me increpaba, decidió viajar a Ámsterdam. Y no lo haría con discreción, escondiéndose y siguiéndome a cierta distancia, sin junto a mí, literalmente, sin separarse un segundo para no perderme de vista. Se me adhirió como una lapa.

    No hablamos demasiado. Apenas intercambiamos unas frases. Daniel estaba dicharachero y pizpireta, como si se hubiera tragado a Sofía de un bocado, muy distinto a como se marchó la noche de autos. Estaba ansiosa por llegar al destino y según iba avanzando la tarde, la tranquilidad con la que había hecho el equipaje y me había despedido de mis nuevos amigos, me abandonó poco a poco.
    -Mi madre se alegrará de hayamos compartido viaje.
    Movía los dedos sobre el asiento con agilidad.
    -No me mencionó que tenías intención de ir a Ámsterdam -la desgana se podía percibir en el tono apagado de mi voz.
    -No lo sabe. Le dije que pasaría unos días fuera de Madrid con una amiga, pero no dónde -su amplia sonrisa me pareció bonita-. ¿Es seguro para el bebé que vueles?
    Al ver mi mano que rezaba mi vientre ligeramente la expresión risueña de su rostro mudó a un sería cargada de preocupación.
    -Tan seguro como viajar en coche, tren o barco... Si no te importa... -me puse los auriculares conectados al móvil para escuchar música.
    Asintió con la cabeza dada por zanjada la conversación. Al poco sacó un libro del bolsillo de su mochila y se entretuvo leyendo.
    
    Cuando aterrizamos, por deferencia a Cándida, le guié a la cinta transportadora por los pasillos del aeropuerto. Allí recogimos nuestras pertenencias y nos dirigimos a la salida. No detuvimos. Una suave brisa nos recibió. Aspiré el aire de la noche cerrando inconscientemente los ojos.
    -¿Estás bien?
    -Perfectamente... ¿Dónde te hospedas?
    Si era necesario le acompañaría hasta la habitación para asegurarme de que se quedaba allí dentro.
    -¿Tienes gato?
   -De tenerlo habría muerto por inanición.
    -Ya serían dos cadáveres sobre tu conciencia -se echó a reír. Me irritaba. 
    -Sesgar tu vida no me causaría el menor remordimiento... Voy a coger un taxi, ¿dónde te dejo?
    -En tu casa... tengo alergia al pelo de gato pero como no tienes... No tengo reserva en ningún hotel.
    No podía tener la cara más dura.
    -Buscaremos uno o un hostal... -saqué el móvil del bolso resuelta.
    -Son casi las once, no hablo palabra de neerlandés y eres la única persona que conozco aquí -el deje lastimero no me apenó en absoluto. Que se las arreglara como pudiera.
    -Con tu lengua afilada no tendrás problema en hacerte entender.
    -Cándida no esperaría menos de ti.
    Me dirigí a uno de los taxis disponibles con Daniel pisándome lo talones. Mientras el conductor me ayudaba a meter el equipaje en el maletero le miré por encima de la puerta.
    -Esta noche -declaré.
    Sonrió complacido.
    Habían cumplido su objetivo.

domingo, 13 de agosto de 2023

81. El viaje

 

    Degusté un croissant, aún caliente, relleno de crema de cacao. Se los vi sacar del horno a la dependienta de la panadería y el aroma poco acostumbrado del dulce me produjo tal satisfacción que le pedí que me pusiera uno además de la barra de pan que había ido a comprar. Sentada en el primer banco que divisé al salir del establecimiento, al morder la tierna masa templada en su interior, tras ceder entre mis dientes el crujiente exterior pintado con clara de huevo, cerré los ojos entregándome al placer. El segundo bocado superó al primero al notar la textura del chocolate fundido mezclándose con el hojaldre que lo rodeaba. Entré en éxtasis y si mi cuerpo no se elevó por encima del asiento, fue consecuencia del peso de la mochila que sostenían mis rodillas.

    El avión despegaba a las siete y media de la tarde. No llegaría a casa antes de las doce de la noche. Previendo que la comida del frigorífico se habría estropeado, compré lonchas de pavo y queso envasadas para la cena.

    Leonardo me llevó al aeropuerto. Fue la primera persona con la que traté y la última de la que me despedí. Cándida hizo que le jurase, sustantivo más vehemente y castozo que la acción de prometer, que le informaría sobre las noticias que se produjeran en adelante. Eligió un forma elegante de pedirme que le contara cuántos años me caerían en chirona. Me abrazó tan fuerte y durante tanto tiempo, que el calor de sus brazos me acompañó un buen rato. Me entristecía dejar Madrid y mientras tomaba asiento en mi localidad divagué sobre cómo se había diluido el miedo que sentí cuando puse los pies en la capital. Me llevaba el cariño de las personas a las que había abierto el corazón y que pese a mi confesión era percibía inalterable. Averiguar que tenía una familia que los Van Heley me negaron, fue motivo de satisfacción, impotencia y pena. Pensar en el sufrimientos de mis padres al creerme perdida con el legado de Jenkin en el vientre me estremecía.
    Desconocía que me aguardaba en Amsterdam, pero si iba a vivir entre rejas, mi pequeña, estaba convencida de que sería un niña, tendría a los mejores tutores en Diantha y Siem, a los que tenía muchas cosas que contar y ganas inmensas de hacerlo. Similitudes en la vida de dos gemelas que han crecido separadas. La historia se repetía. Mi hermana había pasado por lo mismo que yo tendría que asumí y aprendió de sus errores como me correspondía hacer a mí.
    
    El avión estaba a punto de despegar. Los pasajeros se acomodaban en sus asientos. El mio estaba al lado de la ventanilla. Miraba hacia fuera distraída cuando un cuerpo me ensombreció. No aparté la vista del exterior hasta que mi compañero de vuelo se sentó. Le miré y me sonrió como nunca antes le había hecho hacer. Describir que el corazón estuvo a tres movimientos de salir disparado por la boca desde el pecho se aproximaría poco a la reacción de mi cuerpo.
    -Tú -susurré.
    Se ajustó el cinturón de seguridad risueño con un exceso de energía.
    -Me apetece conocer Ámstedam.
    Suspiré resignada.
    Daniel.

sábado, 12 de agosto de 2023

80. Londres


 Mis mejores amigos acabaron viviendo en el mismo edificio separados por una planta.
    A Yani le ascendieron de recepcionista a jefe de recepción. Se encargaría de organizar los turnos de sus compañeros y de garantizar a los clientes una estancia agradable en el hotel. El cambio de cargo y la posibilidad de promoción en la cadena hotelera para la que trabaja fue un determinante para que Siem se mudara a vivir a Londres. El primer año trabajó en un colegio de Windsor, el siguiente consiguió la plaza que un profesor dejaba vacante al jubilarse en la University College London.

    Intervino el azar o la vida, que cambia cuando menos se espera, pero en ese mismo periodo de adaptación al nuevo entorno, la Folkloric Band firmó un contrato de cinco años con una discográfica londinense y Maas puso rumbo a Reino Unido. Diantha, que nunca antes había apostado tanto por una relación, abandonó la estabilidad laboral que tenía en Ámsterdam por otra incierta, para seguir a su novio, que la recibió con los brazos abiertos.
    Seis meses después de dar a luz, entró a trabajar en un laboratorio farmacéutico en la que ya es parte de la plantilla indefinida.
    
    Maas no quería ser padre a corto plazo, ni siquiera se planteaba serlo a largo plazo. Su carrera musical era lo más importante para él y evitaba distracciones. Diantha quería experimentar los cambios hormonales y físicos que se producen durante el embarazo y cuando Siem y Yani tomaron la decisión de volver a intentar ser padres y lo comentaron en una comida, como años atrás, Diantha se ofreció a prestarle su vientre. Salvados los escollos legales y los interminables trámites, una mañana de octubre, Berend, mi ahijado, lloraba al percibir la luz con la piel erizada por el cambio de temperatura. Desde ese día casi han pasado tres años.
    
    Me quedé sola en Ámsterdam. Jenkin no supuso un punto de apoyo. Nos veíamos en el apartamento alquilado y en un par de ocasiones volvimos a la casita de Leeuwarden. Nunca le exigí que se divorciara de Antje, pero le pedí que si no pensaba hacerlo, continuáramos con nuestras vidas por separado. Él ya tenía una familia, pero yo estaba perdiendo la posibilidad de tener la mía, aunque fuera ajena a él. Cada vez que viajaba a Londres y compartía con Siem y Yani momentos con Berend, se me removía algo por dentro. No ansiaba ser madre, anhelaba tener una relación normal y que Jenkin dejara de ocultarme. Prefería estar sola y vivir, que malvivir mal acompañada. Aún así me sacrifiqué una vez más y me mantuve a su lado. Le amaba.


NOTAS DE INTERÉS

Windsor: ciudad pequeña del condado de Berkshire a unos treinta y cuatro kilómetros del centro de Londres, conocida por el castillo que lleva su mismo nombre. 

University College Londres (UIC): universidad pública. La tercera más antigua después de Oxford y Cambridge. 


domingo, 16 de julio de 2023

79. Cronología

 

    A la vuelta de Leeuwarden nos despedimos en el vestíbulo de mi casa con la firme convicción de cortar de raíz cualquier tipo de trato posterior a la estancia en la casita de campo. No fue necesario que ninguno de los dos lo manifestara con palabras, la intención de no volvernos a ver estaba implícita en esa última mirada que compartimos antes de cerrar la puerta. Era lo mejor. Jenkin tenía un familia de la que ocuparse y aunque la convivencia con Antje hubiera derivado al costumbrismo, no era razón suficiente para alargar un fin de semana que atesoraríamos en nuestros recuerdos por tiempo indefinido con encuentros fugaces. Al menos así fue durante unos meses.

    El teléfono sonó. Me desconcertó leer el nombre en la pantalla del móvil de la persona que llamaba. El corazón me dio un vuelco, no lo esperaba, pero al despabilarme, mi dedo no dudó un segundo hacia que icono desplazarse. Me he preguntado muchas veces qué hubiera pasado si no lo hubiera hecho. Si Jenkin hubiera insistido en hablar conmigo o hubiera captado mi falta de interés por retomar la relación que teníamos antes de viajar a Leeuwarden. Me equivoqué al rozar el icono verde en vez del rojo.
    -¿Cuándo nos vemos?
 Conciso no se valió de un pretexto para justificar la llamada. Tampoco lo necesitaba.Tenía ganada mi voluntad.
    -A partir de las siete estoy en casa.
    
    Y me dejé llevar... otra vez. Sucumbí a lo que sentía sin valorar si hacía lo correcto. Desprovista de cualquier tipo de consideración hacia Antje,  que por otra parte no merecía, me convertí en la amante de su marido durante años, esperando a que el hombre que compartíamos nos reubicara en su vida, a ella en calidad de ex mujer y a mi de pareja legítima.
    Medio año tardé en darme cuenta de que Jenkin no era el hombre idealizado a los quince años. Me ocultó al mundo. No permitía que transitara por las zonas que él frecuentaba y si coincidíamos por casualidad, me lo reprochaba como si fuera una niña pequeña que se había portado mal y luego me abrazaba y me decía que teníamos que ser cautos hasta que le contara a Antje que estaba enamorado de otra mujer. No le mencionaría mi nombre para evitar que hiciera conjeturas que concluyesen en que le había estado engañando. De ninguna de las maneas podía dejar que pensara que había sido desleal. Simplemente se había enamorado. Sin traiciones. Le habría respetado hasta el día en que se divorciasen.
    Estuve ciega mucho tiempo hasta la mañana que abrí los ojos y lo vi todo claro. No aguantaría un minuto más siendo la amante. Los Van Heley me recluyeron en un internado y en una habitación de su casa casi dos décadas y Jenkin delimitaba el perímetro por el que me podía transitar. Mi mundo se redujo a los encuentros en el apartamento. Diantha y Siem se mudaron a Londres y yo me quedé sola... Sola con él, al que me aferré con ganas.
    Una tarde salió al balcón y se cayó... intervine un poco. Sin querer.



78. La verdad

    -Llegué a Madrid huyendo de Ámsterdam... -miré a Cándida. No me creyó cuando el segundo día le confesé lo que iban a saber todos-. Es verdad que tiré a mi amante por el balcón por accidente.
    -No me lo puedo creer... no era broma.
 -Quedamos en el apartamento donde nos encontrábamos. Yo quería terminar la relación. Él estaba casado y yo cansada de esperar a que se divorciara de su mujer. Sin querer derramé una copa de vino sobre su camisa -en mis recuerdos rescatados de esa tarde, Jenkin hacía aspavientos con los brazos haciendo alusión a mi torpeza. Percibir otra vez su frialdad me entristeció-. Se enfadó. Mientras buscaba algo con que limpiar la mancha, salió al balcón sin que me diera cuenta. Al pasar por delante de la puerta abierta la empujé ignorando que él estaba afuera... Oí un grito desgarrador. Fue horrible- las manos empezaron a temblarme-. Me asusté mucho. Si la policía me encontraba allí, pensaría que la caída había sido intencionada y me fui. Recogí algunas cosas de mi casas y tomé el primer vuelo que salía del aeropuerto... El destino me era indiferente. Así llegué a España.
    Cándida me acercó un vaso de agua. Bebí poco a poco, intentando que el nudo que me oprimía el pecho disminuyera y que los pinchazos remitieran.
    -¿Te largaste sin comprobar cómo estaba? -a Daniel le importó poco que estuviera a punto de sufrir una crisis de ansiedad. Lo que estaba escuchando para él era inaudito. Un acto cobarde.
     -Entré en pánico. Al dejar el edificio por la puerta de atrás oí la sirena de la ambulancia, puede que fuera el coche policial, no lo sé y los murmullos de la gente.
    -¡Madre de Dios! -Trini volvió a santiguarse.
    -No sabía que estaba en el balcón -Cándida empatizó con las circunstancias con su mano acariciando mi espalda para insuflarme calor.
    -No le prestó auxilio -el hombre de ley insistió.
    -Estaba asustada -añadió Leonardo-. Cuando uno pierde el control sobre si mismo difícilmente puede actuar con sentido común.
    -Las pesadillas... -Claudio se pronunció- durante varios días fueron constantes.
    Asentí con la cabeza, más calmada,  y el vaso entre las manos.
    -Desde ese día mi vida es un calvario... las noches también -agaché la mirada antes de detenerla una migaja de hojaldre que solitaria pernoctaba encima del mantel-. No actué bien. Encadené un error tras otro... -bebí más agua-. Vuelvo a Ámsterdam para afrontar la situación. Tengo una familia a la que me gustaría conocer y voy a ser madre. No quiero vivir más tiempo con la incertidumbre de no saber qué pasará mañana.   
    -El miedo es irracional- adujo Isasi.
    -Buen pretexto -Daniel se recostó sobre el respaldo de la silla cruzando los brazos a la altura del pecho.
    -Si tuviera tu fortaleza mental no cargaría con lo que hice el resto de mi vida -mis palabras no le causaron mayor efecto que el de una carcajada irónica. A veces tenía la sensación de que se burlaba de mí.
    -Fue una caída accidental -Sofía, a quien la noche le estaba dando ideas para una novela de intriga,  acudió en mi rescate- El tipo se volvió loco y se cayó por el balcón...
    -No le demos más vueltas... -Cándida estuvo sentada a mi lado desde que empecé a contarles ese hecho de mi vida que tanto lamentaba, mostrándome su apoyo-. Cielo, no te martirices más, a lo hecho pecho. Aclara las cosas en Ámsterdam y vuelve cuando quieras, en casa no te faltará una cama donde dormir ni un cocido que degustar.
    -A Sofía y a mi nos complacería que visitaras El hidalgo cuando regreses.
    -Con el bebé -añadió la biznieta-. Quiero conocerle.
    Leonardo carraspeó.
    -Si necesitas un taxista hablador como yo no encontrarás ninguno.
    Sonreí levemente.
    -Gustoso me desplazaría desde Salamanca para volver a cenar con todos vosotros -el profesor se atusó el bigote.
    -¿Una infusión? -Trini se puso de pie como un resorte.
    Todos se quedaron un rato más, excepto Daniel, que se marchó reflexivo.
   En Madrid  había hecho amigos, pero también tenía un enemigo


domingo, 2 de julio de 2023

77. Leeuwarden

 

    Mientras despegaba los párpados percibí el silbido aflautado de los pajarillos madrugadores y claridad en el dormitorio. No estaba sola. Miré a mi acompañante unos segundos. Verle durmiendo no me causaba el más mínimo deseo de mantener los ojos sobre él en actitud contemplativa más de dos segundos. Me gustaba más despierto.
    
    Estábamos en Leeuwarden, tierra de Margaretha Geetruida Zelle, Mata Hari, a la que se le daba mejor mover las caderas con gracia que espiar. Una mujer que desprendía el desparpajo que a mi me faltaba. Jenkin alquiló una casita rural construida en madera, de dos dormitorios, salón y cocina en un único espacio y un baño. Lo que más me gustó fue el pequeño porche que precedía la entrada con una mesita redonda sobre la que una tetera vieja servía de recipiente a las flores silvestres y frescas, cortadas recientemente, y un par de sillas. Nos habíamos concedido un fin de semana sin propósitos ni planes, alejados del entrono y la rutina.

    Dos semanas atrás se había producido la comida con Antje, al volver a casa esa tarde, tras descubrir que era la responsable de que perdiera al bebé, llamé a Jenkin fuera de si.
    -Necesito verte.
    -¿Estás bien?
    -Ven.
    Le mandé la dirección de mi casa y al cabo de una hora al abrirle la puerta me abalancé sobre su boca y descargué en beso furtivo la desesperación y rabia que no abofetearon la cara de su esposa concentradas en mi mano. Jenkin me respondió con las ganas aumentadas por los años y paró cuando su cerebro fue perdiendo el control sobre su cuerpo estimulado. Con sus manos en mis mejillas y la respiración entrecortada, clavó los ojos en los míos.
    -A finales de mes tengo un viaje de trabajo. Ven conmigo.
    Acepté sin dudar.

    El doctor Brouwer participaba en una conferencia en el auditorio de la facultad de medicina a la que hubiera asistido de buen grado, si a él, no le hubiera parecido inapropiado que desconocidos nos viesen compartiendo el aire el mismo día. Ni siquiera aprobó que mientras estuviera conferenciando paseara por las calles de la ciudad y luego nos reuniéramos en un punto lo suficientemente alejado de la universidad para volver juntos a la casita, considerando imprudente, que a pesar de los cientos cuarenta kilómetros que nos desunían de Ámsterdam. Debí darme cuenta que tanta insistencia por esconder mi presencia era el indicio de la vida que me esperaba a su lado, sólo que entonces ni teníamos una relación ni pensaba que la íbamos a tener más adelante. Simplemente estábamos allí porque nos apetecía.

    Le complací y deambulé sola entre la hierba crecida que llegaba hasta las rodillas y bajo el sol primaveral de abril imbuida en mis pensamientos. Dispersas en el horizonte había casas de madera como la nuestra lo bastante retiradas de miradas curiosas que inquietaran a Jenkin.

    En tercero de filología salí un semestre con Noah, compañero de clase asiduo a la biblioteca. Ninguno de los dos se enamoró del otro. Congeniamos, nos gustamos y compartimos horas juntos los fines de semana. Romper la relación no fue dramático para ninguno de los dos. Ni nos echamos de menos, ni lloramos sobre hombros amigos, ni sufrimos lo indecible. Dejamos de vernos de forma natural paulatinamente, entendiendo que nuestro momento estaba pasando y perder el tiempo no se encontraba entre nuestras prioridades. Esos meses con él, constaté que Diantha tenía razón al afirmar que se pueden experimentar sensaciones, incluso placer, con personas a las que no te une el amor, tan sólo el deseo de explorar con todos los sentidos... Y eso hice. Descubrí que el cuerpo es un instrumento con infinidad de acordes y melodías y la música empezó a tener otro significado.
    Jenkin y yo compusimos una banda sonora que anticipamos concluiría en nuestro refugio de un fin de semana. No fue así.
    
    A punto de retornar al mundo real me percaté de que no tenía el móvil en el bolso. Lo buscamos por todas partes sin éxito.
    -Llámame -le pedí.
    La llamada sonó en el interior de la bolsa de viaje. La abrí para recuperarlo y vi el número desde el que Jenkin me había marcado. No lo conocía. Le miré extrañada  saliendo de la casita mientras él guardaba nuestras pertenencias en el maletero. 
    -¿Tienes dos dispositivos?
    Cerré la puerta con llave y se las tiré para que las cogiera al vuelo. Debíamos entregárselas al propietario en la dirección donde las habíamos recogido el día anterior.
    Agité el móvil en el aire.
    -No conozco éste número.   
    -Ah, sí -no contestó inmediatamente. Le noté apesadumbrado. Se acercó a mí y me rodeó la cintura por la espalda.- Es el móvil personal. Compré otro para hablar sólo contigo.
    No me engañó con el beso que depositó en mi mejilla antes de dirigirse al coche. La discreción respecto a cualquier tipo de relación que tuviéramos rebasaba límites. Para Jenkin existía cuando hablaba conmigo a escondidas o nos veíamos lo más lejos posible de nuestro entorno.
    -¿Nos vamos? -me sonrió con la puerta del coche abierta. 
    El amor hace que mires hacia otro lado cuando las primeras señales de que algo va mal aparecen. 
    Asentí pensativa.