domingo, 31 de enero de 2021

7. St. Liselot Katholieke College

 

    Mi hogar durante trece años fue fundado en 1687 por la orden de las Honorables Siervas de Dios. En el inicio era un convento donde ingresaban damas de la nobleza que no deseaban contraer matrimonio o cuyas transacciones familiares para concertar un casamiento basado en el intercambio de intereses, no habían prosperado, siendo la mayor virtud de las doncellas no haber sido enajenadas por ningún caballero.

    Las dotes que les correspondían a las futuras monjas por su posición o propiedades de que dispusieran por herencia, las  gestionaba la dirección de la abadía, que a lo largo de los años invirtió el capital disponible en la adquisición de terrenos colindantes al convento donde se erigieron edificios entorno al claustro, anteriormente patio, comunicados entre si por largos y fríos pasillos empedrados. Las dependencias creadas fueron destinadas a que las hermanas cultivaran las disciplinas asimiladas en su condición de nobles, tales cómo la música, aprendizaje de idiomas, la escritura o el bordado.
    
    En 1825 con el nombramiento de la nueva abadesa, de origen español, las puertas del convento se abrieron para recibir a las primeras alumnas. Las ampliaciones realizadas durante más de un siglo y el descenso de ingresos de novicias en las últimas décadas propiciaron que la orden de las Honorables Siervas de Dios no gozara de la solvencia de otros tiempos, situándose en el umbral de una ruina inminente. Sor Prudencia, cuyo busto se alza en el centro del claustro del St. Liselot Katholieke College sobre un pedestal de mármol con expresión afable, determinó rentabilizar las habilidades y conocimientos de las hermanas, fruto de la instrucción recibida en su vida anterior al noviciado, impartiendo clases a señoritas de su mismo rango social, con inquietudes intelectuales.
    Cinco años habrían de transcurrir para que el convento de St. Liselot se constituyera como colegio adoptando el nombre de St. Liselot Katholieke College y fue innovándose mandato tras mandato, adaptándose al sistema educativo neerlandés de cada época. 
    A mediados del siglo XIX se empezaron a acoger a las alumnas que vivían fuera de Ámsterdam y medio siglo después, el colegio se confirió como internado de sobrado prestigio en la actualidad. 

    Le debo a Sor Prudencia, una mujer enigmática de la que solo se conoce que sus padres estaban al servicio del rey Guillermo I y de su primera esposa Federica Luísa Guillermina de Prusia, que conservara las raíces castellanas y que el español fuera uno de los idiomas que se implementara en el centro docente, además de los que se impartían desde su creación: francés, inglés y alemán. 

    Después de terminar Basisschool y de aprobar CITO, en el cuarto año de VWO me decanté por la rama de Cultura y Sociedad porque una de las asignaturas era la lengua de mi madre. En un sentido romántico, aprender el idioma me acercaba a mi origen más desconocido y fue determinante para elegir la licenciatura de filología años más tarde en la universidad. 

    Alicia era la profesora nativa a cargo de las clases. Dado el entusiasmo e interés que mostraba en la materia, me propuso perfeccionar la dicción en las horas libres en que coincidiéramos. Gracias a las conversaciones que manteníamos sobre variados aspectos de la vida, además de los más cotidianos, mi español es claro y limpio, con ausencia de dejes neerlandeses. 
    Guardo un grato recuerdo de ella por acercarme a un país tan desconocido pese a mis raíces. Me animó a que profundizara en el estudio de la lengua románica aunque supusiera oponerme a las preferencias de Godelieve y Huub, que se inclinaban por una licenciatura pedagógica que no restara tiempo a mis obligaciones de esposa cuando encontraran al marido adecuado. Nunca les gustó que la sangre española solapara a la holandesa que corría por sus venas. Detestaban todo lo relacionado con el país de su nuera.
    Les desoí.
  
    
NOTAS DE INTERES

Basisschool: educación primaria en el sistema educativo neerlandés.

CITO: examen que se realiza al término de la primaria que determina qué tipo de educación cursar entre la tres existentes: VWBO (voorbereindend middelbaar beroespsonderwijs, equivalente en España a la Formación Profesional (F.P). Tiene una duración de cuatro años, combinando prácticas y teoría), VWO (voorbereindend wetenschappelijk onderwijs, nivel más alto dentro de la educación secundaria, considerada como superior, con una duración de seis años, los tres últimos con materias opcionales) y HAVO (hoger Algermeen voortgezet onderwijs, educación secundaria un nivel inferior a VWO, con una duración de cinco años). 

Honorables Siervas de Dios: dicha orden no consta en ningún registro. Licencia inventiva de la autora.

St. Lisetlot Katholieke College: la autora ha tomado como referencia para la creación del colegio Begijnhof, antiguo santuario de una hermandad de mujeres católicas en el centro de Amsterdam que data del siglo XIV.  En la actualidad es un conjunto de casas elegantes.

sábado, 30 de enero de 2021

6. Hostal Cándida



    "Hostal Cándida" era la segunda opción en el listado de pensiones que aparecieron al escribir en la barra del buscador: hostales próximos aeropuerto Madrid. 
    Llamé para preguntar si disponían de habitaciones libres y una voz somnolienta contestó que sí y colgó. Eran las siete de la mañana y no todo el mundo tiene un buen despertar, aunque se encuentre dentro del horario laboral.       

    Dos golpes fuertes hicieron vibrar la puerta de la habitación y los muebles. Al otro lado la voz de la mujer que me atendió detrás del mostrador del vestíbulo a mi llegada y por teléfono retumbó en el pasillo.                                                    
    -Muchacha abre la puerta.
    El miedo me asaltó. Había transcurrido un día entero desde que Jenkin sufriera el accidente. La politie tendría datos sobre mí existencia. Habría registrado mi casa, poniéndola patas arribas como en las ficciones que veía por televisión y seguido la pista hasta Madrid a través del pago con tarjeta del billete de avión. Me habían localizado.
    Resignada asumí que estaba perdida. Respiré profundamente sin conseguir apaciguar los nervios. Abrí la puerta esperando hallar a la mujer acompañada por la policía. Sorprendida comprobé que estaba sola. Probablemente me esperaban en el vestíbulo a petición de la gerente para no alarmar a los huéspedes.
       -No tienes buena pinta ¿estás bien?
       Percibí fastidio en su mofletudo rostro, en ningún caso preocupación, tal vez porque mientras hablaba masticaba chicle poniendo el último hálito en ello.
       -Me he quedado dormida.
       No hubo disculpa cordial por haber interrumpido el sueño de un usuario. De la educación no había hecho virtud la mujer que tenía delante en los sesenta años que le calculé que tendría. Por su actitud apática parecía estar de vuelta de la vida.
       Mentí. Estaba sentada encima de la cama observando un sobre marrón del tamaño de medio folio que debí coger mezclado con la ropa al sacarla deprisa del armario de mi habitación para meterla en la maleta, que me dejó Godelieve previendo que pronto se reuniría con Huub en el más allá. Lo guardaba en un cajón entre los jerseys. Nunca me había atrevido a abrirlo. No tenía interés en conocer su contenido ni en continuar bajo el influjo de seres desprovistos de la humanidad de la que alardeaban los Van Heley.
        
       ¿Volvería alguna vez a Holanda?
       Oí decir a un compañero de trabajo que vendía su casa porque con la llegada del primer bebé se le quedaba pequeña y sin pensarlo, sin haberme planteado antes comprar una vivienda, le pregunté si podía enseñármela. En el número 4 de la calle sperwerstraat en Badhoeeverdrop, delante del jardín de treinta metros que era indispensable atravesar por un camino de piedrecitas meticulosamente colocadas para acceder a la casita de dos plantas, en el municipio de Haarlemmermeer no dudé dos segundos que había encontrado mi hogar. Cincuenta metros por planta, dos habitaciones, dos baños, cocina independiente, salón - comedor y luz por los cuatro costados filtrándose por los grandes ventanales de madera blanca con palillería, era ideal para alejarme de Amsterdam y de la inquina de los Van der Berg. El refugio que necesitaba.
       
    La mujer, que desprendía lozanía sin esfuerzo, echó un rápido vistazo al interior del cuarto con medio cuerpo dentro.
  -No has probado bocado desde esta mañana. Son casi las nueve. Baja y tómate un caldo de cocido. Lo he preparado para la comida.
     Hablaba con las pausas y desafecto de un telegrama. Impasible.
     -No tengo hambre, gracias.
   Volví a mentir. Estaba hambrienta. Las tripas rugían y el vacío del estómago dolía, pero mientras menos contacto tuviera con las personas con la que me cruzara, más a salvo me sentiría.
   -No quiero que te enfermes en mi hostal. Estás pálida como una bombilla fundida. Bajas, te tomas el caldo y vuelves aquí. No te cobraré la comida.
   Asentí con la cabeza. La ausencia de elegancia en los modales y su mirada autoritaria me hicieron tan pequeñita que podría haberme escurrido por uno de los poros del cemento que juntaban las baldosas crema del suelo.
   Acabamos en el comedor de su casa en la planta baja comiéndonos unos garbanzos con morcilla en la sopa y un surtido de embutidos después. Cuando me contó que la morcilla se elaboraba con sangre de cerdo, grasa, carne y especias, me dieron arcadas que disimulé hipando. Sofoqué el vómito con la ingesta de agua para no ser descortés con la anfitriona.
    -No me gusta comer sola. Los días que estés en casa, comeremos juntas.
     Ahogó un ademán de réplica con la sentencia.
     -No se hable más.

    De vuelta al dormitorio, como me costaba conciliar el sueño tras la copiosa cena, trabajé con el portátil en la traducción de una novela anónima que la editorial me había encargado. Compartía con la protagonista el apellido Van Heley, lo que me resultó curioso y atrayente a la vez, además de un físico similar. No me extrañó demasiado. En Países Bajos el cabello claro es común entre la población, no tanto los ojos verdes, como los del personaje principal y los mios.
    "Memorias de una jeta" parecía una historia real, pese a ser una ficción de autor desconocido, narrada en primera persona, en la que el personaje principal, hilarante y superficial, se alía con su amante para robarle a su marido, sesenta y cinco años mayor que ella, una joya preciosa a la que el anciano tiene especial afecto, para abandonarlo y vivir con holgura.

    Durante la lectura reflexioné sobre si dos personas completamente opuestas, ella y yo, podrían ser amigas. Concluí que no por un periodo de tiempo extenso. Eramos antítesis. El destino es caprichoso.       


NOTAS DE INTERÉS

Haarlemmermeer: municipio en la provincia de Holanda septentrional. Porción de tierra ganada al agua que debe su nombre al lago Haarlem.

Badhoevedorp: ciudad en el municipio de Haarlemmermeer, provincia de Holanda septentrional. 

Memorias de una jeta: autobiografía escrita por Cintia Aurora María Van Heley de Haut.


sábado, 23 de enero de 2021

5. Los Van Heley



Huub Van Heley era notario cuando contrajo matrimonio con Godelieve de Vries, hija de un empresario textil dedicado a la comercialización de tejidos en Ámsterdam.

Se conocieron una mañana de octubre de 1955 en el despacho de Huub. Godelieve acompañó a su padre a la firma de las escrituras de una parcela que había adquirido para ampliar el negocio. Él estrenaba la treintena, ella lo haría cuatro años más tarde.

No fue un flechazo. Ninguno de los dos podría haber presumido de tener un físico recurrente a simple vista. Huub destacaba por su altura, delgadez y ojos saltones en una cara alargada. Peinarse con la raya en medio favorecía poco su beldad. Godelieve tenía finos labios, la nariz chata y un pelo rizado indomable. A sus veintiséis años había tenido dos pretendientes dispuestos a obviar su carácter austero en detrimento de franquearse la confianza del suegro con miras a ponerse frente a la gerencia de la fábrica de telas, cuando éste se jubilase y administrar sus bienes. Nada de eso ocurrió porque Godelieve, tan astuta como remilgada, no atendía a palabras edulcoradas.

        Al mirarse notario y heredera supieron que se interesaban. El amor, si acaso, llegaría con el tiempo, por lo pronto lo que inundaba sus corazones de generosidad era la conveniencia. Se casaron en la iglesia de St.Vincentius, en Edam-Volendam dos años después del primer encuentro, donde la novia había nacido y se había criado hasta los diez años, antes de que la familia de Vries se trasladara a Ámsterdan. Ewout Van Heley, su único hijo, nació al año y nueve meses de convivencia. La genética de sus progenitores le esquivó, pues no guarda parecido con ninguno de los dos y creció como un niño aparente. Ewout es mi padre. 

        Los Van Heley no me quisieron. No mostraron ningún afecto o cariño hacia mí, ni siquiera cuando enfermaba o estaba triste. Ni un solo gesto que denotara que éramos familia y no extraños. Entre ellos el desapego se imponía tintando sus vidas de amargura. No sé si la pérdida de su hijo les sumió en un dolor del que no pudieron o no quisieron salir, pero en la casa de los Van Heley, austeridad y parquedad gobernaba cada una de las estancias.
    Con casi cuatro años me internaron en el St. Liselot Katholieke College y solo me toleraron durante las vacaciones de Navidad, primavera y verano, en las que me permitían salir al jardín cuando la palidez de mi piel parecía enfermiza. El resto del día lo pasaba encerrada en la habitación y sujeta a estrictas normas de conducta. Les estorbaba. La animadversión que desarrollé hacia ellos aumentó al tiempo que me hacía mayor. 

        Se ocuparon de educarme cuando mis padres perecieron en un accidente de tráfico a las pocas semanas de nacer. Solo recuerdo que los mencionaran dos o tres veces y por lo que percibí en esas raras ocasiones, mi madre, su nuera, no era santo de su devoción. Sin haberla conocido, ni siquiera visto en alguna fotografía que hubiera de ella con mi padre en la casa, la quería solo por la inquina que los Van Heley le dispensaban. Debió ser una mujer extraordinaria si liberó a mi padre del despotismo sus padres. La "españolita" como se refirieron a ella una vez, les separó de su hijo. Nunca se lo perdonaron y me castigaron con su indiferencia por haber pernoctado en su vientre. Esa es la teoría que ideé para justificar lo injustificable.

       Ignoraba si tenía parientes por parte materna y en caso de que así fuera, si conocían mi existencia. Toda referencia a mis orígenes estaba vetada. El aislamiento del que fui víctima era desconcertante. No tenía absolutamente ninguna información sobre mis padres: cómo eran; dónde vivían; a qué se dedicaban; cuándo tuvieron el accidente; dónde descansaban... y preguntar asaltada por la inquietud que desata el desconocimiento era pretexto para una amonestación.
       -Esfuérzate en cumplir con tus obligaciones y no malgastes el tiempo en atribuciones que no te competen.
    Mis padres no eran asunto mío. Me habían traído al mundo, deseaba fervientemente que con ilusión, no obstante debía desentenderme de ellos porque los Van Heley los habían borrado de nuestras vidas.

        No les quise aunque me hubiera gustado hacerlo, ni sufrí su pérdida. No les echo de menos y pensar en ellos me da escalofríos.
        No sufrí su pérdida.
     No quisieron a su nieta, el legado de su único hijo. Era lo que les quedaba de él pero me vivieron como una condena. Era su castigo. Conservaron las apariencias de puertas para afuera y me acogieron en su casa como obra de caridad para ganarse el cielo, aunque estarán ardiendo en el infierno.

        Cuando Godelieve de Vries se fue, cinco años después de que Huub Van Heley lo hiciera, sentí liberación y colgué el hábito. Lo tenía decidido desde que tomé los votos monásticos. Esperé  pacientemente a que llegara el día en que el último de ellos emprendiera el viaje más largo para empezar a vivir sin el yugo que suponía su existencia. Tenía veintinueve años y era libre.

 NOTAS DE INTERÉS 

Edam-Volendam: municipio en la provincia Holanda septentrional, a orillas del lago Ijsselmeer, a una distancia aproximada de 20 kilómetros de Amstedam.

Sint-Vincentiukerk: iglesia católica de estilo neobarroco construida en 1.860 con la finalidad de cubrir las necesidades religiosas de los habitantes de Volendam, que tenían que desplazarse hasta Edam para oír los oficios.

St. Liselot Katholieke College: licencia inventiva de la autora.

 


domingo, 27 de septiembre de 2020

4. Madrid

 


    Dormí más de seis horas seguidas echada sobre la cama de la habitación del hostal que encontré en la zona de Barajas. No me fijé en la mesita de noche, ni en el armario de dos puertas, ni en el escritorio con la silla hasta que me desperté y aturdida fui tomando conciencia del entorno. No estaba en mi dormitorio de casa. Tampoco había tenido una pesadilla ni Jenkin, el amor de mi vida, se había estrellado contra la acera a la vista de los viandantes que pasaran por allí a esa hora, de los que hacían ejercicio a orillas del canal o los que lo atravesaban en barca.

    El taxista que me llevó del aeropuerto al hostal era un tipo raro al que en varias ocasiones sorprendí desviando la vista de la carretera para mirarme por el espejo retrovisor con expresión entre desconcertada e interrogante, incomodándome hasta la inquietud el indiscreto escrutinio al que me vi sometida. Me entró pánico, ¿habría detectado en mi semblante algo que le indujera a pensar que había matado a mi amante sin querer? Los asesinos por lo general, tienen cara comunes hasta que se descubre que han cometido un homicidio, intencionado o no, y los demás empezamos a ver en sus rasgos, después de analizarlos minuciosamente, los que suponemos que tiene un sicario. ¿Mi cara estaría virando de normal a diabólica tan rápido? Me estaba volviendo paranoica.

    En el aeropuerto percibí en los oscuros ojos del conductor un brillo ilusorio mientras metía el equipaje en el maletero del coche y luego desencanto, juzgué que ocasionado por mi indiferencia. Estaba asustada, eran las ocho de la mañana, no había dormido nada y la politie estaría tras mi rastro, socializar y fingir cortesía no se encontraba entre mis prioridades. Quería llegar al hostal y tirarme en la cama. Las emociones son agotadoras y las últimas horas habían sido de una intensidad extenuante. Si tenía fuerzas para mantenerme en pie era por el instinto de supervivencia. 
    En situaciones extremas, como en la que estaba atrapada, es cuando realmente nos damos cuenta de lo que somos capaces de hacer. Descubrí una tibieza inusitada en mí. Ni una lágrima ni intención de derramarla. Amaba y odiaba a Jenkin a partes iguales. La balanza estaba equilibrada. 

    El taxista me entregó una tarjeta con su número al despedirnos por si necesitaba sus servicios los días que estuviera en la capital. Cada vez que hablaba se le movía el bigote grande que ornamentaba el bajo de una nariz ancha. En una situación tan dramática como aquella me vinieron a la cabeza los versos de un soneto que Quevedo escribió a Góngora, según las malas lenguas de la época, que traduje al neerlandés para un recopilación que la editorial hizo sobre sonetos burlescos y sátiras de poetas españoles del siglo XVI y que al leerlos por primera vez, en la carrera, me hicieron sonreír: "Érase un hombre a un nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado".

El taxista vivía pegado a un bigote.  
Guardé la tarjeta que me dio en la mochila y la olvidé.

sábado, 29 de agosto de 2020

3. La huida


Memorias de una ex amante


        Una palabra se acomodó en mi mente en mayúsculas gigantescas entre signos de admiración que reflejaban el  terror que sentía: ¡¡¡HUIR!!!

    Presa del pánico llegué al aeropuerto de Schichol, a un cuarto de hora de Ámsterdam y a veinticinco minutos de distancia de mi casa de Badhoevedorp, con una maleta y una mochila donde cabía toda mi vida, dispuesta a coger el primer vuelo que saliera a cualquier parte del mundo. El destino era indiferente. HUIR de allí, primordial.

        El apartamento estaba lleno de mis huellas.
La politie descubriría que había estado allí y querría interrogarme para esclarecer en qué circunstancias se había producido la caída.  Era cuestión de horas que me encontraran, horas que debía emplear en abandonar Holanda. 
El miedo nos hace cometer torpezas. Debí quedarme, afrontar lo ocurrido y prestar declaración en la comisaría en lugar de salir del edificio por la puerta de atrás. Jenkin me pidió que usara esa entrada para subir al apartamento sugiriendo que las escaleras eran más discretas que el ascensor, donde podía coincidir con algún vecino. Si algún conocido, como si la probabilidades de que se diera el caso fueran elevadas, le veía entrar en el bloque, no sospecharía que se debía a un encuentro con su amante, sino a un emergencia que tenía que atender. Mi amor, se esforzaba en conservar la imagen de hombre de rectitud insondable de la que hacía gala dándose un baño de cinismo, degradándome a la categoría de rata de cloaca. Aun así le quería y aceptaba el rol de rattus muridae. Hasta ese extremo he estado ciega.

     Desencadené la bicicleta de la farola, testigo de las venidas e idas, oyendo el murmullo de la gente arremolinándose entorno a él y sirenas acercándose, y puse rumbo a casa, donde recogí lo imprescindible para marcharme una larga temporada. Nadie lamentaría mi ausencia. No tenía familia. Solo a Jenkin y le había tirado por el balcón... pero fue sin querer. Pensar en ello me enfurecía. ¿Qué diablos hacia en el balcón? ¡Qué estupidez! Por su culpa estaba muerto y yo en una situación difícil de la que no sabía cómo salir. Por lo pronto huyendo. Las monjas me inculcaron no mentir, asumir lo errores y pedir perdón por ellos, pero esta vez era distinto. No estaba mintiendo, estaba callando. Más de la mitad de mi vida la había pasado encerrada, primero en el internado religioso donde estudié, a las afueras de Ámsterdam y después en el convento, si bien la segunda vez fue por iniciativa propia para no casarme con el pretendiente que los Van Heley consideraron adecuado para sus intereses. La forma de HUIR de un matrimonio concertado, urdido por unos abuelos con fervientes convicciones católicas era tomando los votos. Las hermanas me aleccionaron a controlar la ira. ¡Imposible! Jenkin me trató mal después de derramar el vino en la camisa profiriendo palabras malsonantes por las que se hubiera disculpado luego, como hacía siempre que entraba en trance y yo le habría perdonado una vez más. Estaba adiestrada. Jenkin se había marchado dejándome el recuerdo de su peor versión. El Jenkin odioso por el que no vertí una sola lágrima. No las merecía.

       Fui en tren al aeropuerto. En la terminal busqué en el panel de salidas el vuelo que despegara antes... Turín, París, Viena, ¡Madrid! Hora de salida 22.00 h. Eran las 19.52 h. Me dirigí al mostrador de la compañía aérea y pregunté si quedaban billetes disponibles. La chica que me atendió, cordial y diligente, consultó el monitor del ordenador al tiempo que mis pies agujereaban el suelo alternándose la vez. 
     -Hay disponibles cuatro plazas -me sonrió satisfecha de poder ayudarme. Es posible que le diera la impresión de que estaba desesperada. Lo estaba-. ¿Quiere un billete?
     -Sí, sí, por favor -si la politie seguía mi rastro hasta el aeropuerto, la chica no erraría si les contaba que percibió impaciencia en mi actitud.
    Al cabo de dos horas respiré aliviada recostada en el asiento cuando el avión empezó a elevarse.



NOTAS DE INTERÉS

Amsterdam - Shiphol: aeropuerto internacional más importante de Holanda.

Badhoevedorp: ciudad en el municipio de Haarlemmermeer, provincia de Holanda septentrional.

Rattus muriadae: rattus se refiere al género de roedores y muriadae a la familia que pertenece. Del latín, rata.

 Politie: en neerlandés policía.

domingo, 19 de abril de 2020

2.- El accidente


Memorias de una ex amante

    La llave girando en la cerradura me sobresaltó. El corazón empezó a galopar sin tregua. La puerta se abrió y entre el filo y la jamba asomó Jenkin con su endiablada sonrisa de hombre que ha asumido que muchas mujeres se derriten en su presencia y hace un uso desmesurado del carisma que aumenta el atractivo.
    Las piernas me temblaron. ¿De verdad podría hacerlo? ¿Podría decirle que la situación era insostenible y que no aguantaba más compartirle con su mujer? Si lo hacía, ¿no estaría siendo egoísta?

    Sus ojos claros me recorrieron mientras trataba de sacar la llave del bombín desencajándose su expresión al reparar en  mi sencilla indumentaria, unos tejanos y un jersey rosa palo, al tiempo que percibía que algo no iba bien. El doctor tendría que esforzarse en encauzar el encuentro para cumplir las expectativas de sus fantasías... ¡Y solo contaba con dos horas! Las que disponía para estar juntos esa tarde.

    Jenkin era apuesto. Constitución fuerte, entorno al metro ochenta, pelo rubio canoso y largo hasta la nuca y piel cada vez menos tersa y elástica. Le había visto madurar a lo largo de los años y él había sido testigo de mi tránstito de la infancia a la adolescencia y posteriormente a la edad adulta.
        -Liefde.
    Cómo duelen las palabras cuando quien las pronuncia no las siente, transformándose los sustantivos en nombres que producen un vacío insufrible en el estómago de a quien van dirigidos. Liefde era la daga que clavaba en mi vientre una y otra vez sin ser consciente ni consecuente del dolor que me causaba.
    Me abrazó. El calor de sus brazos rodeando mi cuerpo me estremeció. Me besó el cuello despacio. No respondí de la forma que hubiera deseado ser correspondido, desabrochándole el cinturón, el botón y la cremallera del pantalón para que mis manos se acoplaran a sus glúteos por fuera del bóxer.
      -¿Qué te preocupa? -me preguntó melifluo separando su rostro de mi piel para mirarme. Me acarició la mejilla comprensivo. Odiaba lo encantador que era.
    Tenía calor, mucho calor. Sus brazos me abrasaban y la calidez de su voz me hacía agua. Podía haberle dicho que "lo nuestro" se terminaba otro día y aprovechar el tiempo que nos quedaba antes de que se marchara de un modo más satisfactorio para ambos. No, no podía sucumbir y alargar la agonía. Me imaginé siendo una mujer fuerte, sin flaquezas, que perseguía sus objetivos hasta alcanzarlos. Una mujer despiadada. Una mujer distinta de la sensible que era. Tenía un cometido y lo iba a llevar a cabo.
         -Tengo que decirte algo.
        Me deshice de sus brazos o Jenkin se deshizo de mi cuerpo no estoy segura. El caso es que fue al frigorífico, cogió una botella de vino, abierta la última vez  que habíamos estado allí y se sirvió  una copa.
     -Toma un poco.
    Me ofreció beber del mismo vaso para crear un clima íntimo y seducirme, valiéndose de lo profundos que eran mis sentimientos, hacer lo que había ido a hacer y luego, si sobraban minutos, escucharia lo que quería decirle, invirtiendo el orden de lo que creía que iba a pasar en el apartamento.
     -No me apetece.
     -Liefde, esto te animará... No me gusta verte así. Relájate.
    A veces tenía la sensación de que cuando hablaba no quería oírme o desoía lo que decía a propósito en su beneficio. 
    Acercó el borde del cristal a mis labios convencido de que tenía el control de la situación y que en segundos estaría atrapada en la tela de araña que iba tejiendo. Pensar en que lo conseguiría me desquició. Aparté la copa con tan desproporcionado ímpetu que el contenido se vertió sobre su camisa celeste.

    Se apartó como si tuviera delante una mofeta apestosa con los brazos en alto maldiciendo mi torpeza furioso. El hombre de mi vida era detestable dominado por el mal genio. Su cerebro se anticipó a lo que ocurriría al volver a casa. Antje querría saber porque olía a vino. Teóricamente, el tiempo que me estaba concediendo, cuan migajas que se le echa a los gorriones en el parque, estaba en el hospital por una emergencia que se había producido y se retrasaría un par de horas. Se lo comunicó a su esposa encargándole que recogiera a los niños de las actividades extra escolares en su lugar.
    El surco granate de la pechera le haría sospechar que mentía y empezaría a pensar cosas que no eran o que sí eran pero debían permanecer en secreto. Jenkin no admitía el fracaso. Podía plantearse dejar a su mujer, nunca que ocurriera al contrario.

    Busqué en la cocina, paño en la mano, el bote de bicarbonato para limpiar la mancha de la camisa de Jenkin, que caminaba de un lado al otro con grandes zancadas y fuera de si, según intuí detrás de mí.
    No sé por qué me preocupé en ayudarle a que saliera airoso de la situación, a fin de cuentas,  Antje no le dejaría por una deslealtad continuada, pero Jenkin no lo sabía, como tampoco sabía que su esposa hacía años que sospechaba que él se relacionaba con otra mujer, tragándose el orgullo y la rabia para conservar una falsa estabilidad familiar. A la decepción siguió el desamor. Fingió que nada había cambiado y que no le aborrecía. La amorosa Antje se transformó en un trozo de mármol, en una mujer de doble cara. Una mancha de vino no terminaría con su matrimonio.

    Fue sin querer.
   La puerta del balcón, de poco menos de un metro de superficie, donde solo cabía una persona de pies pequeños, estaba entreabierta cuando la empujé con el trasero al dirigirme acelerada hacia el baño donde Jenkin estaría intentando eliminar la maldita mancha de vino.
    Oí un grito de horror y un golpe seco que me paralizó.
     -¿Jenkin?
    Le llamé temblorosa con unas repentinas ganas de vomitar, esperando que su voz maltratara mis oídos con algún improperio propiciado por el descomunal enfado que tenía, desde el baño.
    No hubo respuesta.
    Miré espantada hacia el balcón.
    Fue sin querer... un accidente.
    Quería romper la relación, terminar con una historia que solo significaba algo para mí, pero de forma menos drástica y dramática.
    Le imaginé estampado sobre la acera impregnándose de un líquido más viscoso que el de la camisa de color cielo. 
    Le había matado... pero fue sin querer.
    Lo amaba o le amo, no lo sé.

 

NOTAS DE INTERÉS

Liefde: en neerlandés significa amor.

domingo, 12 de abril de 2020

1. La cita

Memorias de una ex amante





Fue sin querer.
Le amaba... o le amo, no lo sé.
Esa tarde estaba enfadada; cansada de su perenne engaño; decepcionada de su actitud displicente; contrariada por la escasa importancia que le daba a lo únicamente importante para mí; hastiada; superada... Estaba aburrida.

Me desperté de pronto nerviosa e inquieta. No eran las seis de la mañana cuando abrí los ojos y lo vi claro. Si en siete años no había tomado la decisión de separarse de Antje, yo tomaría la mía para ambos.

Es la misma historia de siempre, pero la nuestra nos parece distinta a las demás porque el hombre casado con hijos del que nos enamoramos, no nos mentiría nunca respecto a sus sentimientos. Somos tan ingenuas que creemos ver en sus ojos una verdad inexistente y cada "te amo" o "te quiero", cada gesto cómplice o de cariño son
códigos de un lenguaje más universal que particular. No nos engañemos. Los vínculos entre las personas son semejantes los unos a los otros, ni son especiales ni extraordinarios. Al principio dolería, tanto daba, el sufrimiento estaba integrado en mi vida desde hacía años, silenciando un amor inconfesable. El tiempo atenuaría el trasiego lacerante y algún día, quizás, recuperaría la capacidad de soñar sin estar dormida. El dolor no es eterno y hay heridas que se cierran aunque dejen cicatrices. Viviría marcada.
Le llamé para vernos por la tarde.
Jenkin alquiló un apartamento en Apollobuurt, frente al canal, de cincuenta metros, con un
dormitorio, cocina incorporada al salón y un baño con bañera. Que tuviera bañera ese espacio que nos pertenecería a los dos fue una petición mía concedida. Me encanta meterme en el agua caliente; notar la espuma fría; quedarme sin aire al sumergirme hasta la barbilla y entrar en calor paulatinamente. Es una sensación parecida a cuando Jenkin me quitaba la ropa despacio con el aliento rastreándome la piel que quedaba al descubierto y yo quería que se diera prisa pero a la vez que tardara en despojarme de artificios que obstaculizaban el roce de nuestras epidermis.

No sospechaba que tenía intención de terminar con una relación que ya no me aportaba nada.        El placer ya no era suficiente, necesitaba estabilidad emocional. Se alegró de oír mi voz y de          que quisiera verle entre semana. Habitualmente quedábamos los sábados y domingos que no tenía guardia en el hospital. A Antje le decía que iba a hacer deporte. Otras veces, cuando el trabajo nos lo permitía, comíamos en el apartamento y nos devorábamos enteros. Para un hombre de mediana edad, catorce años mayor que su amante, que ella sienta el deseo de estar con él, reafirma su masculinidad. Detecté en su voz  emponderamiento al emplazarle para más tarde. No pensó en su mujer, ni en sus hijos, ni en las obligaciones que tenía para con ellos, pensó en satisfacer su ego. Ese era el hombre del que me enamoré a los quince años.

Llegué después de las cinco a nuestro nido de amor, eufemismo de picadero, término soez que        calcaba la realidad hasta asquearme de lo que allí ocurría, cuando volvía a casa tan llena como      tan vacía estaba. Jenkin lo haría en media hora. Para otra ocasión habría llegado con una hora      de antelación, relajado veinte minutos en agua caliente; extendido la crema hidratante con              aroma a vainilla por todo el cuerpo, su preferida, perfumado de jazmín y arreglado para que        su impaciencia me desarreglara con urgencia. Hubiera cortado daditos de queso gouda que            acompañaría al vino tinto que no faltaba en el frigorífico y puesto sobre la mesa redonda,              iluminada por velas, con dos copas.

Me salté el protocolo. No habría preliminares. Iría al grano. Me senté en el sofá y esperé sin saber qué hacer con las manos ni con las piernas. Me sobraban las extremidades. Me incomodaban porque no sabía cómo ponerlas, si cruzarlas, si arrullarme y abrazarme a mi misma para insuflarme valor, o simplemente tumbarme e impacientarme en horizontal. Me confortaba que en un par de horas, todo terminara.



NOTAS DE INTERÉS

Apollobuurt: barrio de Amsterdam en el districto de Amsterdam-zuid. Las calles se caracterizan por llevar nombres de leyendas griegas, compositores y pintores.