![]() |
sábado, 20 de febrero de 2021
9.- Interrogantes
sábado, 6 de febrero de 2021
8. Antje
![]() |
domingo, 31 de enero de 2021
7. St. Liselot Katholieke College
sábado, 30 de enero de 2021
6. Hostal Cándida
![]() |
NOTAS DE INTERÉS
Haarlemmermeer: municipio en la provincia de Holanda septentrional. Porción de tierra ganada al agua que debe su nombre al lago Haarlem.
Badhoevedorp: ciudad en el municipio de Haarlemmermeer, provincia de Holanda septentrional.
Memorias de una jeta: autobiografía escrita por Cintia Aurora María Van Heley de Haut.
sábado, 23 de enero de 2021
5. Los Van Heley
![]() |
Se conocieron una mañana de octubre de 1955 en el despacho de Huub. Godelieve acompañó a su padre a la firma de las escrituras de una parcela que había adquirido para ampliar el negocio. Él estrenaba la treintena, ella lo haría cuatro años más tarde.
No fue un flechazo. Ninguno de los dos podría haber presumido de tener un físico recurrente a simple vista. Huub destacaba por su altura, delgadez y ojos saltones en una cara alargada. Peinarse con la raya en medio favorecía poco su beldad. Godelieve tenía finos labios, la nariz chata y un pelo rizado indomable. A sus veintiséis años había tenido dos pretendientes dispuestos a obviar su carácter austero en detrimento de franquearse la confianza del suegro con miras a ponerse frente a la gerencia de la fábrica de telas, cuando éste se jubilase y administrar sus bienes. Nada de eso ocurrió porque Godelieve, tan astuta como remilgada, no atendía a palabras edulcoradas.
NOTAS DE INTERÉS
Edam-Volendam: municipio en la provincia Holanda septentrional, a orillas del lago Ijsselmeer, a una distancia aproximada de 20 kilómetros de Amstedam.
Sint-Vincentiukerk: iglesia católica de estilo neobarroco construida en 1.860 con la finalidad de cubrir las necesidades religiosas de los habitantes de Volendam, que tenían que desplazarse hasta Edam para oír los oficios.
St. Liselot Katholieke College: licencia inventiva de la autora.
domingo, 27 de septiembre de 2020
4. Madrid
![]() |
El taxista que me llevó del aeropuerto al hostal era un tipo raro al que en varias ocasiones sorprendí desviando la vista de la carretera para mirarme por el espejo retrovisor con expresión entre desconcertada e interrogante, incomodándome hasta la inquietud el indiscreto escrutinio al que me vi sometida. Me entró pánico, ¿habría detectado en mi semblante algo que le indujera a pensar que había matado a mi amante sin querer? Los asesinos por lo general, tienen cara comunes hasta que se descubre que han cometido un homicidio, intencionado o no, y los demás empezamos a ver en sus rasgos, después de analizarlos minuciosamente, los que suponemos que tiene un sicario. ¿Mi cara estaría virando de normal a diabólica tan rápido? Me estaba volviendo paranoica.
El taxista me entregó una tarjeta con su número al despedirnos por si necesitaba sus servicios los días que estuviera en la capital. Cada vez que hablaba se le movía el bigote grande que ornamentaba el bajo de una nariz ancha. En una situación tan dramática como aquella me vinieron a la cabeza los versos de un soneto que Quevedo escribió a Góngora, según las malas lenguas de la época, que traduje al neerlandés para un recopilación que la editorial hizo sobre sonetos burlescos y sátiras de poetas españoles del siglo XVI y que al leerlos por primera vez, en la carrera, me hicieron sonreír: "Érase un hombre a un nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado".
sábado, 29 de agosto de 2020
3. La huida
![]() |
Presa del pánico llegué al aeropuerto de Schichol, a un cuarto de hora de Ámsterdam y a veinticinco minutos de distancia de mi casa de Badhoevedorp, con una maleta y una mochila donde cabía toda mi vida, dispuesta a coger el primer vuelo que saliera a cualquier parte del mundo. El destino era indiferente. HUIR de allí, primordial.
Desencadené la bicicleta de la farola, testigo de las venidas e idas, oyendo el murmullo de la gente arremolinándose entorno a él y sirenas acercándose, y puse rumbo a casa, donde recogí lo imprescindible para marcharme una larga temporada. Nadie lamentaría mi ausencia. No tenía familia. Solo a Jenkin y le había tirado por el balcón... pero fue sin querer. Pensar en ello me enfurecía. ¿Qué diablos hacia en el balcón? ¡Qué estupidez! Por su culpa estaba muerto y yo en una situación difícil de la que no sabía cómo salir. Por lo pronto huyendo. Las monjas me inculcaron no mentir, asumir lo errores y pedir perdón por ellos, pero esta vez era distinto. No estaba mintiendo, estaba callando. Más de la mitad de mi vida la había pasado encerrada, primero en el internado religioso donde estudié, a las afueras de Ámsterdam y después en el convento, si bien la segunda vez fue por iniciativa propia para no casarme con el pretendiente que los Van Heley consideraron adecuado para sus intereses. La forma de HUIR de un matrimonio concertado, urdido por unos abuelos con fervientes convicciones católicas era tomando los votos. Las hermanas me aleccionaron a controlar la ira. ¡Imposible! Jenkin me trató mal después de derramar el vino en la camisa profiriendo palabras malsonantes por las que se hubiera disculpado luego, como hacía siempre que entraba en trance y yo le habría perdonado una vez más. Estaba adiestrada. Jenkin se había marchado dejándome el recuerdo de su peor versión. El Jenkin odioso por el que no vertí una sola lágrima. No las merecía.






