domingo, 12 de noviembre de 2023

90. Paternidad

 

    En esos días en los que Daniel permaneció en Holanda agendé una cita con mi ginecóloga para una revisión rutinaria. No había visitado a ningún facultativo desde que en Madrid me dieran la inesperada noticia del embarazo y no había tenido un seguimiento médico que indicara que todo estaba en orden. Tranquila por el giro de los acontecimientos, podía permitirme hacer planes a corto plazo.

    Visitamos el Cuyp por la mañana. Daniel adquirió varios frascos de mermelada casera y arenques envasados para Cándida, que al enterarse de cuál había sido el destino elegido por su hijo y quien la compañía, dio un pequeño grito que mostraba su alegría y una vez más le encomendó que me cuidara. 

Sobre las dos de la tarde nos comimos unos bocadillos de salmón en el Sarphatipark frente al lago. Allí permanecimos un rato al amparo de un castaño contemplando a los patos en su hábitat natural. Algunos turistas les hacían fotos que olvidaría al regresar a sus hogares. 
    -Los animales viven expuestos en un escaparate permanente -cogí una hoja del suelo a la que le di vueltas por el tallo-. No pueden elegir pasar desapercibidos. Son el centro de atención por pertenecer a otra especie.
    -Se acostumbran a que los observen y huyen cuando desconfían de los osados que intentan tocarles. El peligro agudiza los sentidos en animales y humanos -se puso en pie y extendió la mano en mi dirección para ayudar que me levantara-. ¿Vamos?

    Caminamos hasta la consulta a unos veinte minutos de donde nos encontrábamos. Era agradable volver a tener compañía aunque supusiera admitir lo sola que había estado los últimos años. Mi vida se había limitado a reunirme con Jenkin en apartamento y en un par de ocasiones me premió con una escapada a Leeuwarden. No quedaba con compañeros del trabajo fuera del horario laboral, ni iba a comidas o cenas de empresa porque mi presencia en cualquier parte era una amenaza para el doctor Brouwer. Asumí sus absurdos temores.
    Cuando la enfermera mención mi nombre le pedí a Daniel que entrara conmigo. Sorprendido por la petición accedió de inmediato.  Juntos oímos el vigoroso latido de la pequeña. Nos miramos embargados por un extraño vínculo que nos unió unos minutos, entusiasmados por la imagen que nos devolvía el monitor. Mi hija crecía sana dentro de mí. Respiré aliviada. Sin embargo, Daniel se sumergió en un silencio atípico que duró lo que tardamos en llegar a la parada de autobús. Sin querer, había comenzado a conocerle y la opacidad que mostraba era producto de la gestión de sentimientos encontrados.
    Levantó la cabeza, miró al frente y empezó a hablar.
   -Silvia no me contó que estaba encinta -su voz monótona ahondó en una herida abierta-. Me enteré después de que abortara. Encontré la factura de la clínica dónde interrumpió el embarazo arrugada dentro del bolsillo de un abrigo suyo que llevé a la tintorería. No me lo hubiera contado que había abortado sino le hubiera enseñado la factura. Para ella no era el momento de tener hijos. Priorizó su carrera profesional a la maternidad -sus ojos, en un rostro desencajado buscaron los míos-. Me hubiera gustado saber que iba a ser padre.  Que compartiera conmigo lo que planeaba hacer. Se deshizo de lo mejor de los dos.
    Entendí su actitud protectora y su insistencia en no excluir a Jenkin de mi vida sin que supiera el nexo que nos uniría siempre, pese a que lo que menos me apeteciera era tenerle que tratar.
    -Se lo contaré.
    Mi intención le satisfizo.

    Cité al doctor Brouwer una mañana de finales de agosto en la cafetería de enfrente de la editorial. Tenía una reunión de trabajo, así que aproveché mi estancia en Ámsterdam para quedar con él. Durante este tiempo me había llamado y escrito mensajes que ignoré. Sus mentiras me cansaban.
    Me esperaba sentado a la misma mesa que aquella vez en que me encontró y como entonces, nuestras vistas se cruzaron cuando entré en el local. Se levantó para saludarme, sin embargo mi respuesta fue un gélido hola. Evité cualquier contacto físicos. Un beso en la mejilla o el roce de nuestra piel ya no me despertaba un sentimiento febril incontrolado, al contrario, me incomodaba sondando la repugnancia. Tess me sirvió un zumo de naranja recién exprimido. Jenkin pidió un segundo café.
    -¿Cómo estás? -trazó una sonrisa embaucadora que en otros tiempos me deshacía hasta perder la voluntad.
    -Embarazada.
    La blusa de gasa celeste que llevaba puesta era holgada, pero aún así evidenciaban un vientre abultado. Tal vez lo atribuyó a un distensión abdominal producida por gases. La sonrisa desapareció a cámara lenta de su cara, tomando el relevo una expresión agridulce.
    -¿Estás segura?
    Me hirió profundamente, una vez más. Ni los años en que había nutrido la esperanza con sus mentiras, ni las concesiones, ni mi entrega habían sido suficientes para que creyera en mí.
    -Si tan deshonesta me crees, no veo motivo alguno para continuar con la conversación. Esta historia terminó hace tiempo. Ni te imaginas el peso que mi quito de encima.
    Se pasó ambas manos por el pelo nervioso consciente de que había quemado el último cartucho. 
    -Has desaparecido dos meses, podrías haber conocido a otro hombre... Ese tipo que estaba en tu casa...
    Me terminé el zumo de un sólo sorbo recobrando la seguridad anulada en nuestra relación.
    -Adiós, doctor Brouwer.
    Estaba preparada para volver al lugar al que pertenecía.



DATOS DE INTERÉS

Sarphatipark: pequeño parque ubicado en el barrio De Pijp. Debe su nombre al doctor y urbanista Samuel Sarphati, responsable de la expansión de Ámsterdam hacía el sur en e siglo XIX.

sábado, 11 de noviembre de 2023

89. Amistad

 

    La primera quincena de agosto mis amigos se alojaron en la casa que los Bakker conservan en Almere, disponibles esos días porque ni los padres de Diantha ni sus hermanos iban a utilizarla. En conversaciones telefónicas les había adelantado algunos detalles de la razón por la que estuve un mes en silencio. Previsiblemente me reprocharon que no acudiera a ellos cuando pensaba que Jenkin estaba muerto en vez de huir a Madrid donde no conocía a nadie.  El embarazo les causó sorpresa y un moderado sentimiento de alegría. Tener un hijo del doctor Brouwer suponía permanecer ligada a él de por vida y aunque habían respetado nuestra relación, en el fondo sospechaban como yo que no nos conducía a ninguna parte. Calificaron de atroz que los Van Heley me ocultaran que mis padres vivían y que les hubiera hecho creer a ellos que una de las gemelas estaba muerta. Tuvimos tiempo de hablar largo y tendido de todo lo que les había escondido durante años. Me vacié por completo verbalizando lo que había  escrito en el diario iniciado en Madrid y asumiendo que sólo contándoles la verdad acerca de lo que había motivado algunas de mis decisiones del pasado, incomprensibles para ellos, recuperaríamos la amistad sincera cimentada años atrás.
    -Alguna vez he pensado que la cordura te daba de lado -Diantha lamió la cuchara de helado de menta con pistachos. Estábamos en mi casa bordeando la madrugada, con el tímido flujo de aire que entraba por la ventana abierta haciendo que la llama de la vela aromática tiritara sobre la mesa -Tu impronta monjil me impactó.
    -La estancia en la abadía fue una de las etapas más serenas de mi vida.
    -¿Por qué no te vienes una temporada a Londres? Podrías trabaja con el portátil y pasar tiempo con Berend... -el ofrecimiento de Siem era tentador, no obstante, sabía exactamente donde quería estar.
    -No lo descarto para más adelante -acaricié a mi hija a través de la piel de mi vientre-. Tengo que reorganizarme y cambiar algunas cosas.
    -No queremos que estés sola durante el embarazo... Ven con nosotros... Los tres juntos como antes -en la voz de Diantha había un deje de súplica ilusoria.
    -Es imposible que esté sola. Ella está conmigo.
    Mi existencia recobraba el sentido perdido.


sábado, 4 de noviembre de 2023

88. Infancia

    Daniel permaneció cinco días más en Badhoeverdrop, al sexto por la mañana temprano le despedí en el aeropuerto, donde tomó el vuelo de regreso a Madrid. Lejos de sentir alivio, me invadió una extraña sensación de desamparo. Su misión en Paises Bajos había terminado y yo volvía a estar sola. El tiempo que había estado en casa me había cuidado y protegido incluso de mis propios pensamientos.

    Tracé un itinerario que a él le valió para conocer un poco para la tierra donde siempre pensé que había nacido y a mí para mirar de frente el pasado y darle carpetazo. No es posible avanzar en el presente si los recuerdos te anclan a tiempos pretéritos.
    Le mostré la antigua residencia de los Van Heley en Willemspark, uno de los barrios más exclusivos y lujosos de Ámsterdam. La casa conservaba la majestuosidad de antaño, sin embargo estar delante de ella me produjo ninguna sensación de rechazo. Las bungavillas que lo nuevos propietarios habían plantado a lo largo del muro de piedra que separa la propiedad de la calle y las ventanas abiertas de par en par, impensable en otra época, desplazaban el aire sombrío de a finca y la dotaban de una vida inusitada.
    -Aquí empieza mi historia.
    Daniel repasó la fachada de este a oeste y de norte a sur despacio.
    -Tus abuelos estaban forrados.
    -Eran las personas más pobres que he conocido nunca, incapaces de mostrar afecto o cariño hacia otra persona. 
    Callejeamos por Museumkwatier mezclándonos con los turistas que en verano visitaban la ciudad y terminamos en la periferia, frente al St. Liselot Kathoelieke College.
    -Mi hogar sin duda. Aquí aprendí a hablar el español gracias a la profesora Alicia, que dedicaba parte de su tiempo libre en enseñarme el idioma.
    -Y luego te hiciste monja.
    -Eso pasó mucho después. Antes viví.

    El día en Almere fue espléndido. Comimos unos sándwiches en el Bos der onverzettelijken sentados a los pies de un árbol centenario con el tronco lo bastante ancho para acoger nuestras espaldas. Al caer la tarde, cuando la mayoría de bañistas se marchaban, nosotros buscamos las caricias tibias de las olas y contemplamos como anochecía a sus orillas, con la piel desprendiendo el aroma del salitre.
    -En esta playa me deshice de miedos e inseguridades y me atreví a ser quien quería -una sonrisa amarga, que no le pasó inadvertida a Daniel, se acomodó en mis labios.
    -Sólo que...
    -Sólo que al regresar a Ámsterdam me oculté tras quienes los Van Heley esperaba que fuera. Al menos supe que vivir de otra manera era posible y que algún día lo haría. 
    
    En Lisse me di cuenta de lo poco que conocía la ciudad y me prometí que volvería para visitarla en profundidad. Los años en Santa Coba, que siempre consideraré mi refugio y remanso de paz, salí en contadas ocasiones al exterior. Fueron años de recogimiento en los que no eché de menos ver la calle o tener contacto con otras personas que no fueran las hermanas de la congregación. 
    Sor Gabriëlle nos mostró complacida y orgullosa la nueva variedad de tulipanes que cultivaban en la abadía, con pétalos azules ribeteados por un tono celeste.
    Me despidió con un largo abrazo y un susurro al oído.
    -Me alegra que hayas encontrado tu lugar.
    La miré desconcertada. Mi vida había cambiado en muchos aspectos, pero no había alcanzado la estabilidad que necesitaba.
    -Aún sigo perdida en el camino.
    -Si abres los ojos verás lo que tienes delante.
    Negué con la cabeza al percatarme de que se refería a mi acompañante.
    -Créeme, lo es.
    Gabriëlle fue contundente. Ella veía intuía y se manifestaba, sin tener en cuenta las circunstancias. En el fondo deseé haber encontrado ya mi lugar, aunque no fuera Daniel.
    

 

domingo, 15 de octubre de 2023

87. Apaciguando aguas

 

   Oímos como Jenkin cerraba la puerta de jardín con profuso ímpetu. El huésped consultó el reloj con gesto grave.
    -Las dos y cuarenta. Te invito a comer... y no me vengas con que no tienes apetito porque han pasado varias hora desde que desayunaste y el bebé está hambriento... -se quitó el guante de podar y lo abandonó encima de la repisa del mueble del vestíbulo. Ordenada en exceso ver la prenda textil rompiendo la armonía del hogar sacudió mi paz interior-. Me cambio de ropa y salimos.
    Quince minutos después bajó con el pelo mojado peinado hacia atrás y las manos en los bolsillos delanteros de unas bermudas azul marino combinadas con una camiseta de algodón blanca que se ajustaba a los pectorales como una segunda piel. Descuidaba su imagen cuidadosamente. 
        -¿Nos vamos? 
      Se encaminó hacia la puerta dejándome atrás.
      
    Comimos en el único restaurante que encontramos abierto a esa hora. Aunque había pasado alguna vez por delante, nunca había entrado. Cuando Siem y Diantha aún vivían en Holanda y yo me mudé a Badhoeverdrop, nos veíamos en Ámsterdam o Almere.
    Confieso que tras la visita de Jenkin, sólo me apetecía tumbarme sobre la cama para auto compadecerme de mi misma. Demasiados años a fondo perdido al lado de un egoísta al que llevaba amando más de la mitad de mi vida.
    -Sin muerto no hay homicidio -me miró de reojo dibujando una medio sonrisa-. Te dije que quería conocer Ámsterdam y quería que tu fueras mi guía.
    Espetó mientras paseábamos por un parque al que me arrastró alegando que tomar el aire libre sosegaba el espíritu más apagado, consciente del bajón emocional en el que me sumí tras el encuentro con mi ex amante. 
    No di importancia a sus palabras hasta que segundos más tarde empezaron a darme vueltas en la cabeza. Las analicé concluyendo en lo que no había deparado pese a su cambio de actitud hacia mí.
    -¡Sabías que Jenkin estaba vivo! 
    -Hice algunas averiguaciones. Te inculpaste de un delito no cometido- se detuvo delante de mi cortándome el paso. La luz del sol aclaró el marrón de sus ojos en un tono miel-. Mi madre rara vez se equivoca con las personas y no lo hizo contigo.
    El policía se estaba disculpando.
     Le esquivé y comencé a caminar otra vez.
    -Tenías razón -me giré en su dirección-. Tomar el aire sienta bien.
    
     

domingo, 24 de septiembre de 2023

86. La explicación

 
        A veces se emplean años de la vida a esperar que lo que más se desea llegue y cuando al fin ocurre, las prioridades son otras. El desencanto desplaza a la ilusión y la esperanza se esfuma.

    Indiferencia es el estado de ánimo con el que asistí al relato de lo acontecido a Jenkin después de que su cuerpo chocara con un toldo en el descenso hacia la acera. No me interesaba que detallara el camino recorrido hasta estar sentado aún espacio de distancia de mí en el sillón del salón. Aún así le escuché sin interrumpirle. Dejé que hablara, que creyera que si le permitía darme explicaciones era porque le ofrecía la oportunidad de reconquistar el feudo perdido. El doctor ignoraba que ya no era la mujer débil de antes y que las decisiones que tomara en adelante, iban a ser firmes.
        
    Esa tarde en que todo cambió, la politie contactó con Antje para comunicarle que Jenkin había sufrido un accidente. Le aseguraron que la vida de su marido no corría peligro, paro Antje, en su papel de esposa abnegada, se plantó en el hospital en veinte minutos. Allí le contaron cómo se había producido la caída. Dos palabras le empezaron a dar vueltas en la cabeza: balcón y caída... ¿Qué hacía Jenkin en el balcón de una casa que no era la suya? Con este runrún taladrándole el cerebro entró en la habitación donde su marido, con dos vertebras rotas y varias contusiones leves, descansaba. Clavó las pupilas, cuchillos puntiagudos, sobre su rostro y formuló seca y áspera,  imitando el esparto, la cuestión cuya respuesta sospechaba:
    -¿Estabas con ella?
    Un Jenkin asombrado balbuceó mientra las dudas le invadían... ¿Quién creía Antje que era ella? ¿Cómo sabía que había un ella?¿Le habría visto alguna vez conmigo en algún lugar público y había sacado conclusiones? ¿Qué le motivaba a pensar que tenía una aventura con otra mujer con lo discreto que eran nuestros encuentros?
    -No sé no sé qué ideas te estás te estás haciendo, pero pero no son objetivas... Debería haberte contado que alquilé un apartamento para trabajar tranquilo, pero no sabía no sabía cómo te lo ibas a tomar... -tragó saliva visiblemente pálido-. Los niños son inquietos y me cuesta concentrarme cuando trabajo en casa.
    -Se acabó -sentenció Antje antes de abandonar a su marido.
    -El doctor Brouwer se quedó pensativo. A la politie no le mencionó mi presencia en el apartamento porque confesar que tenía una amante le parecía bochornoso y la mujer que le acababa de dejar se enteraría de que había estado llevando una doble vida.
    Cuando al cabo de tres días salió del hospital se mudó al apartamento de Apollbuurt. Antje cambió la cerradura de la puerta, recogió sus pertenencias de mala gana y las dejó apiladas en la entrada. Unos días más tarde recibió la demanda de divorcio con cláusulas abusivas a la que cedió para que su esposa no cumpliera la amenaza de propagar el motivo real de su separación: infidelidad continuada. La familia, los amigos y compañeros creyeron la versión pactada entre ambos a través de los abogados: desgaste en la convivencia.    
    -Soy la alternativa a la soledad -decepcionada y dolida mis ojos se vistieron de la repulsa que sentí al terminar su relato.
    -No liefde -intentó acercarse a mí. Reculé asqueada hasta toparme con el brazo del sofá. Se dio por vencido-. Nos hubiéramos divorciado de todas formas, nuestro matrimonio tenía el recorrido agotado.
    Me levanté con el corazón hecho trizas conteniendo las ganas de llorar.
    -Vete.
    -Pero liefde, hablemos -se puso de pie en actitud conciliadora. 
    -¡No llames liefde!¡Vete!
    Fui hacia la puerta y la abrí. Al otro lado el rostro alarmado de Daniel por mis gritos me serenó.
    -¿Va todo bien? -preguntó mirando a Jenkin que se acercó a nosotros.
    -¿Y éste quién es? -el doctor se creía con derecho a inmiscuirse en mi vida.
  -Un amigo -hice pasar a Daniel al vestíbulo. Los dos hombres se miraron desafiantes-. Por favor, vete.
    Jenkin se detuvo unos segundos delante de mí en el trayecto hacia la salida. La dulzura de su mirada me hubiera ablandado en otras circunstancias y hubiera accedido a su súplica.
    Me apoyé en la puerta cerrada tras su marcha y exhalé el aire contenido.

domingo, 20 de agosto de 2023

85. El suceso

 

    No correspondí a un abrazo que me incomodaba tanto como su presencia. Paradójicamente me tranquilizaba que Daniel estuviera en el jardín. El instigador de mis inquietudes pretéritas, en ese momento percibía que me protegería.
    Me deshice de sus brazos cuando tuve capacidad de reacción  y le invité a entrar al salón. Destiné una mirada desconcertada a quien le atribuí el papel de ángel de la guarda, que la recibió con aplomo, transmitiéndome lo contrario a lo que yo estaba sintiendo: nerviosismo. No tenía idea de que podía esperar de aquella visita imprevista, ni entendía cómo Jenkin se había atrevido a acerarse a mi casa... Él que cuidaba las apariencias en extremo y evitaba mi entorno para que no nos relacionasen.
    No esperó a sentarse para empezar a interrogarme herido en el pundonor.
    -¿Dónde has estado estos meses? Te he llamado cientos de veces, ¿es qué no has visto los mensajes que te he dejado? Estaba preocupado -se pasó las manos por el pelo echándoselo hacía atrás-. Estuve preguntando en el barrio si te habían visto recientemente pero solo obtuve negativas, incluso le di mi teléfono a una vecina para que me llamara si volvías o notaba movimientos en la casa... Después de todo lo que he pasado, no esperaba un recibimiento tan frío.
    Su voz dramática denotaba inquietud con un trasfondo de enojo. Advertí que había adelgazado por las marcadas ojeras que ribeteaban los párpados inferiores. Tardaría poco en saber si tenía delante al doctor Jekyll o era el señor Hyde quien hablaba.
    -He estado en Madrid.
    -En Madrid... ¿qué diablos hacías allí? Te necesitaba aquí... Por dios... Esa tarde -en la que Hyde me reprendió y no olvidaría nunca- me precipité por el balcón... La barandilla cedió al intentar coger la camisa que me resbaló de las mano... -curioso que me lo estuviera contando como si no hubiera estado allí... Él no sabía cuando me había ido del apartamento-. El toldo de la cafetería evitó que la caída tuviera consecuencias graves -entrelazó los dedos y se mordió el pulgar-. Desapareciste de pronto... Y ahora te miro y solo veo indiferencia. Ni siquiera te alegras de verme... ¡Podría estar muerto!
    -Para mí lo estabas.
    Entrecerró los ojos ladeando la cabeza hacia un lado como si delante de si tuviera un cuadro abstracto de compleja interpretación.
    -¿Qué dices...?
    -Te enterré y huí sin derramar una lágrima por una historia concluida. Sentí alivio al convencerme de que no te vería más. Tu estarías en tu mundo... -me contuve de decir "otro mundo"- y yo en el que debía volverme a rehacer para un nuevo comienzo... Sola.
    -No sé lo que has hecho en Madrid, ni qué te indujo a irte de esa manera... Estás confusa -suavizó el tono. Conocía la táctica, después de los reproches, el hombre flexible y dulce se imponía-. Esto no ha terminado. Tenemos que hablar, lo haremos... Juntos superaremos cualquier diferencia que nos separe.
    Le miré agotada y enfadada directamente a los ojos sin hallar en ellos el candor del amante enamorado.
    -¡No lo quieres entender! Ese día quedé contigo en el apartamento para acabar con una relación que no tenía sentido. Me ha costado años darme cuenta, años en los que no he hecho otra cosa que esperar y esperar en balde a que me dieras mi sitio. Lo último que deseo es volver a lo mismo de antes.
    Se levantó del sillón dos plazas perpendicular al que yo ocupaba y se sentó a mi lado. Reculé instintivamente. Apretó el puño impotente. Me estaba resistiendo demasiado a sus encantos y no estaba acostumbrado a que no sucumbiera a él con un par de caricias.
    -Nada va a ser igual que antes, te lo garantizo.
    -¿Qué ha cambiado?
    -Me he divorciado de Antje.
    Esbocé una breve sonrisa irónica que contenía la frustración de años.
    Tarde, demasiado tarde.


NOTAS DE INTERÉS

Doctor Jekyll y señor Hyde: la autora hace alusión al relato escrito por Robert Louis Steveson, "El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde", publicada en 1886. En el mismo, Jekyll, es un científico que elabora una poción capaz de desunir en una persona la parte humanidad de la maldad. Cuando el doctor toma el brebaje se transforma en Hyde un hombre mezquino sin escrúpulos.
    


sábado, 19 de agosto de 2023

84. Espectro

 

    Me desperté pasadas las diez y media de un sueño reparador al que me ayudó a sumirme la ducha que me di antes de acostarme y que me liberó de los dolores musculares producidos por la tensión.
    Al ver la hora en el despertador di un respingo en la cama no habituada a levantarme tarde. Me acordé que tenía un huésped y me pregunté de inmediato si se habría despertado y en caso de que así fuera en qué habría empleado el tiempo mientras yo dormía... ¡En registrar la casa! No tardé cinco minutos en vestirme y bajar al salón. La puerta de entrada estaba entornada y desde afuera un sonido metálico que sólo identifiqué cuando me asomé a la ventana se repetía con distinta intensidad. Daniel estaba concentrado en cortar los hierbajos de un césped desigualado. Sonreí aliviada y me recosté en la jamba de la puerta hasta la que me desplacé, unos minutos antes de que se girase en mi dirección y me saludara entusiasmado.
    -Buenos días, bella durmiente -su humor seguía siendo excelente. El mío había mejorado-. Tienes el jardín descuidado... por suerte he encontrado estas tijeras de pecado. Mi pericia hará el resto.
    -Hay unos guantes y tijeras de podar en ese arcón - levanté la barbilla hacia el mueble de madera situado debajo de una de las ventanas.
    -Está cerrad y me parecía feo forzar la cerradura.
    Entré en casa y del primer cajón del armario del vestíbulo saqué una llave que le lancé a Daniel para que la cogiera al vuelo.
    -Gracias... He ido a comparar un poco de fruta, pan y leche al supermercado más cercano que he localizado -caminó hacia el objetivo y lo abrió-. Podríamos ir al mercado ese tan conocido que tenéis en Ámsterdam... ¿Cómo se llama? -se quedó pensativo intentado recordar el nombre al tiempo que se ponía los guantes.
    -El Cuyp... Tendrá que ser antes de ir a la comisaría, después no sé si te podré acompañar -bromeé para asombro del policía y el mio propio.
    -Un día más en confesar el crimen no repercutirá sobre la condena -los comentarios rozaban el humor negro pero me divertían-. Desayuna y luego hablamos.
    Encima de la mesa de la cocina unos plátanos, unas manzanas, unas peras y unos melocotones dentro de un cesto de mimbre que habría encontrado en alguna parte daban un toque hogareño al habitáculo. Una taza vacía y dos rebanadas de pan integral de molde sobre un plato componían el bodegón. Había preparado café. Estaba hambrienta. En la servilleta una orden caligrafiada de Daniel: abre el frigorífico.
    Le hice caso. Un bol con una macedonia de fruta me aguardaba. El hombre de ley era detallista. A excepción de Siem, la temporada que estuve viviendo en su apartamento y de Diantha después del atropello, nadie me había preparado el desayuno, ni siquiera al que consideraba el hombre de mi vida.
    
    Los veranos en Ámsterdam son como las primaveras poco calurosas de Madrid. Rara vez las temperaturas traspasan la línea de los veintiún grados y las noches son frescas. Ese domingo el sol calentaba moderadamente. Me tomaría el día como si fuera el último del que disfrutaría durante mucho tiempo en libertad.
    Puse la lavadora y limpié el polvo de una lar cerrada. Nada de lo que hacía tenía sentido con un futuro incierto como el mío, pero las tareas domésticas me distrajeron y me hicieron sentirme en el hogar hogar que había echado de menos.
    
    El timbre sonó dos veces. Dos pitidos secos y fuertes. Mientras atravesaba el salón desde la cocina reflexioné en que por la forma en que una persona presiona el llamador se puede dilucidar la intención que tiene. La puerta seguía entornada, Daniel me requería por alguna circunstancia que estaba a punto de descubrir, sólo que cuando la abrí del todo, el policía se mantenía en un segundo plano observando la escena curioso y delante de mí apareció alguien a quien no esperaba ver, mucho menos pisando mi felpudo. Me quedé paralizada y sólo al cabo de un minuto fui capaz de pronunciar su nombre.
    -Jenkin.
   -¿El muerto? -respondí a la pregunta de Daniel afirmativamente-. No tiene mala pinta después de lo que le hiciste.
    Continuó cogiendo los hierbajos a puñados y metiéndolos en un bolsa de basura como si no intuyera que estaba al borde del colapso. El doctor Brouwer le miró preguntándose por qué el jardinero intervenía en un asunto que no era de su competencia, sin haber entendido una palabra de lo que había dicho. Volví a acaparar su atención.
    -Por fin -fue todo lo que dijo antes de avanzar dos pasos hacía mí y abrazarme dejándome petrificada.
    Lamenté haber sufrido en balde ocho semanas.